Game Over

Échale la culpa al neoliberalismo, que algo queda

Según dicen, la crisis actual es producto del neoliberalismo. Un desastre que se inició con el thatcherismo, allá por los años 80 del pasado siglo XX. Hasta entonces, la era dorada del colectivismo, que alcanzó su apoteosis en la década de los 70, había avanzado pari passu a un periodo de paz y prosperidad como nunca antes había conocido Occidente. En la creencia de que las materias primas eran inagotables, que la energía sería barata indefinidamente y que la economía seguiría creciendo imparable, los políticos se vieron libres de ataduras y dedicaron sus esfuerzos a combatir denodadamente los abusos del capitalismo. Puesto que los perros se ataban con longanizas, era el momento de defender al ser humano de sí mismo, de su avaricia y capacidad de destrucción. Para lograr tan loable propósito, había que primar los derechos colectivos sobre los individuales. Y a ello se pusieron con entusiasmo.

Mientras unos seguían dedicados a crear riqueza, otros se aplicaron con denuedo a fiscalizar ese proceso

Por un tiempo pareció que la iniciativa reguladora no comprometía la prosperidad. Aunque la economía mostró una suave desaceleración con el paso de los años, no parecía alarmante. Los países occidentales siguieron creciendo a buen ritmo, y las élites se sintieron confiadas. Según aprobaban un nuevo paquete regulador, ya tenían en la cartera nuevas recetas legislativas. Así, mientras unos seguían dedicados a crear riqueza, otros se aplicaron con denuedo a fiscalizar ese proceso.

Quedaba tanto por hacer, tanto por someter al control político que los esfuerzos se redoblaron. En menos de una década se multiplicaron por 100 el número de leyes y normas (en algunos países, por 1.000). Y la regulación progresó a un ritmo vertiginoso. No sólo se controlaron los grandes negocios, sino que se fue descendiendo por la cadena alimenticia hasta alcanzar al común de los mortales, hasta controlar al más diminuto empresario o comerciante. Pronto, abrir una tienda o negocio dejó de ser un mero trámite. La seguridad, la salud y el respeto al medioambiente se tradujeron en infinidad obligaciones. Fue sólo el comienzo. En pocos años, los obstáculos administrativos se multiplicaron hasta el punto que abrir una simple zapatería se convirtió en una odisea administrativa. Y si se trataba de un taller o una fábrica, los requisitos eran ya de pesadilla. Sin embargo, muy pocos advirtieron del peligro; la corriente “civilizadora” de los 70 era tan poderosa que poner objeciones a la regulación estaba pésimamente visto. Además, era la época de la abundancia. Y los crecientes costes de transacción podían repercutirse en el precio; el público tenía acceso al crédito y la estabilidad laboral había dejado de asociarse con la bonanza económica para convertirse en un derecho que nadie pensaba que pudiera irse al traste.

En comparación con lo logrado por la socialdemocracia occidental de entonces, el mediocre milagro económico de la República Democrática del Este, del que presumía Erich Honecker, era una filfa. Los comunistas y socialistas de Occidente habían descubierto que no era necesario llegar a los excesos del otro lado del Muro, que no hacían falta revoluciones ni luchas de clase. El socialismo no sólo podía convivir con el Capitalismo sino que debía tolerarlo para poder parasitarlo. Así, al mismo tiempo que se mantenía la ilusión de la libertad individual, se socavaba subrepticiamente en beneficio de derechos colectivos. Se redistribuyó gradualmente la riqueza sin que quienes la creaban, absortos como estaban en sus quehaceres, se percataran de lo que estaba sucediendo. Hasta que un día muchos países amanecieron con tipos máximos que superaban con holgura el 70%. Pero los políticos ni pestañearon. Estaban convencidos de que las personas ambiciosas, inconformistas, eran como mulas con anteojeras capaces de escalar cualquier montaña con cualquier carga.

