Santiago Abascal Conde nació en Bilbao el 14 de abril de 1976, pero su vinculación familiar es con el pueblo alavés de Amurrio. Allí nació su padre, el fallecido Santiago Abascal Escuza, presidente del PP en el valle alavés de Ayala durante 35 años. De Amurrio fue también alcalde (y jefe local del Movimiento, durante la dictadura) su abuelo, Manuel Abascal Pardo. La madre de Santiago, María Isabel Conde, nació en Coruña pero vivió toda su vida en el País Vasco. Santiago es el mayor de tres hermanos, él y dos chicas.

Abascal sabe bien lo que es el valor. Su familia fue amenazada y agredida por ETA durante muchos años. La mafia vasca intentó matar a su padre varias veces. También él estuvo amenazado e iba por la calle con escolta. La tienda de ropa de la que vivían los Abascal, en Amurrio (“Moda Abascal”), fue atacada en numerosas ocasiones, y ardió completamente en 1999. Por esta razón, Santiago va armado; lleva una Smith & Wesson que, como él mismo dice, le servía “al principio, para proteger a mi padre; ahora, para proteger a mis hijos”.

Santiago Abascal sí estudió EGB. Hay quien lo niega, pero comete falsedad. Esto no es una afirmación sino una deducción: es indispensable tener estudios primarios para cursar el bachillerato, algo que el propio Abascal afirma que sí hizo. Aún más: el Ministerio de Defensa reconoce que concedió a Santiago Abascal su primera prórroga para aplazar el servicio militar obligatorio (del que acabaría librándose: no hizo la mili después de tres prórrogas) “porque estaba cursando el bachillerato”. Y no cabe dudar de la sinceridad del Ministerio de Defensa. Todavía más precisiones: la universidad de Deusto no consiente que se matricule en ella nadie que no haya terminado el bachillerato, lo que entonces se llamaba COU y las pruebas selectivas de acceso. Y está documentado que Santiago Abascal se licenció en Sociología en Deusto en 2003, un año después de casarse.

Esto demuestra irrefutablemente que Abascal tiene estudios, aunque sean pocos, aunque no sea nada fácil averiguar dónde los cursó (salvo lo de Sociología) y aunque quede claro que prisa, lo que se dice prisa por estudiar, este hombre no tenía: obtuvo su diploma a los 27 años. Pero él mismo ha repetido algunas veces que “la formación no es garantía de acierto”. Bueno, qué otra cosa puede decir, ¿verdad? En la larga entrevista que le hizo Fernando Sánchez Dragó, que se publicó en forma de libro con el título de Santiago Abascal, la España vertebrada, reconoce: “He tratado de formarme. No puedo presumir, por ejemplo, de una gran formación en materia económica. Desearía tener más formación, pero tengo personas ayudando en el proyecto de Vox”. Dragó replicaba que Abascal tenía la “humildad socrática de reconocer que se ignora mucho”, frase en la que cualquiera podría ver indicios de ironía o sarcasmo, pero no pruebas. Sea como fuere, para Abascal no es necesario que un político tenga formación intelectual o académica; parece bastarle con que tenga lo que el escritor Julio Llamazares cree indispensable para triunfar en el fútbol, y que resume en la regla de las tres B: balor, boluntá y buebos.

Abascal parecía (y parece) un gran defensor del Ejército que se viste de legionario y que ha llegado a proponer la restauración del servicio militar obligatorio, pero se escaqueó de la mili

Quiérese decir con esto que Abascal, a lo largo de su vida, siempre ha sorprendido porque parecía una cosa pero era otra. Parecía de Amurrio, pero había nacido en Bilbao. Parecía (y parece) un gran defensor del Ejército que se viste de legionario y que ha llegado a proponer la restauración del servicio militar obligatorio, pero se escaqueó de la mili. Parece una persona muy inteligente, porque tiene una gran facilidad de palabra, pero apenas tiene formación académica o intelectual. Parece escritor y/o ensayista, con seis libros publicados, pero la verdad es que prácticamente todos se los han escrito otros; él solo los firmaba.

Pero todo tiene su explicación. Santiago Abascal no tenía tiempo para estudiar (y, la verdad sea dicha, tampoco para trabajar) porque la política no le dejaba. Como él mismo ha dicho, “me encontré con el carné del PP en casa, no tuve opción”. Se afilió muy poco después de cumplir los 18 años, algo que, en el País Vasco de entonces, implicaba una enorme dosis de valentía. Hizo una carrera rápida en el partido, quizá porque eran pocos militantes... aunque votantes eran muchos más, sobre todo en Álava. Antes del año 2000, Santiago Abascal ya era miembro del Comité Ejecutivo del PP alavés y concejal en Llodio, donde no se le había perdido nada pero es que nadie quería ir en las listas de su partido (te jugabas la vida, literalmente) y él se presentó voluntario. Gobernaba Herri Batasuna, el brazo político de la mafia. Abascal mantuvo su escaño de concejal hasta 2007.

