El 20 de julio de 2001, Génova es el punto de encuentro de centenares de miles de activistas, sindicalistas y manifestantes que han acudido de todo el mundo para protestar contra el G8. El estadio Carlini es el lugar donde se alojan los llamados disobbedienti, un grupo de manifestantes liderado por Luca Casarini, también jefe de las tute bianche de Padua, que plantea métodos de protesta que colinda con la violencia. En este grupo de jóvenes se encuentra Pablo Iglesias, que ha llegado a la capital de Liguria después de su Erasmus en Bolonia, donde ha frecuentado el centro social TPO, afín a los grupos de Padua.

La atmosfera en el estadio Carlini es de fiesta. Aunque la Policía observa como esos jóvenes se construyen escudos y armaduras con botellas vacías de agua, plexiglás, trozos de plástico, chalecos flotadores y cascos de motos. “Somos el ejército de los niños”, dicen en broma durante la preparación de la marcha. Después de Seattle (1999), el movimiento noglobal sabe que la policía reaccionará con violencia si intentan romper las barreras y penetrar en la zona restringida. Y todos saben que éste es su objetivo. En Nápoles, en el año anterior, los activistas del Global Forum ya han tenido problemas con la Policía Italiana.

El ambiente es de tensión. La prensa italiana revela que los servicios secretos temen acciones terroristas (se empieza a hablar de Bin Laden) y las pequeñas calles de la ciudad no ayudan a garantizar la seguridad. El primer día de protestas, el 19 de julio, los carabineros y la policía italiana ya han tenido que intervenir para frenar a los black block, grupos aislados de violentos que han llegado a Génova únicamente para liarla. La orden de las comandancias es mostrar el músculo de los agentes, siguiendo un patrón de reacción dura que después de Génova se revisará profundamente.

El día 20 de julio está prevista la marcha de los disobbedienti, en la que también está Pablo Iglesias. Su objetivo es acercarse a la zona roja, un espacio en el centro de la ciudad protegido con barreras de hierro y miles de policías. Dentro de la zona roja se están reuniendo los mandatarios de las principales economías del mundo. La manifestación tiene el visto bueno de la jefatura de la Policía para avanzar hacia un punto seguro, pero en el medio de su recorrido, en la calle Tolemaide, algo va mal. Los carabineros, que responden a otro mando, lanzan gases lacrimógenos y empiezan a cargar contra los manifestantes.

La batalla urbana dura unas dos horas, hasta que un pequeño grupo de carabineros intenta dividir a los disobbedienti que se han agrupado en la vía por un costado. Son pocos, apoyados por dos defenders (todoterrenos) del cuerpo de seguridad. Es una maniobra equivocada, porque los manifestantes son más y contraatacan hasta cerrar a los agentes en la pequeña plaza Alimonda. Acorralados, un carabinero de 20 años acaba disparando a la cabeza de Carlo Giuliani, un manifestante que se acerca al coche con un extintor en las manos.

Carlo vive

Han pasado 20 años de aquellos días de guerrilla urbana y Pablo Iglesias, que dedicó una tesis doctoral a esa protesta callejera, ha decidido en su última entrevista en La Stampa reivindicar el espíritu del G8 de Génova. En el partido morado algunos sostienen que con ese giro quiere afianzar una nueva imagen desligada de la “realpolitik” de los últimos años. En su perfil de Twitter, en efecto, el exlíder morado ha cambiado su fotografía con una con el nuevo corte de pelo, y detrás de él ha incrustado la escrita en un muro que reza: "Carlo vive", en referencia a Carlo Giuliani.

¿Por qué este guiño tan directo a esa etapa juvenil? Este diario ha desvelado que Iglesias tiene entre sus proyectos lanzar un producto audiovisual de periodismo crítico y social en su nueva vida laboral. Y que por ello está hablando con el empresario Jaume Roures. Varias fuentes consultadas de Podemos sostienen que la recuperación de la imagen “movimentista” se enlaza con ese proyecto. Muchos recuerdan la tesis doctoral de Iglesias, centrada en las protestas del G8.

