OPINIÓN

Tecnología y revolución social

Decía Alex de Tocqueville, en el Siglo XIX, que las grandes revoluciones (y las nuevas tecnologías representan una enorme revolución) que triunfan hacen desaparecer las causas que las produjeron, y en consecuencia, su mismo éxito las vuelve incomprensibles para las nuevas generaciones.

Tecnología y revolución social.
Tecnología y revolución social. Samuel Zeller

Para la Real Academia Española de la Lengua, la tecnología es el conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico. La historia de la humanidad es fiel reflejo del progreso derivado del estudio continuo por superar el hombre sus limitaciones en su adaptación a las sociedades de cada momento. Ciencia, tecnología y progreso, han evolucionado de la mano con la sola finalidad la de ofrecer una mejor simbiosis entre hombre y sociedad. Vivimos tiempos de revoluciones tecnológicas impensables hace pocas décadas. De cambios tan sorprendentes que nos hacen dudar sobre hacia dónde se dirige la humanidad. Preguntándonos a diario cómo pudimos vivir sin determinados logros técnicos con los que hoy contamos. Y esa reflexión nos llega, a algunos, a una edad en la que por ella misma, y por el hecho de haber conocido tiempos anteriores sin tanto progreso incuestionable, nos generan una cierta ansiedad producida por la inquietud de pensar que el progreso tecnológico, que pretende facilitarnos las cosas, nos haga esclavos de él y nos reste independencia y cierto grado de autonomía en el gobierno de nuestras vidas.

Ahora los niños nacen con el ordenador y el móvil debajo del brazo, y naturalmente, no tienen problemas con la tecnología punta. La manejan, y entienden, desde pequeños

Ahora los niños nacen con el ordenador y el móvil debajo del brazo, y naturalmente, no tienen problemas con la tecnología punta. La manejan, y entienden, desde pequeños. Juegan con ella. Forma parte inseparable de sus vidas, de su rutina cotidiana. En la mayoría de los casos de manera preocupante y adictiva. Sin embargo, nosotros, los nacidos, por poner una fecha, antes de 1970-1975, no podíamos siquiera soñar con lo que tenemos que manejar hoy. Recibimos una educación y una formación muy alejada de los patrones actuales en los que los avances tecnológicos han cambiado radicalmente las formas de crecer en sociedad.

Precisamente en estos días, y por Internet, un querido amigo, me enviaba un escrito, cuyo autor ignoro, en el que, con trazos gruesos y nada rigurosos, y una gran ironía, describe algunas de las cosas que hacíamos en nuestra juventud. Sin que esto suponga que crea que “cualquier tiempo pasado fue mejor” (pienso mas bien lo contrario), lo transcribo a continuación, porque muchos lo recordarán con simpática añoranza y otros no entenderán nada, pero quizá sea bueno que comparemos. Entre otras cosas, dice así:

       “Fuimos la generación de la “espera”; nos pasamos nuestra infancia y juventud esperando. Teníamos que hacer “dos horas de digestión” para no ahogarnos en los baños tras la comida; nos dejaban en ayunas toda la mañana del domingo hasta la hora de la comunión; los dolores se curaban esperando.

         Viajábamos en coches sin cinturones de seguridad y sin airbags, hacíamos viajes de 10-12 horas, con cinco personas en un 600 y no sufríamos el síndrome de la clase turista. Andábamos en bicicleta sin casco, hacíamos auto-stop, más tarde en moto. Los columpios eran de metal y con esquinas en pico. Pasábamos horas construyendo carros con rodamientos para bajar por las cuestas y al hacerlo, descubríamos que habíamos olvidado los frenos. Jugábamos a “churro va” y nadie sufrió hernias ni dislocaciones vertebrales. Salíamos de casa por la mañana, jugábamos todo el día, y sólo volvíamos cuando se encendían las luces de la calle. Nadie podía localizarnos. No había móviles.

         Nos abríamos la cabeza jugando a la guerra de piedras y no pasaba nada, eran cosas de niños y se curaban con mercromina, la “antitetánica” y unos puntos. Comíamos dulces y bebíamos refrescos, pero no éramos obesos. Si acaso alguno era gordo, y punto. Nos contagiábamos los piojos en el cole y nuestras madres lo arreglaban lavándonos la cabeza con vinagre caliente.

         Quedábamos con los amigos y salíamos. O ni siquiera quedábamos, salíamos a la calle y allí nos encontrábamos y jugábamos a las chapas, a coger, al rescate, a la taba, al pique…, en definitiva, tecnología punta.

         Perdimos mil balones de futbol. Bebíamos agua directamente del grifo, sin embotellar, y algunos incluso chupaban el grifo. Íbamos a cazar lagartijas, pájaros, ó a agujerear melones, con la “escopeta de perdigones”, antes de ser mayores de edad y sin adultos, ¡Dios mío! ¡Imagínense!, sin pedir permiso a los padres y nosotros solos.

