Especial Acoso Escolar "Los chicos me respiraban en el cuello diciendo: esto a ti te gusta"

Javier sufrió acoso escolar y tuvo que aguantar los insultos y vejaciones de sus compañeros durante dos años hasta que el centro tomó medidas. Nunca contó el calvario por el que pasaba a sus padres. Asegura que le robaron una parte de su adolescencia que nunca podrá recuperar.

“Me insultaban casi a diario llamándome maricón. Un día, un chico de mi clase me dio patadas por la calle y me tiró piedras. El acoso era incluso sexual. De acercarse los chicos, respirarme muy cerca del cuello y tocarme como diciendo ‘esto a ti te gusta’”. Así recuerda Javier Ojeda, 24 años, los peores episodios de acoso que sufrió durante su etapa como estudiante en un instituto valenciano.

Cree que nunca podrá llegar a perdonar a sus agresores y confiesa que jamás contó el problema en casa hasta que lo tuvo superado. Acusa a sus profesores y a la dirección del centro de no actuar a tiempo para atajar la situación. Ahora, este trabajador social que forma parte de la Oficina de Diversidad Sexual e Identidad de Género de la Universidad Complutense, recuerda cómo tuvo que convivir durante dos años con las patadas, los balonazos y los insultos de sus compañeros.

En primaria empezaron los primeros comentarios en clase. Javier era un joven que no se amoldaba a los roles estrictamente ligados a lo masculino. “Me habían dicho lo de maricón alguna vez porque tenía comportamientos asociados a lo femenino. Iba bastante con chicas y no me gustaba demasiado el deporte”, resume. A medida que el tiempo fue pasando, esos comentarios esporádicos se empezaron a convertir en insultos diarios. “Yo aún no tenía claro ni había autoaceptado si era gay o no lo era. Pero parece ser que el resto de la gente, sobre todo las personas que me acosaban, ya habían asumido que yo era homosexual”, confiesa.

El punto de no retorno llegó para este joven valenciano en el tercer curso de la ESO. “Era muy desagradable, porque día a día tenías que sufrir los insultos de personas que estaban en tu entorno y que veías todos los días”, recuerda resignado. Asegura que los ataques provenían exclusivamente de chicos y relata cómo un día otro compañero le llamó maricón delante de toda su clase y del profesor. Su reacción no fue otra que devolver el insulto. Pero su sorpresa llegó al ver que el docente le sancionaba a él y no a su compañero. “En vez de averiguar qué estaba pasando, en vez de castigarlos a ellos, me castigaban a mí”, comenta.

En este sentido, percibió una falta de empatía por parte del profesorado del centro. “Nadie hacía nada; unos porque no lo veían, otros porque no lo entendían o simplemente pasaban, y otros porque no tenían la formación suficiente”, lamenta. Javier se desmarca del estereotipo del alumno aislado y excluido por la multitud. “Para nada. Yo tenía mis amigas en clase, pero el tema no se hablaba. En mi grupo estaba invisibilizado que yo sufría este tipo de maltrato”.

Un balón a la cabeza

Pero en cuarto de la ESO la cosa pasó a mayores. Javier relata con tristeza cómo un grupo de jóvenes le lanzaban piedras desde el otro lado del patio mientras él intentaba pasar el recreo con su grupo de compañeras. “Al apartarme me juntaba a ellas. Y una de mis mejores amigas me dijo: “No te acerques tanto, porque al final las piedras nos van a dar a nosotras”.

A esas alturas, la situación se había convertido en insostenible. Pero a la falta de ayuda por parte de sus iguales se unía la ausencia de apoyo paterno. “No lo tenía porque nunca se lo conté hasta que ya lo había pasado”, confiesa. Aunque los episodios que tenía que soportar a diario eran cada vez más graves: “Lo estaba pasando cada vez peor. El acoso era de todo tipo. Incluso sexual”. Hasta que un día, la situación explotó.

Una de mis mejores amigas me dijo: "No te acerques tanto, porque al final las piedras nos van a dar a nosotras"

Javier rememora cómo durante el acto de unas elecciones al consejo escolar, a las que se presentó junto a otros alumnos, uno de los asistentes decidió lanzarle un balón a la cabeza delante de 200 compañeros. “Fue muy embarazoso y yo exploté. Había docentes allí y lo vio todo el instituto”. Cuenta que no quería otra cosa que escapar. “Salí corriendo, aporreando la puerta y me encerré en el baño a llorar”. Un responsable de la Consejería de Educación presenció la desafortunada escena y fue entonces cuando la dirección del centro por fin se interesó por su problema. Había pasado año y medio. Javier reveló la identidad de sus agresores y fueron expulsados durante un par de semanas.

Aunque asegura que le gustaba ir a clase, describe aquella etapa de su vida como una verdadera pesadilla. “No son solo los comentarios o que te insulten. Sino que de repente vayas un día a tu sitio y se haya sentado uno de ellos. Y no lo puedas recuperar porque él es más fuerte que tú y nadie va a hacer nada”, lamenta. Javier cree que es imposible borrar de la memoria episodios como estos y asegura que tienen un impacto en todo: “en tus temores, en tus miedos, en cómo te relacionas...”. Incluso confiesa que nunca creyó que pudiese intervenir con menores en su labor de trabajador social: “Me daban miedo”.

Aunque le robaron una parte de su adolescencia, Javier no pierde la esperanza y pide caminar hacia delante y dejar lo malo atrás. “Me acuerdo de que la persona que más me acosaba, el que me daba patadas por la calle y me tiraba piedras, me llegó a decir: perdona, lo siento por lo que te he hecho. Es que no sabía que cuando te insultaba te hacía daño. Solo lo hacía porque era divertido”.


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