Los compañeros de partido de Iglesias muestran, no obstante, algo de escepticismo. El 4-M, cuando Iglesias anunció que dejaba la primera línea de la política, Irene Montero escribió: “No olvidamos quienes somos, de dónde venimos y por qué estamos aquí. Gracias Pablo Iglesias. Seguimos”. Pero ahora, según miembros y dirigentes de Podemos, Iglesias desea hacer algo parecido a un borrón y cuenta nueva, y lo hace recuperando incluso el espíritu de la “adolescencia”.

Cambio de paradigma

El cambio es notable, porque Iglesias, después de la victoria de Evo Morales en Bolivia en 2005, abrazó la teoría del populismo como vía para llegar al poder. Fue entonces cuando se acercó a las tesis de Íñigo Errejón, cuya receta se diferenciaba mucho de la protesta noglobal de los disobbedienti. “Cambiar el mundo sin tomar el poder” frente al “populismo-hegemonia-Estado”, comentan en Podemos.

La recuperación de un perfil de activista parecido al del G8, significa volver a la época anterior a Podemos: “El Pablo anterior a Podemos no tiene nada que ver ideológicamente con Podemos”. Pero esa vuelta atrás para algunos es incompleta. Muchos entienden que Iglesias "sigue pensando en clave autobiográfica", que no ha hecho autocrítica de la etapa institucional y se niega a hablar de “fracaso de ciclo”. De hecho, en la entrevista de La Stampa Iglesias reivindica su trabajo para evitar pactos del PSOE con el PP, y su acercamiento con los nacionalistas.

Los más críticos con su liderazgo después del Congreso de Vistalegre (II), afirman: “Se cree el Iglesias que escribió la tesis doctoral sobre el movimiento italiano y no el de la realpolitik que hundió la izquierda en España. Solo él se lo cree este cambio". Tal vez exista en el exlíder un "sentimiento de fracaso", agregan, a la vez que sostienen que es "algo pueril" volver al pasado sin asumir los errores de aquel movimiento. El tipo de protesta violenta fue su condena, y "la idea de la lucha posnacional en lo teórico quedó muy cojo", reflexionan en el partido morado.

Bandera republicana y tuta bianca

Posiblemente, detrás también se halle una reflexión sobre el poder y su ejercicio. La vía líquida errejonista, posideológica y populista, que Iglesias abrazó (aunque sin su amigo, víctima de las purgas y artífices de unas cuantas conjuras) permitió, en efecto, llegar al Gobierno. Pero Podemos se convirtió en muleta del PSOE de Sánchez, de quien Iglesias nunca ha tenido aprecio personal y político.

Desde la sala de máquinas, Iglesias concluyó: "Dueños de bancos y grandes empresas tienen más poder que yo y nadie les votó". De momento, ha trascendido el fichaje de Iglesias como investigador a tiempo parcial para la UOC en un grupo sobre discurso político en redes sociales. Cobrará 8.400 euros anuales y renunciará a la indemnización por la vicepresidencia que desempeñó durante un año y medio.

Cuando Iglesias entró en el despacho de la vicepresidencia, se llevó la fotografía de Carlo Giuliani, el manifestante que falleció durante las protestas de Génova. En ese trágico 20 de julio de 2001, Iglesias entró en prime time televisivo en TeleMadrid para comentar la situación que vivían los manifestantes y denunciar los excesos policiales. Con sus amigos bromeaba: “Cuando muera, poned en mi tumba una bandera republicana y una tuta bianca”.

Aunque en esa época rebelde, entre Bolonia y Génova, también hay muchos momentos de alegría bajo el cielo italiano. Los que estuvieron con él recuerdan al madrileño con coletas pero sin barba que, tocando la guitarra y cantando canciones de Krahe, buscaba la complicidad de las chicas activistas, logrando a menudo su objetivo. Ese Iglesias “anterior a Podemos” parece haber vuelto ahora para que proyecte la nueva imagen del exlíder morado en una nueva etapa que sus afines aseguran que se anunciará “pronto”.