Flora y fauna

Luis Bárcenas y las costumbres de la urraca

El extesorero del PP aprendió muy pronto que aquella frase antigua, “con el dinero no se juega”, era mentira. Vaya si se juega. Se juega y se gana 

Luis Bárcenas y las costumbres de la urraca
Luis Bárcenas y las costumbres de la urraca

Luis Francisco Bárcenas Gutiérrez nació en Huelva, en pleno ferragosto de 1956. Hay gente que lleva la vocación, o al menos el destino, amarrado a la espalda desde que nace. Este es uno de esos casos. Luis Bárcenas era hijo del director de una sucursal del Banco Central en Badajoz. Se crió entre billetes, balances y asientos contables como otros se crían entre libros, entre uniformes o entre escayola. Naturalmente, estudió Empresariales: se licenció en la Pontificia de Comillas (en Madrid), la ya entonces prestigiosa y exigente universidad de los jesuitas.

Contra lo que dicen sus detractores, que los tiene, Bárcenas no es un patán, ni un advenedizo deslumbrado por el lujo, ni un tonto, ni ha llevado en su vida los zapatos medio rotos. Es cierto que algún verano llegó a trabajar en una fábrica de Coca-Cola, pero su padre tenía en el banco un cliente que se llamaba Ángel Sanchís. Le facilitaba los créditos. Andando el tiempo, este Sanchís fue nombrado tesorero de Alianza Popular. Y correspondió a aquella vieja amabilidad colocando a Luisito, que tenía 25 años, en el partido. Después de afiliarlo, no faltaba más. Bárcenas entró en el territorio de vuelo de los números, de la administración, de las cuentas, y nunca hizo otra cosa. Aquel chico un poco (bastante) chulito, que se sabía guapo y hacía todo lo posible por parecerlo, que tenía la voz algo aguda y que hablaba muy deprisa; aquel chaval que mostraba un carácter intemperante, mandón y algo atropellado, resultó ser un aprendiz de brujo extraordinario. Aprendió muy pronto que aquella frase antigua, “con el dinero no se juega”, era mentira. Vaya si se juega. Se juega y se gana. Y eso, el dinero, es justamente lo que hace funcionar todo lo demás. Sin él no hay juego que valga.

Pero al dinero –aprendió pronto el joven Bárcenas–, si se quiere que dure y que se convierta en una ensalada deliciosa, hay que aliñarlo con una virtud que el dinero por sí solo no puede comprar: la paciencia. Y hay que ponerle un buen puñado de previsión o precaución, porque nunca se sabe. Y esto sobre todo: hay que quitarle los melindres y los escrúpulos y los cargos de conciencia, como a las aceitunas hay que quitarles el hueso.

Es fuerte, lo ha sido siempre. No hace falta que nadie se lo pida por el móvil

El aprendiz de brujo de Ángel Sanchís demostró pronto que lo suyo eran las alturas. Todas. Las de su cada vez más frecuente codeo con los jerarcas del partido, que vieron inmediatamente que aquel muchacho engominado y seguro de sí mismo era “de los suyos”, y con las alturas de la montaña, que le encantaban: alguna vez ha dicho que llegó a escalar el Everest. Es verdad que anduvo por allí (agosto de 1987, con el sobrino de Fraga) aunque no hizo cumbre. Pero su carácter, algo fantasioso en lo que se refiere a sí mismo, se reforzó con otras ascensiones que no están al alcance de la mayoría de los contables: el Olimpo (el de verdad, el de Grecia), el Elbrus, el Aneto y varios más. Le apasiona el esquí de riesgo. No tiene miedo. Ni a la montaña ni a nada.

Si trabajas mucho y sabes cosas de los demás que estos no quieren que se sepan, acabas volviéndote necesario. Volando a veces muy alto y a veces a ras del suelo, llegó un momento en que Bárcenas era no ya necesario sino indispensable en las finanzas de aquel partido dirigido a zapatazos y trompicones por Manuel Fraga. Bárcenas tuvo tiempo de dejar a su primera mujer, Nieves, y de casarse con Rosalía, una muchacha “que quitaba el hipo”, como se decía entonces, en los años 80, y que trabajaba también en el partido. Han volado juntos desde entonces.

