OPINIÓN

El peligro del ruido

Hemos de lograr cambiar determinados modos de visualizar nuestro modelo de ocio. De ser capaces de entender el respeto a las formas de vida de quienes nos rodean, y no comparten tales comportamientos.

El peligro del ruido.
El peligro del ruido. typographyimages

Pocas veces suscita tanta unanimidad, en el conjunto de la sociedad en la que vivimos, la cuestión del ruido, tan cercana para todos y la que todos, en mayor o menor medida sufrimos y padecemos. La gran mayoría de la comunidad científica internacional, expertos en la materia y numerosos organismos oficiales han declarado de forma inequívoca que el ruido tiene efectos muy perjudiciales para la salud. Desde trastornos puramente fisiológicos, como la pérdida progresiva de audición, hasta psicológicos, al producir una irritación y un cansancio que provocan disfunciones en la vida cotidiana, tanto en el rendimiento laboral como en la relación con los demás.

El reconocimiento del ruido como un peligro para la salud es reciente y sus efectos han pasado a ser considerados un problema sanitario, cada vez más importante. Más de la mitad de los ciudadanos europeos viven en entornos ruidosos; un tercio soportan niveles de ruido nocturno que perturban el sueño. El ruido lleva implícito un fuerte componente subjetivo. Un mismo sonido puede ser considerado un elemento molesto para unas personas mientras que para otras no. Ello depende de las características del receptor y del momento en el que se produce el ruido.

Existe toda una variada tipología de ruidos. No son unos iguales a los otros, pero todos ellos representan una determinada forma de agresión a la salud

Existe toda una variada tipología de ruidos. No son unos iguales a los otros, pero todos ellos representan una determinada forma de agresión a la salud. Incluso se avanza, cada día con mayor convicción, en la identificación del ruido como una forma de violencia, que goza de alguna aceptación en la sociedad, derivada de viejas tradiciones que se han consolidado con el paso del tiempo en algunas culturas y civilizaciones.

En esas sociedades, muy orientadas a hábitos de vida hacia el exterior de los hogares, consecuencia de climas propicios para ello, la manifestación del ruido cobra carta de naturaleza propia. Se vive en la calle y en grupo lo que favorece el desarrollo de conductas sociales que relativizan, hasta lo irracional, el ruido como agresión al entorno.

España es el segundo país más ruidoso del mundo por detrás de Japón. También es cierto, de igual forma, que nuestro país es, tras el nipón, el segundo en esperanza de vida. Muchos vincularan una y otra estadística para "arrimar el ascua a su sardina" y subrayar las bondades de sendos modos de vida.

Hoy nadie duda de lo nocivo del ruido concebido como violencia acústica

Con independencia de lo anecdótico de lo anterior, y volviendo a lo sustancial, el problema exige un consenso en la implementación de las soluciones. Hoy nadie duda de lo nocivo del ruido concebido como violencia acústica. Luego, en razón de ello, es responsabilidad de las diferentes Administraciones Públicas, luchar contra esa forma de alteración de la paz social. Atender las demandas de los ciudadanos que exigen se cumpla la normativa vigente.  Muchos dirán que España es un país cultural, y socialmente ruidoso. Que lo llevamos en nuestros genes. Que somos un país de destino turístico por excelencia y que ello es así por facilitar ese modo de vida que exalta la alegría y el divertimento, precisamente, por esa forma de entender nuestra manifestación hacia el exterior. Es consustancial con nuestra propia naturaleza de pueblo mediterráneo de luz y sol y que al reclamo de ello, estereotipamos, más si cabe, nuestras formas de vivir.

No seré yo quien se una a esos demagogos de corte anticapitalista atacando de la manera más irresponsable al turismo, motor incuestionable de nuestra recuperación económica. Es cierto que, en determinados destinos turísticos de nuestro litoral, el turista de sol y playa es ruidoso, pero el problema es puntual y estacional. No es la causa de nuestro lugar en el ranking. Nuestros pueblos y ciudades son un claro ejemplo de lo que hay que combatir. El ruido como agresión violenta e inconsentida. Uno de cada cuatro españoles, más de 12 millones, la sufren como patología reconocida clínicamente, y en la Unión Europea, la cifra se eleva a cerca de 104 millones de ciudadanos. No es una cuestión baladí. Ha de ocuparnos y mucho.

El Tribunal Supremo ha llegado a equiparar el ruido, excesivo e insoportable, a una agresión física, o lo que es lo mismo, a conceptuarlo como un delito de lesiones y no ser tipificado como "falta".   

El 80 por ciento del ruido que padecemos procede del tráfico de automóviles. De la circulación en general y del grado de estrés y ansiedad que genera en las grandes urbes

El 80 por ciento del ruido que padecemos procede del tráfico de automóviles. De la circulación en general y del grado de estrés y ansiedad que genera en las grandes urbes. Del modelo relacional desarrollado en torno al coche y la moto. A su utilización exagerada y en muchas ocasiones innecesaria. Utilizamos el coche para "bajar a comprar la prensa o el pan, a pocos metros de distancia de nuestra casa. Invadimos y ocupamos las calzadas y las aceras con frivolidad. Contribuimos con ello a hacer más intransitables nuestras ciudades.

Hemos de lograr cambiar determinados modos de visualizar nuestro modelo de ocio. De ser capaces de entender el respeto a las formas de vida de quienes nos rodean, y no comparten tales comportamientos. Se ha de profundizar en la educación y la sensibilidad de la sociedad en su conjunto, para desde esa educación y sensibilidad ser, después, capaces de gobernar y de exigir el cumplimiento de la norma y del respeto a los demás.

La democracia es sinónimo de libertad. Pero ésta solo tiene sentido cuando se vive en sociedad y cuando sus miembros son conscientes, y aceptan, que el ejercicio de su libertad ha de ser compatible, y cohabitar, con la de los demás.


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