Borradas. Excluidas. Olvidadas. Una tras otra, estas palabras se repiten en la boca de distintas personas que dicen sentirse expulsadas de Cataluña por una cuestión idiomática. “Aquí no haces nada apellidándote Pérez, Gómez o López”, asevera con rotundidad la escritora catalana Concha García tras toda una vida dedicada a la poesía en español. Tras seis décadas viviendo en Barcelona, ya no ve futuro en su tierra. Ahora se plantea irse por el mismo camino que otros de su gremio han tomado en los últimos años por el enfrentamiento artificial entre dos lenguas hermanas y cooficiales.

Concha García nació en Córdoba (1957), en el pequeño municipio de La Rambla. “Como tantístimos andaluces en la década de los 60”, marchó con su familia a Cataluña en busca de un futuro difícil de encontrar en su tierra, con la que “afortunadamente” García ha mantenido el vínculo. Se considera barcelonesa y no escatima en piropos dedicados a la ciudad condal que conoció. “Yo amo Barcelona, pero ha cambiado mucho en los últimos años”, explica, porque ha dejado de ser “esa ciudad abierta y europea” en la que “no había problema con la lengua en la que hablaras”, mucho menos con la escritura. 

La discriminación de las instituciones catalanas

La promoción de la literatura en español por parte de las administraciones locales catalanas es prácticamente inexistente. Tras evaluar los concursos de 285 consistorios, un estudio publicado la pasada semana por la Asamblea por la Escuela Bilingüe en Cataluña (AEB), con datos de 2020, ha concluido que siete de cada diez ayuntamientos en Cataluña excluyen el español en los premios literarios que convocan. De las cuatro capitales provinciales, solo Barcelona cuenta con premios que pueden presentarse en cualquiera de las dos lenguas oficiales.

Siete de cada diez ayuntamientos catalanes excluyen el español en los premios literarios que convocan

Para el presidente de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, David Castillo Buïls, "la literatura no tiene nada que ver con los premios públicos": "La discriminación general es contra la cultura porque tanto los progres como los de derecha radical son analfabetos... Hay que luchar por la igualdad pero en España entera·. Castellano y catalán son lenguas hermanas, sin discusión... Están marginadas y atacadas y utilizadas como arma arrojadiza", advierte Castillo: "O cambiamos o lo destrozaremos todo". Él, escritor en ambas lenguas, descarta marcharse: "No me pienso ir a ningún lado porque no creo que esas marginaciones sean relevantes más allá del interés de los que aprovechan las diferencias para el enfrentamiento".

"Si escribes en español en Cataluña, no te llaman"

La experiencia de Concha es otra. “Si escribes en español en Cataluña, no te llaman de ningún lugar, no hay posibilidad de leer en ningún pueblo, en ninguna biblioteca… Sólo llaman a quienes vienen de fuera: un argentino, una cubana, una andaluza…”, sostiene García, charnega que se siente en tierra de nadie, pese a estar en la suya. Ha sido en Barcelona donde ha escrito y pensado la mayor parte de sus versos, a los que ahora, más que nunca, le cuesta enfrentarse: “Este ninguneo afecta también a la creación porque necesitamos que se nos reconozca y hace que nos aislemos, te sientes extranjera en tu propia casa”. 

La poeta barcelonesa Concha García.

García es el ejemplo personificado de esa caída en desgracia por la causa independentista, a la que nunca ha estado adscrita. De un día a otro, sin darse cuenta, ha pasado de estar inmersa en el mundo de la cultura “a caer en el olvido”. Licenciada en Filología por la Universidad de Barcelona, durante su carrera ha organizado un sinfín de encuentros poéticos, fue pionera impulsora de la literatura femenina, escribía hasta en el Avui -en catalán-, ha traducido libros de la tierra al castellano y llegó a formar parte del jurado del Premio Ciutat de Barcelona, entre otros muchos.

