Rodolfo Martín Villa, 82 años, estuvo al frente de la sala de máquinas en las primeras elecciones de la democracia. Como ministro de la Gobernación, cayó sobre sus espaldas, y su responsabilidad, dirigir el escrutinio más farragoso y bochornoso de nuestra reciente historia. España se abría a un nuevo tiempo, y, sin experiencia, ni tecnología, ni rodaje alguno, se enfrentó a un desafío  que, afortunadamente, no descarriló. Ahora se cumplen 40 años de esa fecha antológica.

En su despacho de la empresa Técnicas Reunidas, de la que es consejero, recuerda Martín Villa aquellos días y, en especial, aquella larguísima noche en la que no legaban los resultados. A las seis de la madrugada se había escrutado tan sólo el 18 por ciento. “Hicimos el ridículo”, confiesa, pero nadie discutió luego los resultados. Un momento cumbre en la Historia de España, el ‘más importante del Siglo XX', según ha dicho Felipe González.

Aquella larga noche electoral del 15J, ¿ha sido la noche más larga de su vida?

Comprenda que yo por desgracia tuve la suerte de estar en el Gobierno de la Transición pero también el riesgo de estar en la lucha antiterrorista. Para mí las noches largas eran aquellas en que a veces me tenía que quedar en el Ministerio con una manta que me dejaba la Guardia Civil porque sabe Dios qué me podía espera de la madrugada. La noche a la que usted se refiere fue una noche larga política, la otra era una noche larga llena de terrores.

Hubo improvisación aquella primera noche electoral…

Lo fundamental no falló. Desde aquel día se habrá podido discutir del sistema político o electoral lo que sea, lo que se quiera, pero nadie ha podido discutir los resultados. Y cuando ha habido cambio de Gobierno, en el que cambia el presidente, un partido de un signo a otro de otro, se han hecho especialmente bien, y también el saliente que era el que gobernaba y al que se la habrían atribuir el intento de sabe Dios qué cosas, tampoco se planteaba. Por lo tanto lo fundamental desde el punto cero funcionó bien. Un sistema impecable, jurídicamente controlado y al que nadie se le ocurre, a mi me ponía Peridis el puchero en la cabeza, que formaba parte del buen humor político, pero nadie discutió los resultados, para mí eso es lo fundamental.

Si usted se está refiriendo a cómo dimos los resultados, ya le adelanto que hicimos el ridículo. Por dos cosas. Una no atribuible a nosotros. Es que por la desconfianza lógica que había en las primeras elecciones no había la figura del delegado que aparece en en la mesa y la mesa le da los resultados y eso va a las provincias y de las provincias al ministerio de Gobernación. No había. Cuando nos  llegaban los resultados, ya los partidos los sabían, incluso los partidos que en aquel entonces no tenían demasiada maquinaria, como tienen ahora. Eso por un lado, no atribuible a nosotros.

Otra cosa sí atribuible es lo que yo llamo la endogamia electrónica, que me dijeron, no se preocupe señor ministro, tenemos una artillería informática impecable que lo va a resolver todo, en un caso los grandes ordenadores de la Dirección General de Tráfico, que dependía del ministerio y en otro caso los grandes ordenadores de otra institución, que entonces también dependía del ministerio que era la Dirección General de Correos y Telecomunicaciones, que además era la especialista en esto. Fue un desastre.

Un sistema impecable, jurídicamente controlado, a mi me ponía Peridis el puchero en la cabeza que formaba parte del buen humor político, pero nadie discutió los resultados.

Tendríamos una artillería estupenda que no sabía disparar, no supieron hacer los programas y por eso en las elecciones siguientes, las del 79 ya solucionamos las dos cosas. Ya había delegado gubernamental y contratamos con una empresa nacional de telecomunicaciones que nos diseñó el proceso bien. En ese día fue un día tranquilo, no se discutieron los resultados. La información, a las seis de la madrugada el subsecretario daba el 18 por ciento de los resultados. Era para sentir algo de vergüenza, pero vergüenza tecnológica, no era algo que políticamente se nos pudiera discutir.

Sorprendió el buen resultado del PSOE y el corto resultado del PCE.

El PCE había sido históricamente el partido único de la oposición del antifranquismo. Su presencia en el mundo sindical, con CC.OO, en las asociaciones de vecinos, de los colegios profesionales , en el mundo universitario era mucho mayor. La propia historia final, la de la legalización del PCE y libertad de Carrillo forma parte de los momentos más esenciales de la Transición. Pasó lo que tenía que pasar. La izquierda votó a lo que podemos decir a la parte más castiza de la izquierda, que era el PSOE. El resultado fue muy bueno. Por la derecha la gente votó mucho más a la UCD que a Alianza Popular, es decir a la derecha más centrada. Y en la izquierda igual, más al PSOE que al PCE, lo cual vino muy bien luego para la elaboración de los consensos que nos llevaron a la Constitución.