Pero ni las mayores ambiciones están libres de malos vientos, como saben los montañeros. Don Manuel, el Patrón, tuvo un día la ocurrencia de dejar la presidencia del partido y de llamar a un jovenzuelo para sustituirle, Antonio Hernández Mancha. Y este resultó ser muy distinto del viejo fundador, que sabía perfectamente que había cosas que no había que preguntar y nunca las preguntaba. El nuevo percibió de inmediato un alarmante olor a podredumbre en las cuentas de Alianza Popular, que llevaban Sanchís y Bárcenas. Y sin más, crecido como estaba, los echó. Lo curioso fue que sustituyó a Sanchís por un paisano de don Manuel que se llamaba Rosendo Naseiro, lo cual no deja lugar a la menor duda sobre el agudísimo olfato político del bisoño Hernández Mancha. Cuando Fraga invadió de nuevo el partido y puso a aquella lumbrera en la calle, lo primero que hizo fue volver a llamar a los dos desterrados, Sanchís y Bárcenas. Pero conservó como tesorero a Naseiro, que era amigo. Luis Bárcenas pasó a ser gerente del partido.

Fue a mediados de los 90 cuando conoció a Francisco Correa, con el que luego reñiría porque ambos son animales muy territoriales

Cuando el caso Naseiro (el primer escándalo mayúsculo de corrupción de la derecha española, aunque acabó en nada por habilísimos “defectos de forma”) se llevó por delante a quien le dio nombre y al amigo Sanchís, Bárcenas demostró su indispensabilidad al nuevo tesorero, Álvaro Lapuerta. Aznar acababa de llegar a la presidencia del refundado Partido Popular. Cuando alcanzó por fin el gobierno, en 1996, el general secretario Álvarez Cascos intentó una maniobra extraña: sacar a Bárcenas de su alto nido en la calle de Génova, en la sexta planta, y llevárselo a La Moncloa. No es fácil saber si lo hizo para evitar futuros males mayores (el olor a cañería que detectó Hernández Mancha se había extendido ya por todo el edificio) o para tener controlado a aquel tipo tan presumido y tan untuoso que decía lo que había que gastar y en qué, que racaneaba dinero para taxis y que… sabía demasiado de demasiada gente. Pero Bárcenas tenía muy claro dónde estaba el control de aquel asunto. Se quedó sacando cuentas en su nido genovés. Andando el tiempo le hicieron elegir senador en un par de legislaturas. Le metieron en la Ejecutiva del PP. Él se tomó todo aquello como lo que era: adornos, medallas, oropeles. Distracciones. Y siguió a lo suyo.

Fue a mediados de los 90 cuando conoció a Francisco Correa, con el que luego reñiría porque ambos son animales muy territoriales. Años después, cuando todo reventó, Bárcenas reconocería que en aquella época se hizo costumbre, casi norma, exigir coimas, comisiones o mordidas a los empresarios a quienes se contrataba y que se prestaban al soborno, que eran muchísimos. Si lo hacían casi a plena luz los pujoles y los filesos, pues a ver si ellos iban a quedar por tontos. Las campañas electorales del PP estaban empedradas con sobres. Y también dijo que por su despacho pasaban (presuntamente, siempre presuntamente) los líderes del partido, tras las reuniones de la cúpula, para llevarse más sobres, y muy abultados. El dinero de los cohechos podía ir al partido, sí, pero también a otros sitios. Bárcenas tenía espectaculares viviendas en Madrid, en Marbella y en Baqueira, cerca de la nieve. Y gastaba un llamativo (y carísimo) abrigo Chesterfield con el que se sentía punto menos que el duque de Windsor. Como a tal le trataban en los restaurantes de postín que tanto le han gustado siempre.

Cuando Rajoy le nombró por fin tesorero del partido (en 2008), Bárcenas ni se inmutó. Hacía muchos años que cumplía esa función, porque Lapuerta, que ya era millonario y no necesitaba robar, se aburría y le dejaba hacer. Y Bárcenas, en un cuarto de siglo metido en la sala de máquinas del PP, sabía hacer ya muchísimas cosas.

Lo que nadie sospechaba era su afición por la caligrafía. Durante años y años anotó en pulcros cuadernitos escolares, con una hermosa letra inclinada de antiguo alumno de los jesuitas, cada sobre, cada unto, cada destinatario, cada corruptela y cada rápida sonrisa de complicidad al salir por la puerta del despacho. Casi siempre ponía las iniciales de los agraciados. Era una contabilidad manual, de “cuenta de la vieja”, que en realidad estaba escrita con nitroglicerina… y él lo sabía mejor que nadie. Paciente, sí; presumido, también; quisquilloso, voceón, sanguíneo, desde luego. Pero sobre todo precavido. Los ordenadores de su mesa tenían más potencia deflagrante que la bomba de Hiroshima. Eso también lo sabía él mejor que nadie.