"Nos borran del mapa"

Como si nada de eso hubiera ocurrido, Concha García se ha convertido en una gran desconocida en el mundo de las letras catalanas a pesar de la treintena de libros que ha publicado. Comenta con cierta pena y algo de indignación que antes de la pandemia una joven poeta catalana le preguntó que de dónde era, presuponiendo que no en Barcelona. "He vivido siempre en el barrio de Gracia", exclama: "Lo hizo sin mala intención, pero es que nos borran del mapa y la gente no nos conoce". No es una crítica ególatra, sino una cuestión de (des)humanidad: "He perdido muchas relaciones".

Concha García, prolífica escritora de poesía en español, traductora y gestora cultural, ha reducido al mínimo su actividad en los últimos tiempos. Se siente la última de una larga ristra de nombres que se han difuminado: muchos se han marchado, otros parecen haber desaparecido. Y la pandemia ha terminado de desconectar a los que mantenían el contacto. Los que quedan de sus círculos no suelen hablar mucho del tema, aunque hace la excepción con Vozpópuli: “Entre nosotros hay una especie de pacto de silencio y hace que no intercambiemos demasiadas opiniones”.

Concha García piensa en volver a Córdoba, donde se imagina "un futuro luminoso y feliz sin este problema que ensombrece a la gente"

No siempre fue así. Hubo un tiempo en el que poetas que indistintamente escribían en catalán y en español se cruzaban en las tertulias. “Unos iban a las lecturas de los otros”, explica García. Y aunque “los actos de poesía en catalán tenían público y otro los otros”,  entonces “no existía esta segregación que hay ahora”. “No nos dábamos cuenta de en qué lengua hablábamos, no percibíamos que esto iba a ser un problema en el futuro”.

Para Concha todo esto es “una gran decepción”: "Entre la pandemia y este olvido, no te llaman para nada, es una soledad muy mala, y yo me estoy planteado irme de Barcelona". Piensa en volver a las raíces. Se imagina "un futuro luminoso y feliz" en Córdoba, "organizando lecturas poéticas, escribiendo y sin este problema que ensombrece a la gente y que está enfrentando a la gente por cosas que son reales": "El problema no es una lengua, sino quién tiene dinero y quién no".

De la burguesía catalanista al exilio en Castellón

Su amiga Rosa Lentini (Barcelona, 1958) no es charnega, pero tampoco le ha hecho falta para vivir en primera persona esa misma exclusión que han compartido con multitud de escritores catalanes: habla y escribe en castellano. También poeta y fundadora de Ediciones Igitur, descendiente de una familia aburguesada que ya desde el franquismo comenzó a promover el catalanismo y no tardó en abonarse al independentismo, conoce bien los entresijos del movimiento del que reniega: “Yo siempre he apoyado las causas catalanas hasta que empezaron a no ser inclusivas… Es enfermizo”. Y ya no ve cura posible. 

La poeta y editora catalana Rosa Lentini.

Tanto García como Lentini se remontan varios lustros atrás para fijar el punto de inflexión tras el que comenzaron a cambiar las cosas en Cataluña. Tratan de hablar en términos culturales y evitan referirse directamente a la política, pero se suceden las fechas y los nombres. Coinciden con los grandes acontecimientos que han marcado el ritmo del secesionismo catalán. Y todo comenzó a estallar progresivamente hace unos 15 años.

Eran habituales los debates dicotómicos sobre el uso de la lengua en la escritura. Para Lentini, criada en una casa y un colegio donde primaba el castellano, no era fácil cambiar al catalán llegada una cierta edad. “Pues mira, si no te gusta, te vas”, llegó a decirle una vieja amiga cuando Rosa Lentini le expresó las dificultades que tenía: “Para ellos es como si estuviésemos usando un arma de guerra”.  “Ese día me sentí expulsada en mi propio espacio, me cogió totalmente desprevenida… Esa fue la primera vez y luego nos lo dijeron más veces”. 

