OPINIÓN

El último viaje

En sólo cincuenta o sesenta años, la sociedad ha variado tanto que, hasta ha cambiado el modo de morirse.

El último viaje.
El último viaje. Webandi

Escribía Antonio Machado como premonición de su exilio de Colliure:

“Y cuando llegue el día del último viaje,

         y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

         me encontrareis a bordo ligero de equipaje,

         casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Los poetas describen a la muerte de un modo inigualable, ennoblecido, tanto, que la muerte no parece ello. Pero no sólo los poetas. Cuando nos referimos a esta cuestión todos utilizamos, en mayor o menor medida, eufemismos, sinónimos, frases y palabras con doble sentido. Y es que, a pesar de su cotidianidad, de alguna manera, huimos de su debate, nos estremece posicionarnos e, incluso, identificar un argumentario que podamos hacer nuestro. Cuando nos referimos a ella intentamos hablar en general, mezclando lo singular con lo plural, la muerte con muchas muertes, como si su propio dramatismo pudiera diluirse al hacerlo extensivo. De hecho, si nos fijamos en los medios de comunicación, al abrir el periódico, podemos darnos cuenta de que son miles las referencias a muertes: accidentes de todo tipo, agresiones, atentados, guerras, desastres naturales, epidemias, hambre, sequía,… Pero, al ser tan múltiples sus causas, y, lamentablemente, tan cotidiana la noticia, leerla no nos sorprende y con ello, rebajamos la presión sobre nosotros mismos aceptándolo como algo trágicamente natural. Cuando alguien, algún artículo, alguna reflexión, habla de estas muertes, habla de la catástrofe que las ha provocado. Evitamos contextualizarla en su propia individualidad. Obviamos el drama individual que cada muerte supone.

Entonces una “buena muerte” significaba morir en la propia cama, confesado y rodeado de tus allegados

Hay dos preguntas de nunca fácil respuesta, ¿Por qué se vive?, y ¿Por qué se muere?

En sólo cincuenta o sesenta años, la sociedad ha variado tanto que, hasta ha cambiado el modo de morirse. Recuerdo cuando la gente que te quería te deseaba “una buena muerte”. Entonces una “buena muerte” significaba morir en la propia cama, confesado y rodeado de tus allegados. Luego se  habilitaba el salón más noble de la casa, generalmente el comedor, moviendo todos los muebles para colocar en el centro un catafalco con cuatro cirios en las respectivas esquinas del féretro. Las vecinas traían sillas, y durante veinticuatro horas se martirizaba a la familia con incontables visitas e interminables rosarios. A la hora del entierro llegaba el sacerdote, o sacerdotes, pues su número dependía de la posición  económica y social del finado, con su bonete y su gran capa negra con bordados de oro, flaqueado por dos monaguillos. Se organizaba la comitiva, con los sacerdotes delante, y los familiares y amigos tras el ataúd, llevado a hombros, ó, ya mas tarde, tras el furgón mortuorio, hasta la iglesia correspondiente. Si el cortejo fúnebre pasaba por delante de algún bar o terraza, la gente se levantaba en señal de respeto, y los hombres, que normalmente llevaban gorra o sombrero, se descubrían. Y haciendo más memoria, recuerdo comitivas, de personajes importantes, en las que la caja iba en una carroza negra, con cristales, tirada por caballos negros adornados con penachos de igual color.

En la sociedad actual queremos que los malos momentos pasen muy pronto, sobre todo porque aspiramos a que condicionen lo menos posible nuestra propia vida

Es evidente que aquella triste parafernalia no podría continuar con el paso del tiempo y la llegada de cualquier mínima modernidad. En la sociedad actual queremos que los malos momentos pasen muy pronto, sobre todo porque aspiramos a que condicionen lo menos posible nuestra propia vida. Ya nadie hace velatorios en casa, entre otras cosas, porque bajar a un fallecido, con un mínimo respeto, desde un piso cualquiera de una finca con ascensores estrechos, supone un problema técnico de envergadura. Ahora, entre la universalización de la sanidad, que tiene como consecuencia el que casi nadie muera en casa; los tanatorios, que prestan todos los servicios y comodidades, y la alternativa de los crematorios, se está revolucionando todo el protocolo del último viaje. No obstante ello, no renunciamos a una cierta solemnidad en la despedida de nuestros seres queridos. El marco incomparable de las Iglesias, las ceremonias, rituales y oraciones y, por qué no, el hecho de aferrarnos a pensar, en esos instantes, que no es posible que todo acabe así, contribuye a que continuemos considerando trascendente, muy relevante, el momento más doloroso de la vida. Y dicho sea de paso, cuando surgieron los crematorios, a muchos creyentes se les planteó un problema grave: cómo compaginar la fe en la resurrección de los muertos, con un cuerpo reducido a cenizas.

Queramos o no, la muerte es tan real como la vida misma

Y por si no fuera bastante el dolor que se siente cuando desaparece alguien, en demasiadas ocasiones los familiares tienen que soportar al pariente “sabelotodo” que, autoerigiéndose en “maestro de ceremonias”, pretende poner orden donde no hay ningún desorden. Si, además, tras el fallecimiento hay algo que repartir, alguna herencia, estos personajes, normalmente acomplejados en su anodina vida, son insufribles. Como desconfían de cualquiera y creen que “todo el mundo es malo”, pretenden ejercer un control, que nadie les ha pedido, para evitar un caos que no existe y un oportunismo que sólo ellos perciben. No resuelven nada y lo único que consiguen es dolor añadido.

En fin, que algún día tenía que hablar de todo esto. Porque, queramos o no, la muerte es tan real como la vida misma.

Comencé con un gran poeta y concluiré con los versos de otro, no menos grande que aquél, Jorge Guillen, quién escribía:

         “Como buen aventurero,

          Cuando muera,

          Quiero saber que me muero”.

Pero mientras tanto, les deseo una larga vida.


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