La última entrevista concedida por Pablo Iglesias antes de abandonar la política ha sido al diario italiano Corriere della Serra. En la edición del pasado 1 de mayo, el rotativo de Milán entrevistaba al líder máximo de Podemos, quien llegó a compararse con un sancta sanctorum de la izquierda italiana, el histórico secretario general del Partido Comunista Italiano (PCI) Enrico Berlinguer. Lo hizo para afirmar que él llegó más lejos que el inventor del eurocomunismo: “Ni siquiera el líder del Partido Comunista más grande de Occidente, Enrico Berlinguer, pudo llegar a donde he llegado yo: un marxista en un gobierno de la Alianza Atlántica…Mirar lo que he logrado me marea”, afirmó. Tres días después, Iglesias se subió al escenario para anunciar su adiós.

El hecho de que Iglesias mencionara a Berlinguer en su última entrevista como secretario general de Podemos no es un hecho aislado. El vallecano es buen conocedor de la historia política italiana. Viajó varias veces a Florencia, Bolonia, Génova, Padua. Habla un italiano fluido y dijo que su conciencia política nació durante un frío invierno en la ciudad de Bolonia, leyendo en el autobús Il Manifesto, el periódico de la izquierda alternativa que fundó Rossana Rossanda para criticar el giro moderado del PCI.

El PCI de Berlinguer no fue un partido cualquiera. Italia tampoco lo era. En la frontera del telón de acero, Berlinguer y el PCI luchaban por la autonomía frente a Moscú y lograron consolidarse como principal fuerza de la izquierda en un país occidental, católico y repleto de bases de la OTAN. Los socialistas del PSI, que enviaban dinero a Felipe González y Alfonso Guerra a través del amigo Nerio Nesi, en Roma pintaban muy poco. Al menos hasta que irrumpió Bettino Craxi.

El socialista lombardo tuvo como principal objetivo derrotar al PCI para impedir su travesía hacia la moderación. Berlinguer decía de Craxi que era un político “sin escrúpulos”. Tal vez la definición sea demasiado cruel, pero es cierto que no tuvo muchas dudas en aliarse con un magnate de las comunicaciones como Silvio Berlusconi, el caimán que hizo de la televisión su principal arma política y que como principal legado tiene el de haber empobrecido culturalmente a Italia.

Enrico Berlinguer /SabatoSera

Iglesias también hizo de la televisión su gran terreno de lucha. Berlinguer, en cambio, la detestaba. El italiano era tímido, y le costaba estar bajo los focos. Iglesias también es tímido, aunque cueste creerlo porque delante de la cámara se transforma. Y de ahí la primera diferencia entre dos líderes con una innata habilidad retórica, ambos "marxistas", pero antitéticos en la cultura política. Por ejemplo, en la definición de antifascismo que han enarbolado.

Iglesias utilizó el antifascismo como argumento para atacar y a menudo dividir. La deslegitimación de todo lo que fuese moderado ha fomentando el giro radical del PSOE con Pedro Sánchez y el pacto con los separatistas. Además, le ha servido para señalar a periodistas (esas listas de buenos y malos que hacía Mussolini y que tanto impactaron Italia cuando las recuperó Berlusconi), purgar a los díscolos, y teorizar la polarización para consolidar su espacio político. El precio de esa estrategia es -lo reconocen incluso en Podemos- que se ha convertido en un bumerán, y que ha alcanzado también a los dirigentes del partido morado.

Del eurocomunismo al Compromiso Histórico

También Berlinguer era una antifascista. Aunque para él ser antifascista significaba defender la Constitución democrática, afianzar el pluralismo y sobre todo deslegitimar a los extremos. De hecho, se enfrentó al terrorismo de las Brigadas Rojas, que querían tomar el poder por asalto, y a la antipolítica populista. Por el simple hecho de que al pueblo no se le miente.