Desde entonces, el ambiente empezó a enrarecerse cada vez más y “la palabra ‘feixista’ aparecía recurrentemente”. “No podía entender cómo alguien me podía decir fascista mientras que me obligaban a acatar sus normas… A mí, que nunca he pensado en términos de patria, porque soy una persona europeísta, piensa de una forma universal y leo en varios idiomas”.

Rosa Lentini insiste una y otra vez en la misma idea: “Lo personalizas, la sensación es que tienes es que no acabas de encajar… Como si nos aceptaran, pero que faltaba un paso y no sabías por qué”

Lentini insiste una y otra vez en la misma idea: “Lo personalizas, la sensación es que tienes es que no acabas de encajar… Como si nos aceptaran, pero que faltaba un paso y no sabías por qué”. Aquella percepción no solo se circunscribía a su ámbito profesional, sino que ocupaba todos los espacios de su vida, incluida su casa, que durante tres décadas estuvo en el municipio de Montblanc. Tenía la impresión de que incluso los vecinos trataban de evitarla y la rehuían cuando ella se asomaba en la terraza. “Notas que pasa algo, pero no lo entiendes”, comenta: “Yo tenía hasta miedo, miedo de que me señalaran la puerta como señalaban las de los judíos”.

Pasaron años hasta que Rosa Lentini comprendió que el problema no era suyo. El avance del ‘procés’ independentista hizo emerger la tensión subterránea que existía en Cataluña. “Paradójicamente, fue un alivio porque vi que no era algo que me estaba ocurriendo a mí, sino que era algo que le estaba ocurriendo a la sociedad”. Pocas semanas antes del 1-O, recuerda cruzarse por la calle con un vecino de origen andaluz que le espetaba a otro: “Yo ya no vivo feliz aquí, todo ha cambiado, y yo no soy así”. Algo similar le comentó una amiga que se había marchado 10 años años antes. “Yo me fui porque no era feliz”, le dijo a Lentini. Al escuchar aquello, cayó en la cuenta: tenía que marcharse.

El ascenso de los independentistas

Lentini ha ido recomponiendo su memoria con recuerdos como piezas de un puzzle que por fin encajan. Cuando en el colegio se comentaba que la familia Ponsatí estaba haciendo muchas cosas por el país o una amiga le dijo que su hermano trabajaba “para hacer grande Cataluña”. “Esto es algo que se ha ido gestando durante mucho tiempo”, puntualiza antes de relatar lo que para ella marcó el punto de inflexión. Fue tras el despido de José Luis Giménez-Frontín, fundador de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña y director artístico de La Pedrera, puesto del que fue apartado dos años antes de jubilarse: “Eso a él le hizo mucho daño”. 

“Yo fui a verle a su casa, porque vivíamos cerca, y ese día había un partido de fútbol del Barcelona con el Madrid, y se aprovechó aquello para hacer una manifestación por la Diagonal”, relata la escritora: “Se asomó por la ventaja y señaló y me dijo ‘ya verás lo que va a pasar, mira bien lo que te digo… Nunca te lo van a perdonar y te vas a acordar de esto’. [...] Yo entonces no sabía muy bien lo que estaba ocurriendo”. Ahora entiende: “Eso ocurrió sobre 2005, y estaba pasando en muchos puestos intermedios de responsabilidad de las administraciones públicas catalanas, donde colocaron a independentistas”. Poco tiempo después, Giménez-Fortín enfermó y falleció de cáncer.

“Yo conozco a mucha gente que ha enfermado por esta situación”, sostiene Lentini. Ella misma sufrió. “Llegué a tener problemas de ansiedad y hasta dolores físicos, de espalda, muy fuertes”. En torno a los meses del referéndum independentista, Rosa Lentini vio agravarse sus achaques y tomó la determinación de marcharse de Montblanc. Poco después del 1-O comenzó a buscar piso en Castellón: “Le dije a mi marido que nos íbamos, pero que nos íbamos ya, y él me secundó”. A las pocas horas de llegar a su nueva casa en la Comunidad Valenciana, Lentini comenzó a respirar sin ahogos y sanó de sus dolores de espalda.

