Carles Puigdemont Casamajó nació en Amer (La Selva), provincia de Gerona, el 29 de diciembre de 1962. Es hijo de Xavier (ya fallecido) y Núria, reconocidos profesionales de la repostería y la pastelería en la localidad. Su familia materna procede de Jaén y Almería. Es el segundo de ocho hermanos: las familias numerosas eran muy comunes en España en la época en que él nació.

Pocas veces ha tenido tanta importancia la educación en la formación de una persona. Hasta más o menos los doce años (tercer curso de lo que entonces se llamaba EGB) Carles Puigdemont estudió en el colegio público de su pueblo, Amer. Hasta ahí, todo bien: era un chico muy despierto, inquieto, algo fantasioso y al que no le interesaba en absoluto la pastelería… salvo como consumidor, porque siempre ha sido un redomado goloso.

Pero a esa edad, doce años, los padres decidieron cambiarle de colegio. Lo metieron cinco años en un monasterio, que se dice pronto: el santuario de Santa Maria del Collell, que recuerda claramente al Hogwarts de Harry Potter. Los profesores, tanto religiosos como seglares, no enseñaban solamente humanidades o literatura o física o religión. Como sucedía por la misma época en el País Vasco, una asignatura que no estaba en el plan de estudios, pero que se aprendía constantemente, era el amor a la Patria, en este caso a la catalana. Los amigos de aquella época recuerdan que el adolescente Carles Puigdemont salió de aquel beaterio claramente cambiado. Y también bastante pesadito (por decirlo suavemente). Su aspecto era el del típico empollón, el primero de la clase (hoy se les llama nerds), con las gafas de pasta irrompibles que llevaba desde niño. Pero se había vuelto serio como un profeta. Los compañeros y amigos le hablaban como es natural, de lo más importante que existe a esa edad: las chicas, el sexo, esas cosas. Pero se cansaban pronto de él porque Carles, en cuanto podía, cambiaba de tema y se ponía a hablar de la independencia. Claro, le dejaban solo.

Esa ha sido una constante en su vida: Puigdemont ha sido siempre hombre de muy pocos amigos, en el sentido literal de la expresión. No es que tenga mal carácter; es divertido, aunque son conocidos sus tremendos 'prontos' cuando se le lleva la contraria. Es que, sencillamente, siempre ha tenido pocos amigos. La introspección aprendida en el convento junto con el cristianismo (es creyente) le hace no temer a la soledad y cultivar la santa virtud de la desconfianza, tan necesaria siempre en un político.

Empezó Humanidades y Filología catalana, pero no terminó los estudios porque fue infectado, desde la post-adolescencia, por el virus del periodismo, enfermedad crónica que suele llevar a quienes de ella se contagian a la mala vida, los bares de copas, el tabaco y las ruedas de prensa. A los veinte años ya redactaba Puigdemont inflamadas crónicas… de fútbol. Escribía bien: había leído mucho y eso siempre se nota. Y hablaba idiomas: hoy son cinco, incluido el rumano, que aprendió con su actual esposa, Marcela Topor. Trabajó en varios medios: Los Sitios, de Gerona; la revista Presencia y el diario El Punt, donde alcanzó las tres barras doradas con ribetes rojos que le calificaban como redactor jefe. Acabaría siendo director general de Catalonia Today, que, contra lo que pudiera suponerse, no tiene nada que ver, al menos en principio, con El Mundo Today: el de Puigdi, como le llaman (pronúnciese puchi) era un diario catalán en inglés opíparamente subvencionado por la Generalitat, en su apostólico afán de convencer al ignorante mundo de que Catalonia is not Spain.

También cumplió con el ancestral tópico periodístico-cinematográfico y se enrolló con una compañera de trabajo, de nombre Elianne, becaria. Duraron cinco años. Ella corrobora lo de los prontos, lo de su tendencia a las reacciones fulminantes después de periodos de aparente inmovilidad, su propensión a hacer de todo algo trascendental y sobre todo lo pesadín que se ponía con lo de la Patria oprimida y la independencia y la libertad de los catalanes esclavizados y todo aquel runrún. Siempre ha tenido Puigdemont lo que podríamos llamar un carácter algo operístico. Y eso que lo que de verdad le gusta es el rock: fue bajista del grupo Zenit y tenía todos los discos de Pink Floyd.

Lo mismo que otro “bala perdida” (pero este luego se serenó), Mariano Rajoy, Puigdemont tuvo un serio accidente de tráfico: se empotró contra un camión parado en medio de la niebla. Aquello le dejó secuelas y cicatrices que duran hasta hoy. Tenía veintiún años. Hay quien asegura de aquel “segundo nacimiento” (y quizá también del rockerío) procede su tradicional desaliño indumentario, del que solo se aprecia ahora el cabello montuno y desgalichado, indócil al peine y a las buenas costumbres.

La Patria por encima de todo

En política empezó de chaval, como casi todos los políticos. Vio la luz de la libertad, de la decencia y de la honestidad en un mitin de Jordi Pujol, en 1980. Se apuntó, pues, a Convergencia Democrática de Cataluña (CDC), que era un partido de derechas, pero eso a Puigdemont le importaba poco: para él, desde que salió de aquel cenobio en que lo catequizaron, estaba claro que por encima de las ideologías y de los intereses, de las izquierdas y de las derechas, de la riqueza y de la pobreza, de la salud y de la enfermedad, estaba la Patria, es decir la independencia, fuente de toda bondad y curación de todos los males. Él mismo ha reconocido ese dogma vital varias veces.