¿De qué vivía? Porque la maltrecha tienda de ropa familiar no daba para tanto. Desde 1999, de las dietas como concejal y de su puesto en la Subdelegación del Gobierno (antiguos gobiernos civiles) en Álava. Sucedió que el subdelegado era el tío de Santiago, César Velasco Arsuaga, marido de Begoña, hermana de la madre de Abascal. Así que el tío César “enchufó” a aquel muchacho de 23 años como “asesor” suyo. Esa fue la primera vez que se benefició de amigos con influencias. No sería la última.

Abascal fue, sucesivamente, juntero en las Juntas Generales de Álava; diputado en el Parlamento vasco (de 2004 a 2005) en sustitución de Carlos Urquijo; de nuevo “asesor”, esta vez del alcalde de Vitoria, Alfonso Alonso; de nuevo diputado sustituto, esta vez de Encina Regalado (de 2005 a 2009). Este hombre parecía hecho de corcho: no se hundía nunca, siempre volvía a salir a flote.

Pero no hay verano sin tormentas. El PP vasco estaba partido en dos: de un lado, los más radicales, liderados por María San Gil y Jaime Mayor Oreja; del otro, los más moderados, que encabezaba Antonio Basagoiti. Abascal, de más está decirlo, iba con los más radicales y ya empezaba a rezongar de la “tibieza” de su propio partido. Pero ganó Basagoiti. Y Abascal, por primera vez en más de diez años, se quedó sin escaño y sin medios de vida.

Fundación de Vox

Pero no le dio tiempo a buscar trabajo. Se presentó Esperanza Aguirre, “hada madrina” de tantas personas que luego han salido como han salido (unas bien, otras no tanto y otras a presidio), y en 2010 nombró a Abascal director de la Agencia de Protección de Datos de la Comunidad de Madrid, cosa que Abascal ignoraba (socráticamente) que existiese siquiera. Cuando, a los dos años, los recortes hicieron desaparecer aquella Agencia, Abascal fue nombrado (de nuevo intervino la bondadosa y benéfica “hada madrina”) Gerente de la Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social de la Comunidad madrileña, institución creada años atrás por Gallardón que no tenía actividad conocida, contaba con una sola persona allí trabajando y se llevaba una subvención que permitía a Abascal ingresar un mínimo de 82.000 euros al año, todo por hacer… pues no se sabe bien qué.

Pero Abascal tiene un carácter eminentemente primario, sanguíneo y apasionado; esta es su fuerza y su debilidad, porque necesita el aplauso y el cariño de los demás. Si no lo tiene, se duele. Ese apasionamiento, sin duda unido a su juventud como amenazado por ETA y a muy buenos consejos de algunos amigos y protectores, le llevó a abandonar el PP, partido en el que llevaba militando y del que llevaba viviendo –muy bien– desde 1996. El militante seguro e incansable; el que jamás fallaría, impasible el ademán, resultó ser otra cosa. Y fundó, con pocas personas más, un partido nuevo, claramente situado en la extrema derecha, que se llamó Vox. Fue en diciembre de 2013. Eran pocos y en el PP ni se inmutaron. Pero los inversores sabían que era una inversión a largo plazo. Y segura. No había más que mirar lo que estaba pasando en Europa.

Durante tres años, Vox fue un partido minúsculo de aquellos que, como decía Joaquín Garrigues Walker, “podían celebrar sus asambleas generales en un taxi”. En España no había, políticamente hablando, tierra cultivable a la derecha del PP. Pero el partido conservador estaba cada vez más herido por el tsunami de la corrupción. Y luego sucedió algo que pocos habían previsto (algunos sí, desde luego): los independentistas catalanes, que llevaban creciendo sin cesar desde la crisis de 2008, montaron las patéticas escenas culminantes del procès en el otoño de 2017, con la parodia de referéndum del 1 de octubre, con la fugacísima “declaración de independencia”, la suspensión de la autonomía catalana y la huida de Puigdemont.

Ocurrieron dos cosas a la vez: el Gobierno de Mariano Rajoy quedó en ridículo (se había hartado de prometer que no habría ningún referéndum, y sí lo hubo) y millones de españoles se indignaron ante aquel espectáculo ante el que el Gobierno del PP parecía impotente. Si las calles de media Cataluña llevaban años luciendo esteladas, las calles de Madrid y del resto de España se llenaron de banderas españolas de la noche a la mañana. Gracias a los indepes, por tanto, llegó el momento de Vox.