El español que puso Barcelona en el mundo

Ese hombre que acompañó a Lentini en su exilio interior es Ricardo Cano Gaviria (Colombia, 1946). Este escritor español de origen colombiano ha pasado la mayor parte de su vida en Barcelona: “Puedo decir que es mi ciudad… Precisamente por eso considero que lo que está ocurriendo ahora es realmente triste”. Él llegó de Medellín con 20 años fascinado por la cultura española. “España se vivía tan cerca que yo no pensaba que hubiera un océano de por medio”, dice Cano, que conoció Barcelona a través de las novelas, especialmente por un clásico de la literatura española: ‘Últimas tardes con Teresa’, de Juan Marsé.

El icónico protagonista de la afamada novela de Marsé, un charnego apodado Pijoaparte, no habría sido el mismo en la Cataluña actual: “Era una persona inculta que vivía una situación de marginalidad” y aquella obsesión por conquistar a muchachas de clase alta “la habría convertido en una dosis de rabia”: “Sería una persona abocada al rencor y a la destrucción, porque no tendría otro destino que la anulación total, se habría convertido en un grado 0”. 

El escritor de origen colombiano Ricardo Cano Gaviria.

La literatura acercó España a Ricardo Cano Gaviria y gracias a la palabra pudo emprender una nueva vida que le ha permitido desarrollarse como escritor y editor junto a Lentini en Igitur, y codearse con los más grandes de la escritura hispanoamericana: Gabriel García Márquez, Vargas Llosa… “La lengua española fue para mí la vía para descubrir Barcelona”, enfatiza: “La literatura catalana en español ha sido un vehículo de primer orden para que Cataluña y su capital se conocieran en el mundo, y yo soy una muestra antropológica de que eso es una verdad científica”. 

El independentismo quijotesco

Entusiasmado como cuando llegó a España “en un estado de fascinación constante”, Ricardo se extiende al hablar del Quijote y la Barcelona que Cervantes plasmó como “capital de la edición en español” en ese capítulo en el que Alonso Quijano visita una imprenta “para conocer el arte de imprimir de los catalanes”. Cano pudo conocer aquel antiguo edificio de Seix Barral “cuando todavía había censura”. Pese al franquismo, podía estar “a sus anchas” y recuerda la cálida acogida y el interés que suscitaba su origen sudamericano “en un contexto de complicidad”. 

Cano Gaviria, que ha vivido el proceso independentista al lado de Lentini, opina que el secesionismo ha supuesto “la destrucción de todos los lazos de complicidad política” entre Cataluña y los países hispanohablantes. Cree que esa ruptura comenzó con el pujolismo en los 80 y ha ido en aumento, mientras él -como otros- incrementaba su interés por la literatura en catalán, cultivado “muy tempranamente”. Desde su exilio en Castellón, también se muestra decepcionado con la sucesión de acontecimientos, aunque alberga esperanza.

“Se avecina el tiempo en que toda nacionalidad desaparecerá, la patria será entonces un arqueologismo como la tribu”, secunda, parafraseando a Flaubert en sus diarios del viaje que realizó por Egipto en 1850. El escritor colombiano aplica la cita al caso catalán: “España está desapareciendo sola… ¿Por qué emprender ahora una guerra contra España?”. “Es quijotesco”, responde él mismo: “El proceso europeo va hacia la reducción… Hace cinco siglos había 5000 unidades políticas en Europa y ya son menos de 30, y el mismo Walter Benjamin decía que Barcelona era la ciudad que más se parecía a Europa. ¿Cómo es posible que en el sitio más culto de España, Cataluña, los políticos no sepan esto?".