De pronto desapareció la extrema derecha, después de 40 años de dictadura.

Repito siempre que los resultados electorales siempre son un acierto de los electores. Puede que algunos resultados a veces nos hubieran disgustado pero no nos han sorprendido. Detrás de todo estaba el verdadero protagonismo del cambio. Una sociedad abierta y moderna que ya existía en 1975 que difícilmente podía convivir con un sistema político que no era ni moderno ni abierto.

Los resultados electorales siempre son un acierto de los electores.

¿Debió durar más tiempo la UCD?

Su final me disgustó y mucho. Buscando explicaciones he llegado a la conclusión que UCD fue algo más, y algo menos, que un partido político. Fue una empresa para hacer la Transición. Ya sabe usted que la vida empresarial, las sociedades, una de las cosas que llevan a su disolución en el cumplimiento de su objeto social. En el año 82 se produce el gran triunfo del PSOE, con una gran mayoría absoluta y la desaparición de aquel partido, aquella empresa, porque la Transición había terminado.

Felipe González ha dicho que el 15-J ha sido la fecha más importante de la Historia de España del siglo XX.

Para mí la verdadera Transición termina el 15J. Es verdad que técnicamente termina con la Constitución y alguno lo quieren llevar al 82 cuando se produce la alternancia en el poder y viene el PSOE. Creo que de verdad termina entonces. Es una fecha en la que, aparte del protagonismo del pueblo español, pensemos que el Gobierno que conduce la política era un gobierno no democrático, la propia biografía de los que estábamos allí, lo que se denominó ‘los jóvenes reformistas del franquismo” es evidente que todo eso era un conjunto no democrático. Es el que colabora a traer la democracia, pero no era democrático.

¿Qué asignatura pendiente tiene la Transición?

Queda por redondear lo autonómico. Don José Ortega y Gasset, que era diputado por mi tierra de León, dijo aquello de que “con Cataluña hay que conllevarse”. Ni siquiera habló de convivir. Es un tema que la solución definitiva no existe. Porque es la solución que nos gustaría a los mesetarios, centrípeta, y la de los periféricos, centrífuga. Lo centrífugo ha llegado a un nivel absolutamente intolerable. No hay solución definitiva.

Lo centrífugo ha llegado a un nivel absolutamente intolerable. No hay solución definitiva.

¿Suárez sabía de dónde venía, pero tenía claro el objetivo?

La Transición a veces se plantea en dos aspectos educadamente rechazables. Unos dicen que hicimos un conjunto de improvisaciones. Otros lo llevan al acierto máximo, que estuvo milimétricamente calculado, no es verdad. Incluso hay alguna información que yo me rebelo, que cuentan que siendo Adolfo Suárez gobernador civil de Segovia, que en una comida en Cándido, con don Juan Carlos ya sobre la servilleta del restaurante había diseñado la Transición. Eso es increíble. Ni los personajes, que tienen unos méritos insuperables, se avienen con ese relato ni el relato en sí mismo tiene aires de verosimilitud. Hacen un flaco favor porque no es creíble ni lo necesitan. Sabíamos el punto de partida y teníamos confianza en que el país estaba preparado, democratizado y abierto. Sabíamos el punto de llegada pero no la manera. Fue la Ley de la Reforma Política. Y una convicción en la necesidad de una reconciliación entre los españoles que ni de lejos pudiera reaparecer la amenaza de otra guerra civil.

¿Qué sintió usted, con su pasado falangista, cuando le colocan al frente del primer proceso electoral de la democracia?

Yo era el ministro de la Gobernación, esa noche electoral es una noche que viene tras un pequeño proceso, de unos meses, no llega a un año, en el que pasan muchas cosas. No había Cámaras elegidas por sufragio universal, ni sindicatos, ni Gobierno que ha de responder ante un Parlamento. El día 16 de Junio ya éramos un Gobierno democrático. Y siempre cuento con orgullo, que por primera vez, tras 200 años al menos, no hay en las cárceles españolas un solo preso por razones políticas y no hay en el mundo ni un solo exiliado español por esos motivos.

Sabíamos el punto de partida y teníamos confianza en que el país estaba preparado, democratizado y abierto. Sabíamos el punto de llegada pero no la manera.

El otro gran protagonista de la Transición fue el rey don Juan Carlos. ¿Se hizo bien el proceso de la abdicación?

Alguna vez, un poco antes, me preguntaron, no sé con qué motivo, y a mí me pareció que no era conveniente. Yo no era partidario, que quede claro. Hay que reconocer que los españoles hemos tenido bastante suerte. Una es haber tenido al rey Juan Carlos en aquellos momentos excepcionales, él fue un rey excepcional, y se ha dado paso, con enormes dificultades, ya de normalidad democrática, y ya tenemos a un rey democrático, un rey normal que lo está haciendo muy bien. Vaya por delante que yo no era partidario de la abdicación.



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