Flora y fauna

Miquel Iceta y la actitud del burro

El burro fue uno de los primeros animales salvajes domesticados por el hombre. Lleva, pues, toda la vida en el partido. Es un animal inteligente, sensible, sacrificado y con una asombrosa capacidad de trabajo

Miquel Iceta y la actitud del burro.
Miquel Iceta y la actitud del burro.

Miquel Iceta Llorens nació en Barcelona el 17 de agosto de 1960. Perdió muy pronto a su padre (un bilbaíno vendedor de máquinas de escribir, que falleció de cáncer) y sus primeros años transcurrieron en una casa construida por su abuelo materno en Sant Just Desvern, a dos pasos de la capital catalana. Siempre estuvo muy unido a su madre, a su hermana y a la señora que los cuidó cuando él era un niño.

La formación intelectual de Iceta es un caso curioso. Era el típico niño mucho más inteligente de lo normal que leía todo lo que caía en sus manos, pero no le fue bien con los estudios. Empezó en los Escolapios, colegio en el que le miraban con extrañeza (cuenta él mismo) porque tenía las paredes de su cuarto llenas de poster de Elton John y no de Carolina de Mónaco, como el resto de los alumnos. Luego comenzó Químicas, pero no terminó (“si hubiese conocido al profesor Rubalcaba no habría dejado la carrera”, diría después). Lo mismo le pasó con Económicas en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Por alguna razón, aquel lector compulsivo enamorado de los haikus y del resto de la poesía japonesa no encajaba en las clases. Lo que él quería ser, de chico, era librero.

Aquel muchacho sensible, muy inteligente, algo tímido pero divertido, bajito, con pelos algo alocados (que pronto empezarían a abandonarlo), casi idéntico al actor Corey Feldman (de la película Los Goonies) y cierta tendencia a engordar se tropezó con algunos amores juveniles, pero sobre todo se tropezó con la política. En ambos casos, Iceta fue precoz. A los catorce años le dijo a su madre que era homosexual, algo que sus amigos ya sabían y que no era nada fácil de admitir en la áspera España del franquismo agonizante. Y a los diecisiete se afilió al Partido Socialista Popular de Enrique Tierno Galván, grupo recién legalizado (como todos) que obtuvo nada más que seis escaños en las históricas elecciones generales de 1977. Así que Iceta, lo mismo que el PSP, no tardó en rectificar y al año siguiente se afilió a las Juventudes Socialistas de Cataluña y al PSC. Nunca más cambió de partido, lleva toda la vida ahí. Tenía 18 años y solo en noviembre de aquel 1978 la ley le reconoció como mayor de edad. Pudo votar por primera vez en el referéndum constitucional.

Era brillante y, como suele suceder, tuvo la suerte o la habilidad de ser tutelado por gente de peso dentro del socialismo catalán. José Montilla se fijó pronto en él. También, antes o después, Josep Borrell y José Enrique Serrano, en Madrid. Y Narcís Serra, entonces todopoderoso, le hizo director del Departamento de Análisis del Gabinete de la Presidencia del Govern, puesto que ocupó desde 1991 hasta 1995; en ese año año fue nombrado subdirector del gabinete. Antes había sido concejal en Cornellà de Llobregat.

Juan Ramón Jiménez habría definido a Iceta como “pequeño, peludo (salvo en la cabeza) y suave”. En el serpentario que suelen ser los partidos políticos, donde está bien visto apuñalar por la espalda a cualquiera a cambio de un favor, un puestecito o una promesa, Iceta era un estratega, sí, pero sobre todo era un hombre con una extraordinaria facilidad para lograr pactos y acuerdos, fuera con quien fuese. Es un hombre simpático, de extraordinaria afabilidad en el trato personal, que trata siempre de ponerse en el lugar del otro para comprender qué hace y por qué lo hace. Tiene una extraordinaria capacidad de trabajo, muy superior a la de la mayoría de sus compañeros de partido. Y al contrario que muchos de sus estos, no es un tipo frío, calculador y con sonrisa de plástico. Es un tipo que busca la alegría en los demás y en sí mismo. Un tipo que cae bien, sobre todo en las distancias cortas.

Y que conoce sus limitaciones, o las que cree que son sus limitaciones: “No me veía liderando una lista electoral. Un tipo bajito, gordito, calvito, que es gay. No me veía candidato”. Fue elegido diputado al Congreso en 1996, pero iba en el número siete de la lista por Barcelona. Además, renunció al escaño cuando en 1999 lo eligieron diputado autonómico. En 2011 sí pudo ser elegido líder del PSC, pero fue él mismo quien consideró que el mejor candidato era Pere Navarro y el día antes de la celebración del congreso del partido retiró su candidatura. Demostró que entre sus defectos no está la ambición desmedida y que entre sus virtudes está la de saber reconocer las cualidades o la oportunidad del rival, lo mismo dentro de su partido que fuera. Pero en 2014, este convencido del federalismo sí fue elegido por fin, con el 85% de los votos, secretario general del PSC. Y reelegido en 2016. El premio a la constancia: llevaba muchos años siendo “indispensable” dentro del PSC, haciendo el trabajo duro y muchas veces poco brillante, y currando, literalmente, como un burro.

