España

Los exiliados forzosos de ETA: "Ser víctima no prescribe"

Más de 150.000 personas salieron del País Vasco y Navarra entre 1980 y 2010. Muchos de ellos han decidido no volver jamás

Mural en apoyo a ETA.
Mural en apoyo a ETA. EFE

En 1977, Maite Araluce se fue de San Sebastián con tan solo 15 años. Junto con su madre y sus ocho hermanos, puso rumbo hacia a la capital española para empezar un nuevo curso escolar. Allí iniciaba una nueva vida, con nuevos amigos y un nuevo colegio. “Sé que aparecí en Madrid pero no recuerdo ni cómo fuimos ni cómo hicimos el traslado”. ETA había matado un año antes a su padre, presidente de la Diputación de Guipúzcoa por aquel entonces, a tres guardias civiles y al chófer del primero.

La historia de Araluce, elegida este sábado 5 de mayo como nueva presidenta de la Asociación Víctimas del Terrorismo, es una más de las más de 157.000 personas que se vieron obligadas a dejar el País Vasco y Navarra por el miedo sembrado por la banda terrorista entre 1980 y 2000, según un estudio del BBVA. Ahora que la banda ha decidido desaparecer para siempre, muchas de ellas no piensan en volver.

Araluce no volvió a pisar la tierra donde nació hasta 1984, cuando se casó con un granadino en San Sebastián: “Quería que mi padre participase de algún modo, le llevé el ramo al cementerio”, afirma. Ante el anuncio de disolución de la banda, lo tiene claro: “Ser víctima no prescribe”. Ahora vive en la ciudad de su marido, donde se dedica por completo a la asociación.

19 años fuera de casa

Carlos Fernández de Casadevante lleva 19 años viviendo en Madrid. Profesor de Derecho Público Internacional en la Universidad del País Vasco hasta 1998, tuvo que refugiarse en la recién creada Universidad Rey Juan Carlos. “Me ayudó el entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, y el catedrático José Iturmendi”. Casadevante se vino solo, dejando a su familia atrás. “Mi mujer todavía está allí. En aquel momento tenía cinco hijos, de entre dos y 14 años, y no era posible movernos todos. Una familia no es como una tienda de campaña”, explica en conversación con este periódico. Durante todos estos años su familia no se ha roto, “sólo que nos dimos cuenta de que no podíamos vivir juntos”. Ahora que sus hijos han crecido, alguno ha decidido estudiar en la capital. Las idas y venidas para ver a la familia se han hecho más fáciles.

A este profesor lo llamaban “carcelero, colonialista, español”. En su muñeca lucía un lazo azul, algo que en el País Vasco te ponía en el punto de mira de los ataques. “A mi despacho llegaban fotos mías con una diana encima, anónimos amenazantes e incluso un explosivo con los cables desenchufados. Para él, el anuncio de ETA no “significa nada porque llega muy tarde. No sirve para los desterrados, ni para los extorsionados, ni para los secuestrados, asesinados ni mutilados. Sólo sirve para calmar algunas conciencias”.

Comer en familia los domingos, una rutina peligrosa

Joseba Pagazaurtundúa fue asesinado cuando su hermana Maite era concejal socialista en Urnieta. Activista contra el terrorismo vasco desde los inicios de ¡Basta Ya!, su familia ha tenido que exiliarse dos veces. “Desplazamientos forzosos” los llama ella. La primera de su Hernani natal, “uno de los ecosistemas más perfectos que tuvo ETA en reclutamiento, adoctrinamiento y amedrentamiento”, según sus palabras. Tanto ella y su marido como sus padres se mudaron a San Sebastián, a un barrio cercano a la comisaría de Policía. La rutina de comer todos los domingos en familia era demasiado peligrosa como para mantenerla en su localidad.

La segunda vez que se trasladaron ya lo hicieron fuera de Euskadi. En 2007, teniendo niñas pequeñas se marcharon a Logroño, un entorno más benévolo para criar a las pequeñas. “Hemos tenido que malvender los pisos para poder estar juntos”, explica. No tienen pensado volver porque “burocrática, social, laboral y económicamente es muy complicado desplazarse de un lugar a otro”.

"Es como si tu hermano hubiese muerto de cáncer"

La presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite), Consuelo Ordóñez, nunca quiso irse de San Sebastián. “Por qué me iba a tener que ir de aquí”, se sigue preguntando a pesar de sufrir el “terrorismo sistemático y selectivo” del que fue víctima mortal su hermano en 1995. En su día a día se acostumbró a las malas miradas, a las pintadas en su casa, a las agresiones cuando salía por la noche. “Me han abierto la cabeza dos veces, una de un botellazo”. Recuerda la soledad de las primeras concentraciones contra la banda terrorista a las que acudía, donde eran apedreados sistemáticamente: “Tus amigos lo sienten mucho pero es como si tu hermano se hubiese muerto de cáncer”, afirma.

Luchadora incansable, en 2003 decidió marcharse a un pueblo de Valencia donde estaban sus padres, entonces ya jubilados. Pero no lo hizo por miedo, a pesar de recibir un ataque con cócteles molotov en su casa. Lo hizo para poder comer. Al dedicarse a una profesión liberal (es procuradora) nadie la contrataba. “No sabes lo que nos cuesta que firmen un poder en favor tuyo”, le decían sus compañeros. “Nadie se preocupó por mí”.

La vuelta a casa

La última historia de este relato no tiene el mismo final que las que la acompañan. Manuel Montero fue rector de la Universidad del País Vasco entre el 2000 y 2004. Los insultos, los panfletos en su contra y las dianas sobre su rostro impreso formaban parte de su rutina semanal. Coincidiendo con el atentado de la T4 en Barajas “llegó un momento en el que decidí que lo mejor era marcharme”, afirma. Se refugió en Granada, donde la universidad de la ciudad nazarí lo acogió para que siguiese impartiendo Historia Contemporánea. Allí se fue con su familia. “Cuando te vas no sabes cómo va a ser. Tienes el corazón en un puño”, afirma. Lo recuerda todo como algo “realmente duro”.

Al contrario que el resto de relatos, la voz de Montero ha podido volver a su ciudad 14 años después. Lo hizo el pasado diciembre, antes de que se hiciese pública la intención de ETA de disolverse definitivamente después de cinco décadas de terror.



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