OPINIÓN

A propósito de Trump

El sistema electoral mayoritario, como se acaba de ver, no sólo es un freno muy efectivo frente a los populismos; también regenera y dignifica la vida política.

Donald Trump durante la pasada campaña presidencial.
Donald Trump durante la pasada campaña presidencial. EFE

La reciente elección de Trump como presidente de los EE.UU. ha resultado ser hasta ahora el primer gran triunfo del “populismo”, ese nuevo –o más bien renovado- movimiento político caracterizado por hacer análisis simplistas y hasta infantiles de la realidad para ofrecer a continuación soluciones mágicas a gusto de sus votantes, todo ello vehiculado y potenciado por las redes sociales a través de Internet.

La llegada al poder de líderes de esta naturaleza es tan preocupante como débiles o fuertes sean las instituciones políticas en la que luego se insertan sus acciones de gobierno. En el caso norteamericano, su marco constitucional limita las posibilidades de descarrilar la marcha histórica del país, tal y como han glosado diversos especialistas tras las recientes elecciones.

La constitución norteamericana, obra maestra del genero, de conciso pero ejemplar contenido y enmendada –para ajustarla la cambiante realidad– cada década como media, tiene recursos suficientes para limitar los posibles daños irreparables de una acción irresponsable de gobierno. Entre las instituciones más significativas cabe recordar: una genuina y verdadera división de poderes –ejecutivo, legislativo y judicial–, la autonomía y consecuente independencia de los parlamentarios así como de los jueces y la posibilidad de un “impeachment” del presidente de la república. 

A diferencia de España, donde el jefe de cada partido elige a sus diputados y si gana las elecciones su gobierno e incluso el poder judicial, en EE.UU. el todopoderoso presidente del Estado no elije a sus diputados y aunque nombra jueces no los puede revocar. 

El emergente peligro populista que por la derecha y la izquierda amenazan la estabilidad y el progreso económico y social de la mayor parte de Occidente –muchos países de Europa y los EE.UU– podrá acabar teniendo malas consecuencias en aquellos países cuyas instituciones sean mas débiles e imperfectas. 

Por ejemplo, en los países con sistemas parlamentarios y electorales mayoritarios y/o segunda vuelta las posibilidades de que los partidos más extremistas alcancen el poder son muy limitadas y puede que nulas; es el caso en Europa de el Reino Unido, Francia y Alemania.

Los sistemas electorales mayoritarios no sólo evitan que los partidos extremistas puedan gobernar por la casi imposibilidad de que lleguen a conseguir mayorías suficientes. El sistema mayoritario se basa en distritos electorales unipersonales que hacen muy difícil que una posición política extrema pueda ganar en la mayoría de ellos. Pero además, los diputados elegidos cual sea su partido político, no proceden de listas hechas por el jefe del partido al que luego deben obvia obediencia. En este sistema no existen listas, ni cerradas ni abiertas, porque cada diputado debe ganar su puesto como único representante de su partido en cada distrito electoral. En tales circunstancias los partidos necesitan estar representados por candidatos cuya biografía, prestigio, reputación y reconocimiento son escrutados por sus vecinos, lo que excluye a los desconocidos y sin apenas currículo – luego “bien mandados”– que abundan en las listas cerradas.

El consabido y habitualmente comentado bajo nivel de muchos de nuestros parlamentarios –cooptados en las listas cerradas– la mayor parte de ellos sin otro oficio que la política , sería imposible de mantener con distritos unipersonales donde harían el ridículo si se presentaran frente a otros candidatos con prestigio profesional,bien conocidos y reputados entre sus vecinos. Un evidente corolario de este sistema electoral es la autonomía e independencia del diputado a la hora de votar en el parlamento: como su elección no la debe al “dedo del jefe” sino a su prestigio y reconocimiento personal debidamente mezclado con la pertenencia –no designación de un jefe- a un partido, sus decisiones no son siempre ni obligatoriamente coincidentes con las de su gobierno, cuyo líder tiene que gastar su tiempo en convencerles –no imponer- de sus propuestas. 

El sistema electoral mayoritario, como se acaba de ver, no sólo es un freno muy efectivo frente a los populismos; también regenera y dignifica la vida política atrayendo a ella a ciudadanos prestigiosos –la meritocracia se incorpora a la política- que convertidos por sus méritos –amén de su ideología partidista- en diputados contribuyen a hacer operativa la división de poderes que debe imperar en el sistema democrático de derecho.

Para resolver, además, el problema de la independencia judicial un buena práctica a imitar procedente de EE.UU., Gran Bretaña, países escandinavos etc –como sostiene Sosa Wagner– sería la eliminación del Consejo del Poder Judicial; que no siendo necesario, ahorraría gasto público y obviamente no sería ocupado por la política partidista.

Todo lo dicho está alineado con las probadas y mejores prácticas políticas del mundo, no tiene costes sino ahorros y mejoraría considerablemente nuestra calidad institucional –que tanta falta nos hace–; y sin embargo no forma parte de la agenda política ni de los viejos ni de los nuevos partidos.


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