Flora y fauna

Margarita Robles y la voz del pájaro secretario

Este ave es de hábitos semiterrestres; esto quiere decir que unas veces vuela y otras no; en ocasiones está en el suelo y otras veces en los árboles, en la Judicatura o en la política: nunca se sabe con él

Margarita Robles y la voz del pájaro secretario
Margarita Robles y la voz del pájaro secretario

María Margarita Robles Fernández nació en León el 10 de noviembre de 1956. Es hija de un abogado (ya fallecido), Salvador Robles. Tiene un hermano pequeño, médico. Se educó en el colegio de las Teresianas, algo quizá premonitorio porque es un edificio muy llamativo en el casco antiguo de la ciudad: una cacicada urbanística de los tiempos del franquismo permitió que las monjas alzasen un inmueble muchísimo más alto (y más moderno, y mucho más feo) que el resto de las casas de la zona, todas bajas y antiguas. Así Margarita comenzó a estudiar en un sitio que destacaba, que desentonaba y que molestaba a muchos. Algo le debió de quedar de todo esto.

Pero la etapa en su ciudad natal duró poco. La familia se fue a vivir a Barcelona, a la zona de Bonanova. Margarita tenía doce años. Aprendió catalán rápidamente y dejó por fin atrás el frío de León (no le gusta el frío). Era muy inteligente y ya desde pequeña demostró un carácter, cómo decirlo… Bueno, fuertecito. Era de las que no se callan ni debajo del agua, de las que tienen que decir la última palabra. Por decirlo claramente: ya de adolescente era bastante mandona. Pero a la vez era una chica alegre que se reía mucho. 

Dudó entre Medicina y Derecho y al final eligió la profesión de su padre. Don Salvador quería que su hija llegase a ser lo que entonces se llamaba una persona “de provecho”, de las que se ganan bien la vida; que fuese notaria o registradora de la propiedad, que son, como se sabe, oficios discretos que no traen complicaciones y que permiten un buen pasar. Pero Margarita apuntaba más alto. Mucho más alto. Y más rápido. Se convirtió en algo así como la record woman de la abogacía española. Terminó la carrera en la Universidad Central de Barcelona. Y poco después, en 1981 (tenía 25 años) sacó las oposiciones a juez con el número uno de su promoción, en la que también estaban Baltasar Garzón y Manuela Carmena. Un renombrado jurista tenía la costumbre de regalar un libro a los más brillantes. A ella le regaló (lo cuenta mucho ella) Mujeres españolas, de Salvador de Madariaga, con una cariñosa dedicatoria en la que le decía que lo que tenía que hacer en la vida era ser una buena esposa y una buena madre. Clarividencia del ilustre letrado, porque Margarita nunca se casó y no tuvo hijos. 

Fue la cuarta mujer juez de España. Mujer juez y no jueza, porque a ella la palabra no le gusta: dice que “juez”, como acaba en zeta, es más contundente. Y esta lectora compulsiva se pone mala cuando su compañera en el Gobierno, Irene Montero, se empeña en proferir “portavoza”, término horrísono donde los haya. El primer destino de Margarita Robles fue en un pueblo pequeño y sosegado: Balaguer, en Lérida. Pero… “era una niña y no me amilané, ahí empezó mi experiencia personal, mandar, ¿quién se atreve con la juez del pueblo?, decía la gente. En fin, mandar es también ser muy exigente contigo misma y tener capacidad organizativa”. Esto lo dice ella.

Esta feminista, creyente, progresista y… bueno, con más que evidentes dotes de mando hizo una carrera tremenda. Después de Balaguer, San Feliú del Llobregat y Bilbao. Y muy pronto presidió, como magistrada, la Audiencia Provincial de Barcelona. Fue la primera mujer en dirigir una sala de lo Contencioso-Administrativo. Y también la primera en gobernar una Audiencia provincial. 

Pero lo de mandar hay que hacerlo donde hay que hacerlo. El ministro de Justicia, Tomás de la Quadra Salcedo, la hizo (ella tenía 37 años) subsecretaria de Justicia. Y el siguiente ministro, Juan Alberto Belloch, uno de sus grandes amigos, la nombró secretaria de Estado de Interior. Cuando el PSOE perdió el poder, ella cerró aquella etapa que podríamos llamar de “precalentamiento” y reanudó su carrera judicial: juez de la Audiencia Nacional, magistrada del Tribunal Supremo y vocal (muy activa) del Consejo General del Poder Judicial. En su carrera como jurista había llegado a la cumbre.

Pero la política, al contrario que la covid-19, es un virus contra el que no hay vacuna, sobre todo si uno es un tanto mandón y con un punto de soberbia. En 2016 regresó al ruedo como diputada por Madrid (perdió su condición de magistrada del Supremo), en el número dos de la lista, justo detrás de Pedro Sánchez. Al año siguiente fue portavoz del Grupo Socialista en el Congreso. Y en junio de 2018, ministra de Defensa. Le dio tiempo, además, a hacerse cargo de la cartera de Exteriores desde la salida de Josep Borrell hasta la llegada de Arancha González Laya. En la portavocía pudimos todos escuchar su voz, algo destemplada, nerviosa y muy sonora, como de quien está en permanente tensión y pone tensos a todos. Y en el Ministerio entró como un turbión, templando y mandando. Sobre todo mandando. De la tensión descansa (cuando puede) en su casa de Candás, en Asturias. Del mando no descansa, ni de día ni cuando las noches son, como dice el romance.