Eran los años de plomo, y las balas golpeaban a políticos, periodistas, sindicalistas y profesores universitarios. En esa época de crispación violenta, Berlinguer se enfrentó a las Brigadas Rojas y al radicalismo con la teoría y con la práctica. Entre otras cosas porque lo consideró “anticomunista”, en el sentido de que operaba para impedir que el PCI pudiera convertirse en opción legítima de gobierno.

En los setenta, sin duda con todos sus límites, Berlinguer buscó la moderación. Incluso la de los sindicatos, para evitar una lucha de clase demagógica y estereotipada que, si bien hubiera regalado votos, pensaba que frenaría el desarrollo de Italia. Abrió el diálogo con sus enemigos y selló el Compromiso histórico, el encuentro con el centro-derecha para juntar las "fuerzas populares" defensoras de la Constitución.

"Fenómeno" y "mitómano"

El pasado 5 de mayo, el rotativo italiano informó de la salida de la política de Iglesias. Aldo Cazzullo, la pluma más prestigiosa del diario, redactó la información. En ese artículo, el autor desliza la breve historia política de Iglesias: “Ha sido el primer político posmoderno, nacido en los talk show (…) pero, sobre todo, es el líder con el más alto nivel de desaprobación: tiene fans, siempre menos, pero los demás españoles le detestan”. “Seductor", "hombre inteligente y obsesionado por el lenguaje”, pero “con una percepción exagerada de él mismo”, resumido en la dicotomía entre el "fenómeno" y el "mitómano".

Aun así, es cierto que Iglesias ha llegado donde Berlinguer nunca pudo. Durante un año y dos meses se ha sentado en el Consejo de Ministros de una democracia occidental. Pero, ¿es este un logro de por sí? La pregunta no tiene una respuesta definitiva, puesto que el Gobierno de Sánchez sigue en pie y en él se encuentra Podemos. Pero sí es incuestionable que Iglesias entró en el Congreso en 2015 aupado por una crisis sistémica y la ciudadanía le entregó de golpe 69 escaños. Tres años después pasó a 35 diputados. Y en las últimas elecciones en Madrid perdió más de 500.000 votos, cerrando su periplo con tan solo 10 escaños en la Asamblea de Madrid. Un balance electoral bastante mejorable si se piensa que Berlinguer acabó con el 33% de los votos.

Funerales de Enrico Berlinguer en Roma. /L'Universale

El último mitin que Berlinguer celebró fue el 7 de junio de 1984, en Padua, la ciudad de Toni Negri, uno de los inspiradores de las Brigadas Rojas y del colectivo no global Tute Bianche de Luca Casarini que teorizaba la violencia urbana y que Iglesias conoció y estudió. En el escenario, Berlinguer sudaba y estuvo a punto de desplomarse. Mantuvo el tipo. Tras acabar el acto, se desplomó. Le trasladaron al hospital, y moriría tres días después.

Cuando en Roma se celebraron sus funerales, acudieron más de un millón de personas. Fue una manifestación histórica. Un rio interminable de banderas rojas se despidió de su cuerpo. Hasta el líder del movimiento ultraderechista Giorgio Almirante acudió. Y de él tuvieron palabras de agradecimiento miembros de todas las familias políticas. Había sido un político íntegro.

En las elecciones europeas de ese año, el pueblo italiano le homenajeó con la única y primera victoria electoral del PCI en la historia de Italia. Berlinguer se fue con 11.714.428 votos, el 33,3% de las papeletas. Un resultado jamás alcanzado por ningún partido comunista en democracia. Ese reconocimiento popular, construido con elegancia y humildad, es lo que logró Berlinguer y que le falta a Iglesias por alcanzar. Y es sabido en Podemos que el líder morado sufre por ello. Ahora que Iglesias ha entrado en una segunda etapa, y probablemente vuelva al púlpito de la televisión, tal vez no sea tarde para corregir el rumbo, y acercarse de verdad a lo que el comunista italiano ha representado y representa.