OPINIÓN

Europa da mucho miedo

El mix entre economicismo y progresismo sobre el que han discurrido décadas de globalización, desmanteló valores y cadenas de valores que eran fundamentales. Y ahora que se están invirtiendo las magnitudes, todos se echan las manos a la cabeza.

El ex primer ministro y alcalde de Burdeos, Alain Juppé.
El ex primer ministro y alcalde de Burdeos, Alain Juppé. EFE

“Francia está enferma y vive una terrible crisis de confianza”, ese es el recado que Alain Alain Juppé dejó a sus colegas y conciudadanos tras anunciar en rueda de prensa que no será candidato a las presidenciales francesas. A pesar de que las encuestas le colocaban como favorito entre los candidatos conservadores, y que en su entorno le animaban a presentarse, Juppé declinó, afirmando que para él ya era demasiado tarde, que no era la persona indicada para unir a la derecha y al centro en torno a un único proyecto.

La renuncia de Juppé a postularse como futuro Jefe del Estado acerca a Marie Le Pen al Palacio del Elíseo

Sean cuales sean sus razones, la renuncia de Juppé a postularse como futuro Jefe del Estado acerca a Marie Le Pen al Palacio del Elíseo. La desdibujada derecha francesa, con su principal candidato, Francois Fillon en serio riesgo de ser imputado por los presuntos empleos ficticios de su esposa y de dos de sus hijos, podría verse desbordada por el Frente Nacional, incluso arrasada. Sin embargo, en caso de que esto llegara a suceder, no será por la corrupción. La corrupción es solo un síntoma de que algo no va bien hace tiempo. De fondo está el divorcio entre la nación oficial y la real. Una circunstancia que no es exclusiva de Francia sino que, como se está comprobando, afecta a otros países occidentales. Y nadie parece tener la solución.

Hacia un Estado todavía más prepotente

Que exista un estado de opinión cada vez más favorable a políticas proteccionistas como las que apadrina Le Pen, es una mala noticia. El crecimiento económico, el bienestar y la paz están estrechamente relacionados con un comercio internacional pujante. Esto es así hoy y lo seguirá siendo mañana. Por lo tanto, poner barreras al intercambio económico no mejorará las expectativas del ciudadano común; lo más probable es que ocurra justo lo contrario.

Para muchos la defensa de la “identidad” consiste en una vuelta al viejo nacionalismo del siglo XX. Un peligrosos retroceso donde las fronteras dejarán de ser líneas punteadas en los mapas y se convertirán en auténticas barreras físicas para bienes, servicios y… personas. Lo que, lejos de generar riqueza, acarreará tensiones. "Si los bienes no cruzan las fronteras, lo harán los soldados" advertía Bastiat. Además, ese nacionalismo donde el poder político se legitima para fiscalizar todo, lo forastero pero también lo autóctono, acarreará un control estatal todavía más opaco y prepotente, pues siempre podrá justificarse con la existencia de la amenaza externa.

La globalización pone en jaque la existencia del Estado-nación, pero no solo en cuanto a la jurisdicción sino muy especialmente en lo que se refiere a la propia identidad de las sociedades

Ahora bien, la demanda de este proteccionismo deriva de otra sensibilidad más profunda, no exclusivamente económica. La globalización es un fenómeno mucho más que comercial. Pone en jaque la existencia del Estado-nación, pero no solo en cuanto a la jurisdicción sino, y muy especialmente, en lo que se refiere a la propia identidad de las sociedades o, mejor dicho, a sus raíces. Y ahí es necesario separar el trigo de la paja. No es posible mantener como único diagnóstico que el ciudadano común se está comportando de manera irracional y mezquina, inasequible a la razón.

Oídos sordos

Antes de que políticos como Le Pen aprovecharan la coyuntura, existía una demanda de principios y de defensa de los sistemas legales que las democracias liberales se dieron a sí mismas. No se trataba de una desconfianza irracional hacía la globalización sino de una desconfianza muy fundamentada hacia la clase dirigente, porque ésta no salvaguardaba valores fundamentales e, incluso, en muchas ocasiones renunciaba a aplicar la ley alegando razones de paz social, de tolerancia y de discriminación positiva.

En realidad, a mucha gente no le preocupaba tanto la apertura de las fronteras como verse privada de un orden lógico, sólido, reconocible y previsible que, además, se sustentara en valores tradicionales, como la responsabilidad personal y la igualdad ante la ley. Sin embargo, ante esta legítima preocupación, los gobernantes hicieron oídos sordos. Es más, se sumaron con entusiasmo a una corriente de progresismo transnacional empeñada en deconstruir primero a las sociedades y después al propio individuo, imponiendo una nueva y sofisticada dictadura: la corrección política, donde las personas debían confundirse con el paisaje.

Quienes vienen a Europa lo hacen principalmente atraídos por sus sistemas de bienestar, no por los principios que alumbraron a las sociedades abiertas

De hecho, hoy quienes vienen a Europa lo hacen principalmente atraídos por sus sistemas de bienestar, por las prestaciones y derechos sociales, no por los principios –mucho menos los deberes– que alumbraron a las sociedades abiertas y que, pese a las apariencias siguen siendo muy necesarios para que la libertad prevalezca. Circunstancia que, por otro lado, se da en muchos ciudadanos originariamente europeos, acostumbrados a exigir derechos pero refractarios a asumir responsabilidades.

Así pues, esté Europa más o menos enferma, resulta evidente que el mix entre economicismo y progresismo sobre el que han discurrido décadas de globalización, desmanteló valores y cadenas de valores que eran fundamentales. Y ahora que se están invirtiendo las magnitudes, que el rancio nacionalismo enseña los dientes, todos se echan las manos a la cabeza o, como Alain Juppé, ponen pies en polvorosa, mientras Marie Le Pen se encarama a las rejas del Elíseo.


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