El mensaje populista, racista, xenófobo, machista y –esto sobre todo– agresivamente descarado de la nueva extrema derecha tuvo éxito. Abascal supo hacerse con el control sin el menor problema. Imitó a Marine Le Pen, imitó al italiano Salvini, imitó al húngaro Orbán; se mostró repetidas veces devoto seguidor de Donald Trump y, como él, usó las redes sociales para difundir infinidad de bulos, fake news y calumnias contra todo el que se le ponía por delante. Pero funcionó. Vox, que no tenía un solo diputado en el Congreso en diciembre de 2018, tenía 52 justo un año después. Y 3,6 millones de votos. La extrema derecha se volvió clave en algunos gobiernos autonómicos (Madrid, Andalucía, Murcia) y pretendió imponer, a veces con éxito, irrisiones ideológicas como el llamado “pin parental” para conceder su apoyo. Abascal, que hizo un uso políticamente perverso de la pandemia de la covid-19 (no fue el único), tronaba contra Sánchez y sobre todo contra Podemos, pero cada vez estaba más claro que pretendía, una vez más, otra cosa: lo que buscaba era que su partido creciese a costa del Partido Popular, al que tentaba, parasitaba y pretendía fagocitar.

Esto se vio en la moción de censura que Vox planteó contra el PSOE en octubre de 2020. Abascal hizo cuanto pudo por demediar a la “derechita cobarde”, como la venía llamando desde hace años. Que el presidente del PP, el joven Pablo Casado, se revolviese contra él como lo hizo, y rompiese con él (al menos teórica, provisionalmente) amarras, le dolió en lo más vivo. Estuvo semanas sin recuperarse anímicamente de aquello.

Ahora, cuando el juego de billar político desencadenado por unos tránsfugas de Murcia ha provocado un terremoto que ha provocado cambios en el Gobierno y elecciones anticipadas en la Comunidad de Madrid, Vox y Abascal se preparan para seguir creciendo. Montaron un mitin de “precampaña” nada menos que en Vallecas, ombligo del progresismo madrileño. Grupos organizados les recibieron a pedradas. El exvicepresidente Pablo Iglesias justificó a los agresores diciendo que aquel acto de Vox había sido una provocación, lo cual se parece extraordinariamente a lo que dicen los maltratadores cuando explican que la culpa de las violaciones la tienen las mujeres, que “van provocando”. Sin duda Iglesias acertaba al tildar de provocación aquel acto, pero olvidaba que la ley lo permitía y lo amparaba: tenían perfecto derecho a reunirse allí. Lo que de ninguna manera tiene justificación, ni ética ni política, es la violencia, las agresiones y las pedradas. Y menos aún que el líder de un partido que se dice democrático se ponga de parte de los agresores. Cuando se enfrentan dos populismos de signo contrario, las piedras caen, sobre todo, en la cabeza de la democracia y de la convivencia ciudadana. Eso fue lo que pasó.

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La llamada avispa icneumónida (Ichneumon bifasciatus, por ejemplo) parece una avispa pero no lo es. Es un icneumónido, que no es lo mismo. Es decir, un himenóptero que forma parte de la familia de himenópteros más extendida del mundo. Son bichos pequeños (entre dos milímetros y dos centímetros) que pueden hallarse en todo el planeta salvo en los polos. Así que hay que tener cuidado.

Los icneumónidos pican y son venenosos, pero sobre todo tienen una costumbre terrible: ponen sus huevos en el interior de otros animales, generalmente orugas, larvas y pupas de escarabajos y mariposas. El icneumónido pica a la oruga y deposita allí sus huevos; estos eclosionan y, como es natural, empiezan a comerse a la oruga… viva, por dentro. La oruga, que siente que algo raro está pasando, nota que desmejora, que le faltan las fuerzas y la iniciativa, que cada vez le cuesta más trabajo moverse, y redobla sus esfuerzos para sobrevivir: se vuelve loca buscando más alimentos, más hojas, más energía, más votos. Pero en el fondo sabe que está perdida.

Lo está. Cuando las pequeñas larvas de los icneumónidos acaban de comerse a la oruga, salen al exterior, se convierten en adultos y salen volando a buscar otras orugas.

Han de saber ustedes que, gracias a las redes sociales y a las fake news, hay personas que piensan que los icneumónidos son beneficiosos, porque hacen esta espantosa maniobra (¿ustedes vieron Alien? Pues es lo mismo) en las orugas que se comen los cultivos. Muy bien, muy bien. Eso es puro populismo entomológico. Como habría dicho Bertolt Brecht, un día los icneumónidos picaron a la procesionaria del pino, pero no nos preocupamos porque la procesionaria es un mal bicho. Otro día picaron a los gusanitos que se comen las tomateras, pero no dijimos nada porque esos gusanitos son perjudiciales. Pues a ver qué decimos el día en que nos piquen a nosotros y pongan el huevo del pin parental en la Comunidad de Madrid o en el PP o donde sea. Y se los coman por dentro hasta acabar con ellos. Que es para lo que están en el mundo esas falsas avispas, que solo saben vivir de los demás. En fin.