OPINIÓN

El silencio de la Sociedad Civil

La Sociedad Civil catalana, tarde y muy tímidamente, empieza a dejarse notar en las calles de sus grandes ciudades.

Los diputados de Junts pel Sí, durante una sesión del Parlament.
Los diputados de Junts pel Sí, durante una sesión del Parlament. EFE

Compartía con Vds., la semana pasada en este mismo blog, mi preocupación por la interpretación sectarista de la “memoria histórica” en nuestro país. Concluía, entonces, mi reflexión haciendo valer el deber del olvido sobre el derecho a saber, si con ello se consolida la reconciliación entre los ciudadanos, se abandonan los viejos revanchismos y se elimina la posibilidad de quienes no teniendo legitimidad alguna, ni moral, ni política, pretenden reescribir la historia ofreciendo una realidad bien distinta de aquello que sucedió.

Al hilo de aquello, quizá queriendo, intencionadamente, argumentarme a mí mismo, me vienen a la cabeza dos problemas hoy de actualidad en España, siempre no bien interpretados y, desde luego, quizá por esto, nunca resueltos del todo. Me refiero a la “cuestión catalana” y al “anticlericalismo de la izquierda”. 

Es obvio, que nada tienen que ver entre sí, uno y otro asunto. Faltaría más. Sin embargo el nexo de unión entre ellos, y que me permite enunciarlos conjuntamente en esta disquisición, no es otro que la observación que de ellos hace el ciudadano que vive, cree él, alejado de sus efectos en la sociedad de la que forma parte. 

Día a día, amanecemos con la sempiterna noticia de la reivindicación de la clase política catalana, que no de la mayoría del pueblo catalán, de la soberanía y la independencia

Con enorme cansancio, día a día, amanecemos con la sempiterna noticia de la reivindicación de la clase política catalana, que no de la mayoría del pueblo catalán, de la soberanía y la independencia. De la creación de la República Catalana. De la desconexión de la España que “les roba”. De la aspiración a ser un Estado independiente que forme parte de la Unión Europea, sin tener que arrastrar la mochila de los españoles vagos e incapaces de crecer y prosperar.

De igual forma, y es una constante recurrente fruto de lo anterior, a diario nos encontramos con la reclamación de diálogo para resolver, de una vez por todas, el problema. El refranero castellano, sabio donde los haya, ya lo dice con claridad: “dos no dialogan, si uno de los dos no quiere”. El dialogo siempre es necesario, pero para que pueda darse hay que consensuar los términos y el marco sobre el que el mismo ha de desarrollarse. Y si en eso las partes no se ponen de acuerdo, difícilmente podrán adentrarse en el mismo.

Cada vez son más las voces que lo piden. Que exigen a unos y otros la generosidad que el acercamiento de posturas reclama para, sin “corsés”, poder centrar un debate realista que posibilitando dar respuesta, seguramente no la que algunos persiguen, aventure el final de una situación, y un problema, que tiene mucho de artificial en sus postulados más irracionalmente reivindicadores.

Cataluña es España, pero no porque lo quiere el resto de la nación. Lo es por enormes páginas de la historia vivida en conjunto

Cataluña es España, pero no porque lo quiere el resto de la nación. Lo es por enormes páginas de la historia vivida en conjunto. Sin duda, la historia de España no es interpretable sin la contribución de siglos de Cataluña a su éxito y esplendor. No es esa la cuestión. Reescribir la historia alejándonos de la realidad de la misma, tampoco es la solución. Cataluña se merece, por méritos propios y no por condescendencia, el reconocimiento propio del conjunto de los españoles. Y el resto de España, ha de recibir del pueblo catalán, el justo reconocimiento a la contribución del resto de los españoles al esplendor y desarrollo de Cataluña como parte muy importante del Estado. Quizá, si no se alimentara artificial, y peligrosamente, por una mediocre clase política, ese desencuentro entre unos y otros, el problema sería menos grave y la solución, más fácil de alcanzar. Y es aquí a dónde quería llegar. Ni el pueblo catalán, ni el resto de los españoles, hemos sabido desenmascarar a esa clase política que saca provecho, en beneficio propio, y nunca mejor dicho, de los sentimientos nobles que pudiendo ser legítimos, han sido manipulados para un fin distinto y con un insaciable objetivo de desmembración del Estado.

