OPINIÓN

¿De vuelta a una sociedad dual?

Con motivo de la reciente crisis, el populismo puso de moda un falso supuesto: la distribución de la renta había empeorado dramáticamente y la pobreza había renacido en nuestro país.

¿De vuelta a una sociedad dual?
¿De vuelta a una sociedad dual? Warm Sleepy

Después de que lograra asentarse modernamente –desde hace apenas medio siglo– en la literatura económica la división entre países desarrollados y subdesarrollados y se establecieran parámetros económicos –normalmente de renta per cápita– los economistas mas viajados comenzaron a darse cuenta de que la riqueza y sobre todo los rasgos –infraestructuras, educación, sanidad, etc ..– que determinan la frontera entre el desarrollo y el subdesarrollo no estaban tan homogéneamente distribuidos como tal clasificación sugería.

La realidad es que en muchos de los países desarrollados es posible encontrar señales de subdesarrollo: zonas geográficas, instituciones y gentes alejados de los estándares del desarrollo. También es posible observar en países subdesarrollados lugares, instituciones y personas perfectamente homologables a las de los países mas ricos. Este análisis dio lugar a un nuevo concepto: “países duales”, en los que ni la pobreza ni la prosperidad estaban completamente generalizadas.

España, que hacia mitad del pasado siglo estaba en la frontera entre ambos mundos, ha experimentado desde entonces un desarrollo sin par, solo interrumpido por la grave crisis económica que nos ha hecho perder una década, hasta situarnos felizmente entre la veintena de países mas desarrollados del mundo. En este recorrido nuestro país no solo ha prosperado en términos materiales: mayor riqueza, infraestructuras y servicios públicos, sino también en igualdad de oportunidades e igualdad económica. 

Con motivo de la reciente crisis, de la que felizmente estamos saliendo con las mejores perspectivas posibles, el populismo puso de moda un falso supuesto: la distribución de la renta había empeorado dramáticamente y la pobreza había renacido en nuestro país. Los populistas, que viven de la propaganda tanto como se alejan de los argumentos empíricos, están viendo desvanecerse sus soflamas porque cuando se contrastan con la realidad no se tienen de pié. 

Habrá que recordar que la crisis padecida –de más hondura que la que atravesó el tiempo de nuestra pasada Guerra Civil, según acaba de demostrar Maluquer*– no fue fruto de la casualidad sino de la política populista del Gobierno de entonces, como demuestra el hecho de que con la salvedad de Italia y España todos los países salieron de ella al cabo de poco tiempo. La consecuencia más dramática de la pasada crisis fue el brutal crecimiento del desempleo como consecuencia de una rígida –y sin igual- legislación laboral que favorecía aumentos de salarios y del paro; exactamente lo contrario de lo que sucedía en Alemania.

Como consecuencia del enorme desempleo la igualdad de la renta, no tanto del patrimonio, disminuyó; algo que felizmente se está recuperando gracias al renovado empuje de nuestra economía.

Como los populistas ya no saben a que agarrarse ahora les ha dado por quejarse de la calidad de los puestos de trabajo –que puesto se están creando, ya no pueden negar–: remuneración y estabilidad en el empleo.

Un mayor nivel salarial y de estabilidad laboral están relacionados con actividades cuyo valor –subjetivo- en el mercado sea elevado, lo que está necesariamente asociado con la innovación empresarial y la alta cualificación profesional. En ambos casos las políticas populistas –de todos los partidos- operan en sentido contrario del interés general de la sociedad; veremos por qué.

Los políticos –especialmente los populistas- se caracterizan por oponerse a lo nuevo en defensa de lo viejo; justamente lo contrario que necesita una economía para desplegar todo su potencial de crecimiento. En España la innovación y el crecimiento de la dimensión empresarial –que hacen posible mejores salarios y progresión profesional– están severamente limitadas por todo tipo de obstáculos normativos que no hacen sino crecer; mientras que a los populistas aún les parecen pocos. 

Por otra parte, para acceder a puestos de trabajo de elevada remuneración y buenas perspectivas de carrera profesional hace falta una buena educación; algo que los populistas siempre han detestado y que ahora juntos todos los partidos – ¡qué tristeza de consenso!- acaban de sancionar aprobando el otorgamiento de títulos académicos ¡con suspensos! . ¿Alguien puede dudar que la gente mal educada es imposible que encuentre empleos bien remunerados y con futuro?

En la cercana España del desarrollo, los padres de entonces –como luego en Finlandia, Corea, Singapur, Australia, ..– ansiaban que sus hijos pudiesen estudiar y a ello dedicaban todos sus –vistos ahora, memorables– esfuerzos, con un resultado ejemplar. Luego acomodadas en la riqueza y el Estado de Bienestar –en gran parte financiado exteriormente hasta generar una deuda pública descomunal– muchas familias se han ido desinteresando de la buena educación mientras han venido cultivando una cultura de dependencia del Estado al tiempo de una huida del esfuerzo –¡se dice entre progresistas que es reaccionario!– de la responsabilidad personal y en última instancia de la libertad individual.

Las consecuencias del triunfo de esta manera de pensar y de ser favorecen necesariamente el regreso a una sociedad dual en la que quienes se esfuerzan, se educan bien, no paran de seguir reciclándose profesionalmente y trabajan duro todos los días consiguen prosperar, mientras que los que se abandonan, no se esfuerzan, no luchan, no trabajan duro terminan siendo cada vez más dependientes de un Estado de Bienestar cuya financiación será cada vez más difícil y problemática; es decir, insostenible

*MALUQUER DE MONTES, JORDI(2016): España en la economía mundial. Series largas para la economía española 1850-2015. IEE


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