Anuncio de su homosexualidad

Hay varios momentos estelares en la vida pública de Miquel Iceta. El primero fue en 1999, cuando, en la campaña para las elecciones al parlamento autonómico catalán, el candidato “bajito, gordito y calvito” anunció públicamente que era homosexual. Veintiún años después eso ni siquiera sería noticia, pero entonces fue un bombazo: un acto de valentía que le ganó el respeto y la simpatía de propios y extraños. Fue de los primeros en reconocerlo. Luego vendrían muchísimos más.

Otro momento inolvidable fue el del mitin de comienzo de la campaña electoral en Barcelona, el 10 de septiembre de 2015. Iceta, candidato a presidir la Generalitat con todas las encuestas en contra, decidió disfrutar el momento, como él mismo dijo, y se “vino arriba” de manera espectacular. Alguien tuvo la ocurrencia, al final del acto, de poner en la megafonía la canción Don’ t stop me now (“no me pares ahora”), de Queen. Y vaya que no lo pararon. Ante un estupefacto Pedro Sánchez, que no sabía qué hacer con las manos ni con los pies y que palmoteaba un poco chimpancescamente, Iceta se puso a bailar con un estilazo y un ritmo que se hizo inmediatamente viral. Su naturalidad y su desparpajo tuvieron tal éxito que, a pesar de la prohibición de sus asesores de imagen, Iceta ha bailado todas las veces que le ha dado la gana, y han sido unas cuantas desde entonces. Como él dice en broma, su epitafio será: “Era gay y bailó”.

El tercero de esos momentos llegó en 2017, cuando la exigua mayoría independentista en el Parlament se propuso llevar a la realidad la quimera de la “república catalana” y se produjeron en la Cámara ilegalidades terribles, provocaciones hasta entonces desconocidas y escenas de enorme tensión. En medio de aquel “golpito de estadito”, como alguien lo llamó, Iceta se ofreció inesperadamente al rebelde presidente de la Generalitat, que entonces era Carles Puigdemont, para acompañarle a Madrid, a que propusiera en el Senado un diálogo político serio y eficaz que impidiese males todavía mayores. La sinceridad de Iceta, que sacó su vena más cálida (“Yo le acompañaría, sabiendo que probablemente su discurso no me gustaría. Pero si quisiera ir, me tendría a su lado”) y su mejor cualidad negociadora, desarmó a los airados indepes. Puigdemont no aceptó, porque seguía la estrategia del “cuanto peor, mejor” pero Iceta ganó muchísimos puntos, para muchísimas personas, aquel día.

Tantos que algún tiempo después, cuando el PSC propuso que Miquel Iceta fuese nombrado senador de designación autonómica, los indepes lo impidieron, algo que no sucede jamás. Y es que ninguna buena acción debe quedar sin su correspondiente castigo.

Ahora Miquel Iceta, el insustituible Iceta, el que ha pilotado al PSC durante los años más duros, el trabajador constante e incansable, se ha sometido una vez más a la voluntad del partido, o sea a la de Pedro Sánchez. Puede que haya sido idea suya… o puede que se lo hayan aconsejado; qué más da. Pero ha cedido el puesto de candidato a la presidencia de la Generalitat a su compañero de partido Salvador Illa, a estas horas aún ministro de Sanidad. Con la augurada debacle de Ciudadanos y con todas las encuestas profetizando lo mismo, Illa seguramente obtendrá un resultado más que estimable. Iceta (que podría haber logrado un rendimiento electoral también muy alto, por qué no) se instalará probablemente en Madrid para hacerse cargo de un Ministerio.

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El burro (Equus africanus asinus) es uno de los animales más injustamente subestimados y calumniados del reino animal; y la culpa la tienen los egipcios, que lo maltrataban, lo despreciaban y lo tenían por idiota. No lo es en absoluto. El burro, al que Juan Ramón Jiménez definía como “pequeño, peludo, suave” refiriéndose a Platero, fue uno de los primeros animales salvajes domesticados por el hombre, junto con el perro y los óvidos, hace casi ocho mil años. Lleva, pues, toda la vida en el partido. Es un animal enormemente inteligente, sensible, sacrificado y con una asombrosa capacidad de trabajo: son capaces de acarrear entre el 20 y el 30% de su peso corporal, y rara vez se fatigan por duro que sea lo que hayan de hacer.

Es, además, un équido humilde, sacrificado, de carácter agradable y, esto también es cierto, con un punto de obstinación, pero a quién no le pasa eso cuando le tocan mucho las narices, ¿verdad? Durante siglos, elementos corporales del burro fueron usados como medicinas; y, salvo los romanos (que importaron esta superstición de los egipcios), numerosos pueblos de todo el mundo le han tenido por un símbolo de la buena suerte, de la prosperidad y de la alegría. No le acompaña la voz, que nos parece grotesca y mucho menos elegante que el relincho de los caballos, pero ¿han oído ustedes a las cebras, por ejemplo? Eso quiere decir que cualquiera es bueno o malo según con quién se le compare.

Bondadoso por naturaleza, el burro no rechista cuando lo relegan. Por poner un ejemplo: cuando el amo, queriendo quizá quedar bien ante los electores, prefiere dejar al burro en casa y montar un caballo elegante y de aspecto un tanto altanero, a ver si eso le da mejor suerte. El burro no padece por eso. Sabe que es necesario. Y que volverá a serlo, porque no se cansa.

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