       Algunos estudiantes no eran tan inteligentes como otros y repetían curso… ¡Que horror, no inventaban exámenes extra! Veraneábamos durante tres meses seguidos, y pasábamos horas en la playa sin crema de protección solar, sin clases de vela, de padle, de tenis o de golf, pero sabíamos construir fantásticos castillos de arena con foso, y pescar con arpón."

En fin, como verán, cualquier semejanza con lo que ahora ocurre es pura casualidad, y las generaciones posteriores a la nuestra no entienden como hemos sobrevivido sin la tecnología digital. Nosotros compartíamos lo mucho, o poco, que teníamos, y por eso, por esa falta de egoísmo, aunque algunos les cueste entender, e imaginar, las entrañas de un ordenador, la mayoría sí entendemos los cambios sociales que las nuevas tecnologías están propiciando. Pero describir la añoranza y bondades del pasado, tiene el inconveniente de que podamos caer en la debilidad de idealizarlo. El “entones” no es tan bello como lo reproducimos en el “ahora”. Decía Paul Valery, “ahora sabemos que las civilizaciones son mortales”. La tecnología ha propiciado grandes transformaciones en la sociedad moderna, que se antojaban imposibles y que incluso eran impensables por la mayoría, hace apenas unas cuantas décadas. Como ya algunos han dicho los avances tecnológicos en telecomunicaciones en la última década están permitiendo digitalizar procesos que históricamente han sido realizados por personas: desde actividades cotidianas como resolver un viaje o descargarse música, hasta acciones especializadas como pilotar un dron o supervisar un aerogenerador, se realizan hoy con herramientas digitales.

Nos encontramos inmersos en esa imparable revolución tecnológica, pero hay que evitar que produzca esa ansiedad, e hiperindividualismo, exceso de información (infoxicación) y mentira emocional (postverdad)

Nos encontramos inmersos en esa imparable revolución tecnológica, pero hay que evitar que produzca esa ansiedad, e hiperindividualismo, exceso de información (infoxicación) y mentira emocional (postverdad). Dejamos atrás una transición democrática y nos encontramos en una transición económica. Gestionar esta transición, ¿qué tendrá fin?, va a ser una de las principales claves para el éxito de las empresas en esta revolución tecnológica y digital. Y ello porque esta transformación va mas allá de lo puramente tecnológico y está revolucionando las formas de adaptarnos a ellas, de trabajar, de convivir, en definitiva de conformar las nuevas sociedades, de hoy y del mañana.

La tecnología crea valor, sigue avanzando y no podemos ni debemos poner puertas al campo. Ahora bien ello no está reñido con una cultura que premie el esfuerzo y el talento y que esté basada en un desarrollo económico y social justo, equilibrado y sostenible. La tecnología de vanguardia no es buena ni mala, es el uso que el hombre haga de ella, lo que marcará su verdadera utilidad y aceptación social. Desde una aceptación inteligente que no nos convierta en una sociedad de individualismos. El sociólogo polaco, y premio Príncipe de Asturias de Humanidades, Zygmunt Bauman, recientemente fallecido, lo contemplaba en su descripción de la diferencia entre una “sociedad líquida” en la que el individualismo cabalga siempre por delante y una “sociedad sólida” en la cual la persona tiene en cuenta a sus conciudadanos y acepta su condición de miembro de la misma.

Una cosa es estar preparado para un mejor futuro profesional, y otra distinta, es estar educado para entender el mundo y la sociedad en la que vivimos

Y ahora, dicen, y yo lo creo sinceramente, que las nuevas generaciones son las mejor preparadas tecnológicamente de la historia de nuestro país. Obvio puede resultar al ser “nativos digitales”. Pero una cosa es estar preparado para un mejor futuro profesional, y otra distinta, es estar educado para entender el mundo y la sociedad en la que vivimos.

Decía Alex de Tocqueville, en el Siglo XIX, que “las grandes revoluciones (y las nuevas tecnologías representan una enorme revolución) que triunfan hacen desaparecer las causas que las produjeron, y en consecuencia, su mismo éxito las vuelve incomprensibles para las nuevas generaciones”. Es evidente que los avances tecnológicos nos hacen más libres, pero el gran reto de la educación de nuestros jóvenes es hacerles comprender que la libertad sólo tiene sentido cuando se vive en sociedad, cuando se piensa en los demás. No hagamos realidad la frase de Einstein cuando decía: “Temo el día en el que la tecnología sobrepase a la humanidad, y el mundo tenga una generación de idiotas”, o aquella otra, cuyo autoría desconozco pero que refleja bien la realidad de la sociedad actual en la que vivimos: “los móviles nos ayudan a acercarnos a quién tenemos lejos, pero nos distancian de quienes tenemos al lado”


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