Game Over

España como tabú

"Nunca me he sentido español. Ni cinco minutos de mi vida". Con estas palabras Fernando Trueba aceptó el Premio Nacional de Cinematografía, que le fue entregado por el ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo.

"Nunca me he sentido español. Ni cinco minutos de mi vida". Con estas palabras Fernando Trueba aceptó el Premio Nacional de Cinematografía, que le fue entregado por el ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo. Posteriormente añadió que le hubiera gustado que “la Guerra de la Independencia la ganara Francia” y que él, en caso de guerra, iría siempre con el enemigo. Estas afirmaciones junto con otras, como por ejemplo que el dinero del premio (30.000 euros) le iba a venir muy bien, alimentaron la polémica.

En las redes sociales, muchos se sintieron ultrajados y no ahorraron calificativos a la hora de “premiar” al cineasta. Resultaba inconcebible que un premio nacional fuera aceptado por quien abjuraba de España y se congratulaba públicamente de ser un “desertor”.

Trueba no es más que una anécdota, una gota entre el millón de gotas que conforman la espesa y persistente niebla de antiespañolismo que desde hace tiempo nos envuelve

Trueba: la anécdota

Sin embargo, no hay nada nuevo y menos aún original en el numerito que, de cara a la galería, protagonizó Trueba el sábado 19 de septiembre. Muy al contrario, el galardonado cineasta, lejos de sorprender a los allí presentes con frases novedosas y llenas de ingenio, lo que hizo fue complacerles siguiendo los dictados de esa moda que consiste en vituperar la idea de España como nación y, de paso, provocar ardor de estómago en el ciudadano común que, como no es un intelectual, quiere y necesita, a pesar de todos los pesares, que España exista, pero no ya como Estado sino como nación; es decir, como sociedad.

Trueba, en definitiva, hizo y dijo aquello que sus acólitos esperaban que hiciera y dijera, ni más ni menos. A fuer de ser sinceros, ni siquiera estuvo a la altura del papel de antihéroe que, quizá, pretendía interpretar ante un aforo compuesto en su mayoría por colegas dispuestos a reír todas y cada una de sus gracias. Incluso su cinismo resultó ser, como los decorados de las películas viejas, de cartón piedra. Evidenció una ductilidad impropia del genio verdadero, se comportó como un burgués acomodado y se mostró como un hombrecillo miedoso e incapaz de nadar a contracorriente.

Un verdadero intelectual jamás habría sucumbido a la norma. Y menos aún a la moda. Muy al contrario, la habría trasgredido. Habría aprovechado la ocasión para provocar no al pobre ciudadano raso, sino a los incondicionales allí presentes. El verdadero intelectual, disgustado con la autocomplacencia de sus acólitos, les habría abofeteado con las palabras, habría roto sus esquemas y pulverizado sus prejuicios. Pero Fernando no es un intelectual, sino un señor que hace películas con cargo al presupuesto del Estado. Es uno más de tantos españoles, más que desertores, oportunistas, que una vez han aprendido los cuatro trucos para asegurarse una vida muelle, siguen el guión al pie de la letra. Un guión cuya acción arranca con el inicio de la Transición y en el que está acotado en el margen de cada una de sus páginas, desde la primera a la última, que España es un concepto tabú. Trueba no es más que una anécdota, una gota entre el millón de gotas que conforman la espesa y persistente niebla de antiespañolismo que desde hace tiempo nos envuelve.

Uno de los males que nos aquejan es que siquiera podemos llamar a España “nación”, salvo que sea para denostarla. En todo caso, podemos aludir a ella mediante el sobrenombre de “Estado español”

Las instituciones: el problema

En efecto, uno de los males que nos aquejan es que siquiera podemos llamar a España “nación”, salvo que sea para denostarla. En todo caso, podemos aludir a ella mediante el sobrenombre de “Estado español”, como si la nación española fuera un invento franquista, cuando es justamente al contrario: el invento franquista fue el “Estado español”. La nación existía previamente, con todas sus diversidades y divergencias si se quiere, pero existía. Y sigue existiendo pese al contumaz empeño por llevarla al limbo para, una vez allí, permitir que sea desguazada lentamente.

Para empeorar la situación, este tabú se desdobla a su vez en otro tabú intratable, que lejos de ser un dechado de virtudes, la Transición configuró una nación política carente de Instituciones Formales solventes que la vertebraran, dejándola en la práctica a los pies de otras informales, donde mandan los intereses a corto plazo de unas oligarquías que se disputan el control territorial y, sobre todo, los recursos materiales que la sociedad genera. Esto es, los dineros.

Cuando la nación cultural es un tabú y la nación política está en manos de grupos de interés (Instituciones Informales), se produce un vacío, una orfandad que es aprovechada por los nacionalismos regionales. La necesidad de las personas de sentir que pertenecen a un ámbito social más amplio, que existe un prometedor horizonte en el que confluir con los demás, es entonces aprovechada por los nacionalismos, que juran rellenar ese vacío con su propia identidad. Así pues, diríase que en realidad el nacionalismo catalán cobra fuerza en tanto en cuanto el concepto de nación española no puede comparecer, ni en su acepción cultural, ni como ordenamiento jurídico-político. Por lo tanto, la negación de la nación española es lo que habilita y exacerba a los nacionalismos regionales y no al revés.

El problema de Cataluña no se resolverá con más diálogo ni negociaciones. De hecho, quienes pueden, llevan 38 años negociando entre bambalinas y el problema, lejos de mejorar, no ha hecho más que agravarse

Las instituciones no se negocian, se construyen desde la convención

El problema de Cataluña no se resolverá con más diálogo ni negociaciones. De hecho, quienes pueden, llevan 38 años negociando entre bambalinas y el problema, lejos de mejorar, no ha hecho más que agravarse. De poco servirá proponer reformas territoriales o incluso, siguiendo con la francachela, ceder aún más espacio político y económico a los nacionalistas (poco margen hay ya para ello). Los acuerdos que se pudieran alcanzar, si ello es posible, tendrán también fecha de caducidad y el proceso de secesión seguirá su curso, impasible, tal y como ha venido sucediendo durante todo este tiempo.

Lo único que puede, no ya parar los pies a los independentistas, sino evitar que España siga caminando en dirección al abismo es una reforma política profunda, meditada, inteligente, que subsane las gravísimas deficiencias institucionales, ponga cortafuegos a las instituciones informales, garantice los imprescindibles controles y contrapesos del poder y devuelva las competencias a quienes de verdad deben pertenecer: a todos los españoles. Solo así España dejará de ser tabú, una palabra que solo se cite para hacer mofa de ella o para competir y ver quién es el antihéroe más antiespañol. Desgraciadamente, parece que ningún agente político está dispuesto a abordar el problema desde esta perspectiva, puesto que ello equivaldría a dar por finiquitado el consenso del Régimen del 78 –consenso que, dicho sea de paso, ya está roto, por si aún hay quien no se quiere enterar–. Sin embargo, cada día que pasa se hace más evidente que no queda otra solución. El tiempo no corre, vuela. Y ya hemos perdido otra legislatura.


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