Pocos amigos, pero muy buenos

Margarita Robles tiene pocos amigos, pero muy buenos. Uno de ellos, ya se ha dicho, es Juan Alberto Belloch. Otra es la escritora Julia Navarro. Robles ha presentado todas las grandes novelas de su amiga; y merece la pena asistir a esos actos porque la hoy ministra, apasionada y vehemente como es, se convierte invariablemente en la protagonista de la presentación y uno tiende a pensar que el libro lo ha escrito ella, que apenas deja a hablar a la autora.

Pero no tiene muchos más amigos. Y esto es efecto de un carácter difícil (apasionada y sentimental pero inflexible; risueña pero mandona) y, quizá sobre todo, de un sentido de la justicia y del deber en el que no caben medias tintas. Si Margarita Robles está en las inmediaciones, más vale ser recto como una escuadra y más honesto que Cincinato, porque esta mujer salta en un segundo y se revuelve contra quien haga falta. Alza la voz (algo agria, ya se ha dicho) en el momento más inesperado y da unos sustos tremendos tanto a los que están cerca como a los que están algo más lejos, sin importarle demasiado la relación personal previa con nadie. Es decir, sin cuidado y sin miramientos.

Robles la emprendió con su antiguo compañero de oposición Baltasar Garzón, juez como ella, progresista como ella, de ideas semejantes, cuando el hoy exmagistrado fue procesado por las escuchas a los abogados del caso Gürtel. Le tembló la voz, pero no la mano. Pisó todos los callos que se le pusieron por delante cuando se empeñó en investigar a fondo los asesinatos de los etarras Lasa y Zabala, asunto que acabó con el encarcelamiento del general Galindo, con la condena de Julen Elgorriaga (exgobernador civil de Guipúzcoa) y con su relación cordial con Baltasar Garzón. Algunos le dijeron: ten cuidado, que estos serán lo que sean pero juegan en nuestro equipo, son de los nuestros. Pero Robles no hizo caso. Fiat iustitia et pereat mundus. Que se haga justicia aunque se hunda el mundo.

Cuando hay tropelías de por medio, sean mortales o veniales, Margarita Robles no tiene amigos, ni bandos, ni nada. Puso a los pies de los caballos nada menos que al expresidente del Tribunal Supremo, Carlos Dívar, que acabó en la picota pública por pagar sus viajes y placeres personales con dinero público. Y ahora, como titular de Defensa, es la ministra más apreciada del Gobierno, asume como propios todos los errores que hayan podido cometer las Fuerzas Armadas en la gestión de la pandemia (otros ministros hubo que dejaron vergonzosamente colgados a sus subordinados y hasta les responsabilizaron de sus errores, recuerde el alma dormida) y mantiene en estado de alarma permanente (o al menos lo intenta) a los militares más o menos retirados y más o menos díscolos que andan diciendo barbaridades en algunos chats privados o públicos. Se vio en la última Pascua Militar, donde la voz destemplada de la ministra puso a muchos en su sitio y asustó a otros más. Aunque quizá no a todos. Ese puede ser su error: que ya la conocen.

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El pájaro secretario (Sagittarius serpentarius) es un ave rapaz accipitriforme de la familia Sagittariidae. Es muy común en las sabanas africanas y se alimenta, como su propio nombre indica, de serpientes, aunque también de insectos y roedores. Su nombre procede de su plumaje blanquinegro, que recuerda a las severas vestimentas que llevaban los secretarios (también de Estado) británicos en el siglo XIX. Es un ave de hábitos semiterrestres; esto quiere decir que unas veces vuela y otras no; en ocasiones está en el suelo y otras veces en los árboles, en la Judicatura o en la política: nunca se sabe con él.

El pájaro secretario se caracteriza, además de por su extraño plumaje, por una voz chillona estridente y desgarbada que suena cuando menos se espera y que pega unos sustos tremendos. Los san, pueblo africano que durante muchas décadas recibió el poco cordial nombre de “bosquimanos”, tienen una manía tremenda al pájaro secretario. Tremenda y no injustificada, hay que admitirlo. Imaginen ustedes. Está el cazador san detrás de un matojo acechando a un impala. Eso puede durar horas. El cazador san va armado con un arco muy rudimentario y unas flechitas de palo que ha hecho él mismo. Se acerca muy despacio. Comprueba que el impala no le ha visto y pasta tranquilamente. Contiene la respiración, tensa el arco, apunta y…

Y en ese momento suena el tremendo graznido del pájaro secretario, que anda por allí, quizá en un árbol, y que ha detectado peligro en la sabana, o irregularidades, o quizá caza ilegal. El ruido es tan potente y tan desagradable que los impalas, claro está, escapan corriendo como si hubiesen oído una sirena de bomberos. Y el cazador san se queda sin comer por culpa del deslenguado y voceón, ese pajarraco impertinente e hiperventilado al que lo mismo le da lo que haga el cazador: él hace lo que tiene que hacer, que es dar la alarma, y santas pascuas.

Por eso no es infrecuente ver cómo los cazadores san hacen un pequeño fuego y se comen… al pájaro secretario, previamente atravesado por una oportuna flecha. La carne de esta ave no es especialmente apetitosa. Pero algo hay que comer. Y además, los san saben bien que la venganza es un plato sabroso si se sirve asado.

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