Al final, las magnitudes se invirtieron. Los derechos colectivos se impusieron sobre los individuales, la creación de riqueza quedó comprometida y la economía empezó a mostrar alarmantes signos de agotamiento. La inflación se disparó, el dólar fue devaluado, estalló la crisis del petróleo y el artificio se vino abajo. Súbitamente, Occidente había colapsado generando millones de perdedores.

Incluso en los momentos más “liberalizadores”, los legisladores siguieran vomitando leyes. Y fue imposible retrotraer la burocracia a niveles anteriores

Cuando hoy se hace revisionismo y se señala al neoliberalismo como germen de la crisis actual, se olvida que en realidad ésta es la continuación de la que se inició en los años 70 del pasado siglo, agravada por los avances tecnológicos y la globalización que han puesto a los países occidentales frente al espejo de sus ineficiencias. Si algo hay que achacar al invento del neoliberalismo es que, como el resto, ignoró el problema de unas instituciones en franca decadencia que eran fiel reflejo de la cultura imperante de las últimas décadas. De ahí que incluso en los momentos más “liberalizadores”, los legisladores siguieran vomitando leyes. Y fue imposible retrotraer la burocracia a niveles anteriores.

Lo cierto es que los costes de transacción no se han reducido; ni ahora ni entonces. Muy al contrario, han seguido aumentando. Y mientras hay quienes tienen cada vez más incentivos para patentar causas sociales, otros lo tiene cada día más complicado para patentar medicamentos. O mientras la toma por asalto de una propiedad privada es vista con simpatía, los legítimos derechos de los propietarios nos resultan antipáticos. ¿Quién con dos dedos de frente va a invertir sus ahorros en una sociedad cada vez más amenazada por la inseguridad jurídica? ¿Cómo va a funcionar el ascensor social, salvo que sea hacia abajo, si la selva legislativa, que es el ecosistema predilecto de los delincuentes de cuello blanco, no deja de crecer en todas direcciones?    

Resolver la ecuación institucional no es tarea sencilla, desde luego. Pero ahí es donde están las claves para la resolución de la crisis. No en la vuelta al pasado. Si la búsqueda de certidumbre nos devuelve al colectivismo de los 70, será una catástrofe. El socialismo moderado fue un fracaso sin paliativos, entre otras razones, porque, dicho coloquialmente, un socialdemócrata no es más que un comunista con una paciencia extraordinaria. Por lo demás, no hay demasiadas diferencias. Después de todo, creen que el fin justifica los medios, que la democracia es una cuestión de mayorías o, lo que viene a ser muy parecido, un medio para que triunfe el bien mayor al que, por supuesto, se encargan de poner nombres y apellidos. Pero la democracia no es un medio para un fin sino un conjunto de principios, de líneas rojas. Una serie de salvaguardias cuya función es proteger a la persona, tanto de las mayorías como de las minorías organizadas. La igualdad ante la ley y la propiedad privada son derechos inalienables que no pueden supeditarse a las circunstancias, a las emergencias o al criterio del momento. Si desaparecen, desaparecen con ellas la responsabilidad individual. Porque si el individuo no tiene derecho al beneficio que se deriva de sus elecciones particulares, ¿por qué, sin embargo, habría de cargar con los costes de sus equivocaciones?

Echarle la culpa Thatcher, sinceramente, suena a chifla

Como explicaban Thomas y North, el entorno humano es dinámico, cambiante, y genera incertidumbre. Las humanos, como es lógico, intentamos reducir esa incertidumbre mediante decisiones. Pero no siempre estas decisiones obran los efectos esperados, porque están sujetas a las creencias, a la mentalidad, a la cultura y a las percepciones. Al final, son las creencias las que acaban determinando la estructura de nuestras instituciones y, por lo tanto, nuestra capacidad de adaptación a los cambios. Así pues, si no cambiamos de mentalidad es lógico que tropecemos con la misma piedra. Echarle la culpa Thatcher, sinceramente, suena a chifla.


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