La Sociedad Civil catalana, tarde y muy tímidamente, empieza a dejarse notar en las calles de sus grandes ciudades. El soberanismo irracional es siempre un enemigo peligroso. Tergiversa la realidad. Utiliza, en su beneficio, armas de irreversibles efectos y consecuencias, como la educación desde los muy pocos años, el control de los medios de comunicación para el adoctrinamiento de la población., los presupuestos, etc. El “caldo de cultivo”, en definitiva, está servido. Por eso cuesta tanto la movilización de la Sociedad Civil. Sin embargo, afortunadamente, los ciudadanos, poco a poco, van desperezándose. Aceptando que el silencio puede hacerles cómplices de una situación que no desean ni comparten. La mayoría del pueblo catalán no es independentista ni quiere romper, y mal, con España. Por ello, han de ser los primeros en salir a la calle y manifestarlo públicamente. Hacer ver a sus gobernantes que quieren permanecer en una España que reconoce sus características y singularidades. Que respeta su historia y sus símbolos. Sin soflamas ni reivindicaciones fuera de lugar. Cataluña cuenta con cotas de autogobierno inimaginables en muchos estados federales modernos. Pero el deseo irrefrenable de la torpe ambición política hace imposible el dialogo si para sentarse en la mesa que lo favorezca, antes, no se renuncia a posicionamientos de todo punto imposibles en un Estado de Derecho.

La Sociedad Civil española en su conjunto, ha de movilizarse, pacífica y respetuosamente, a favor de la continuidad de Cataluña en España

De igual forma, la Sociedad Civil española en su conjunto, ha de movilizarse, pacífica y respetuosamente, a favor de la continuidad de Cataluña en España, desde el profundo respeto a esas mismas singularidades que nos hacen, a todos, plurales y titulares de unas raíces culturales, y de todo tipo, excepcionales en la Europa a la que pertenecemos y a la que ninguno queremos renunciar.

El anticlericalismo radical

En ese mismo contexto de movilización de la Sociedad Civil, se enmarca el segundo de los problemas con los que construía mi reflexión. En las últimas semanas, hemos vivido un frívolo debate sobre la conveniencia, exigencia para Pablo Iglesias y Podemos, de que la televisión pública estatal eliminara de su programación de los domingos la retransmisión de la Misa. Ello aderezado con “memes” virales en las redes sociales de enorme zafiedad estética e intelectual. Desde esas mismas posiciones ideologizadas, sin, también, ningún rigor argumental sólido, hemos podido leer o escuchar, reivindicaciones de todo tipo para acabar con la recaudación de la Iglesia Católica, a través del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas. Esa suerte, para quienes ello reclaman, de injustificables privilegios de la Iglesia.

Determinadas formaciones de la izquierda más radicalizada, y algunos líderes de esa misma ideología de otros partidos, están abanderando ese movimiento anticlerical, rememorando etapas superadas de nuestra historia

Determinadas formaciones de la izquierda más radicalizada, y algunos líderes de esa misma ideología de otros partidos, están abanderando ese movimiento anticlerical, rememorando etapas superadas de nuestra historia, que sólo contribuyen, y probablemente pretendan, la división entre ciudadanos. El mensaje, torticero e intencionado, de los supuestos privilegios de la Iglesia, está construido desde la mayor de las ignorancias. No hace mucho, hemos podido escuchar de líderes de Podemos, o al mismísimo Pedro Sánchez, reclamar acabar con el “Concordato” con la Santa Sede. Aquél Concordato de Franco, fue derogado en su día y sustituido por un Acuerdo Internacional aprobado por Las Cortes Españolas muy similar a los que otros países de nuestro entorno tienen suscrito con El Vaticano. La falacia se impone y el fin justifica los medios. La contribución de la Iglesia Católica española a la obra social de todo tipo es incuestionable. Una labor muy difícil de ser sustituida por las propias Administraciones Públicas. Hablamos de asistencia social, educación, ayuda a los más necesitados, etc. Son siglos de colaboración generosa y eficiente. 

Y en ese contexto, ¿qué hace la Sociedad Civil española? ¿Por qué no hace notar su voz dejando claro a quienes ponen en riesgo esa contribución, que pudiendo ser España un Estado aconfesional, no puede renunciar a sus profundas raíces cristianas, como también lo son las de la Europa de la que formamos parte. Que ha de respetarse el derecho a la libre opción religiosa.

Volvemos al “revisionismo” que les comentaba la semana pasada. En esta ocasión, a través de un nuevo arma política: “el anticlericalismo radical”, imperante en la España del XIX. Tiempos que creíamos superados. 

La Sociedad Civil, tiene la última palabra.


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