Pero “en España todo acaba saliendo”, como dice el periodista Fernando Jáuregui, y Bárcenas acabó en la cárcel después de provocar incontables noches de insomnio y/o pesadilla en todos los líderes de su partido

Pero “en España todo acaba saliendo”, como dice el periodista Fernando Jáuregui, y Bárcenas acabó en la cárcel después de provocar incontables noches de insomnio y/o pesadilla en todos los líderes de su partido. Fue en junio de 2013. Ya se habían publicado sus escrupulosos, aplicados y letales ejercicios de caligrafía contable. Le tenían más miedo que a un nublado. Dejó la tesorería del PP. Dejó el partido del que había sido fontanero casi toda su vida. Una mañana, los ordenadores de su despacho (aquel despacho que no existía, como llegó a decir el PP) aparecieron destripados y sus discos duros desmigados a martillazo limpio. El pánico general llegó a extremos de club de la comedia en frases como aquella de María Dolores de Cospedal, la del “finiquito simulado y diferido en partes”, que tanto dio que reír. O en el célebre “Luis, sé fuerte”, mensaje de WhatsApp enviado por alguien a quien no le llegaba la camisa al cuerpo.

El Tribunal Supremo acaba de confirmar los 29 años y un mes de prisión para Luis Bárcenas. Eso por lo juzgado hasta ahora, pero el total de los casos engarzados entre sí como cerezas es una torre de Babel que tardará años en comprenderse y desmontarse entera. En cualquier caso, a Bárcenas le espera muy probablemente un dolor para él vivísimo: la entrada en prisión de Rosalía, su mujer, a quien hasta ahora había logrado mantener a salvo. Quizá le consuele un inmenso honor reciente: es uno de los poquísimos españoles que han sido elevados a la inmortalidad como protagonistas de un cómic de “Mortadelo y Filemón”. Se titulaba “El tesorero”. Quizá lo mejor que ha hecho Francisco Ibáñez en su vida. A ver quién puede competir con eso.

La urraca

La urraca (Pica pica) es el córvido más numeroso en la península ibérica y su número no deja de crecer, lo cual, bien mirado, no debería extrañar a nadie. Vive tanto en el campo como en las zonas urbanas. Es un ave de innegable hermosura, blanca, negra y azulada. Y lo sabe. Mientras otras aves con las que convive se dedican a lo elemental, que es sobrevivir, la urraca dedica mucho tiempo a acicalarse. Casi se diría que se peina.

Su caminar en el suelo es torpe, como el de todos los córvidos, pero su vuelo es muy elegante y sobre todo muy eficaz, tanto en las alturas como a ras del suelo. Anida siempre en lugares muy altos, generalmente árboles, y procura ocultar sus construcciones entre el ramaje. Pero no parece que sea por timidez o discreción: tiene una voz agria, áspera y mandona que usa cada vez que se cabrea, cosa que ocurre con frecuencia.

Tiene dos características singulares. La primera es su territorialidad. Donde hay un nido de urraca, difícilmente hay sitio para nadie más. A veces comparte árboles con otras de su misma especie (esto sucede sobre todo en el campo), pero eso es porque no le queda más remedio: su afán es verlo todo desde arriba y controlarlo todo.

La segunda característica, y la más llamativa, se llama cleptoparasitismo, y no es exclusiva de la urraca ni mucho menos (la verdad es que se da en todos los partidos), pero en ella es extraordinaria. La urraca, que suele emparejarse de por vida (aunque también se han constatado divorcios), construye un complicado y sólido nido a base de ramitas, hojas, plumas que encuentra, papeles (escritos, o no), trapos… Y es curioso que muchos de esos materiales los birla de los nidos de otros pájaros e incluso de otras urracas. Las víctimas de estos latrocinios terminan, no pocas veces, por transigir. Parecen darse cuenta de que, si quieren que su nido prospere, han de pagar una especie de comisión a la urraca dueña del territorio. Y se dejan robar.

También es célebre la urraca (aunque hay autores que dicen que esto es una leyenda; no lo es) por su empecinamiento en acaparar objetos brillantes, que atesora en su nido. Entre ellos se han encontrado llaves, monedas, anillos, alguna vez joyas, fragmentos de discos duros de ordenador, trozos de cristal, pendientes… Cualquier cosa que a la presuntuosa y precavida urraca le llame la atención o le parezca que puede resultarle útil para sus negocios.

Un último detalle: el nido, palito a palito (propio o extraño; eso da igual), lo construyen los dos, la pareja, durante semanas enteras, en amor y compañía y mutua colaboración. Aunque la hembra, a veces, se haga la tontita y diga que no, que ella no tiene nada que ver. Pues sí que tiene.

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