Hizo carrera, como es bien sabido. El trayecto fue más o menos el de siempre: dirigió un centro cultural, fue concejal en el Ayuntamiento de Gerona, después diputado autonómico, luego alcalde de la capital gerundense. Su mentor, o al menos el más notorio de ellos, fue Artur Mas, a su vez delfín de Pujol. Puigdemont fue una de las personas decisivas cuando el chapapote de la corrupción llegaba ya a la cintura de los convergentes (estamos en 2015) y había que hacer lo que tan sabiamente prescribió Giuseppe Tomasi di Lampedusa: crear otra cosa que pareciera distinta para que todo continuase igual. Así nació, en 2016, el Partido Demócrata Europeo Catalán, el PDeCAT. Sería la primera de varias formaciones políticas más o menos sucesivas, más o menos convivientes, más o menos rivales, en las que participaría Puigdemont.

Cuando, en los primeros años de la segunda década de este siglo, Artur Mas sucedió a Jordi Pujol al frente del nacionalismo conservador catalán y decidió pisar el acelerador del secesionismo para evitar la ruina y el descrédito de muchísima gente, enfangada por la corrupción, Puigdemont vio el cielo abierto. Pero ni siquiera él imaginaba que, en las elecciones autonómicas de 2015, la siempre imprevisible CUP había de negar a Artur Mas su indispensable apoyo para ser reelegido presidente de la Generalitat catalana. Siguiendo la sabia máxima de “antes morir que perder la vida”, Mas designó a Puigdemont como candidato a reemplazarle, porque pensaba que aquel chico un poco loco, bastante romántico, tremendamente obsesivo y políticamente poco notorio (salvo por los pelos) sería fácil de manejar; y que él, Mas, seguiría siendo la mano que meciese la cuna del Palau de Sant Jordi.

No fue así. Puigdi se sintió inmediatamente la figura protagonista del cuadro La libertad guiando al pueblo, de Eugene Delacroix. Era el papel de su vida. Se empeñó, contra toda ley y toda evidencia, en convocar un referéndum de autodeterminación. Amagó varias veces. Aquella parodia de consulta popular, que no tuvo el menor rigor ni estadístico ni representativo ni legal, se acabó celebrando el 1 de octubre de 2017, en medio del ridículo del Gobierno de Mariano Rajoy, que había sido burlado, y en medio de algunos incidentes de orden público que fueron presentados por los secesionistas casi como la matanza de Tiananmen o el genocidio del pueblo armenio.

Así se llegó a los surrealistas días de octubre de 2017. Tras el trampantojo del referéndum ilegal, Artur Mas pidió a su sucesor que fuese prudente y convocase elecciones autonómicas. Casi lo convence. Esto se supo en la calle y se alzaron gritos de “Puigdemont, traidor”. Eso era más de lo que puede soportar un héroe típico de Verdi y el presidente de la Generalitat, funcionario del Estado español al fin y al cabo, proclamó el 10 de octubre ­–en medio de repetidos cánticos de Els segadors, exhibición de gloriosas banderas invictas y ausencia de los diputados de la oposición– la independencia unilateral de la “república catalana”. Pero ocho segundos después, exactamente ocho segundos, el propio Libertador determinó la suspensión de aquella independencia, para magnánimamente “iniciar el diálogo” con las maléficas tropas invasoras que llevaban ocupando Cataluña desde el Paleolítico Superior.

El Gobierno de España reaccionó aplicando el artículo 155 de la Constitución, es decir suspendiendo la autonomía de Cataluña, y Carles Puigdemont, para evitar que lo detuviesen (algo que estuvo a punto de suceder y que tenían previsto los Mossos d’Esquadra), huyó de España indignamente escondido en la parte de atrás de un coche, como si fuese un baúl.

Dio varios tumbos por Europa, siempre dos pasos por delante de la Justicia española (que, por su propia torpeza, le perseguía pero no le alcanzaba) y, al cabo, se instaló en una mansión de la ciudad belga de Waterloo, escenario de la derrota final de Napoleón Bonaparte. El fugitivo se consideraba “exiliado” y trató repetidas veces de llamar la atención de las naciones del mundo sobre la iniquidad que se había abatido sobre él. Apenas nadie le hizo caso. Tuvo que escapar de Finlandia, a donde había viajado, porque la justicia europea le buscaba. Su trabajo ya no era presidir nada: era estarse quieto y existir, sobrevivir, convertirse en símbolo, mientras jueces y fiscales de varios países debatían interminablemente sobre su situación jurídica. Fue elegido diputado al Parlamento Europeo en las elecciones de 2019 (con el acuerdo del Tribunal Constitucional), lo cual le otorga inmunidad parlamentaria. Ahora parece (una vez más) que la Comisión de Asuntos Jurídicos de la Eurocámara avala levantarle esa inmunidad. Y Puigdemont, que se está pasando de moda, que lleva demasiado tiempo allí quieto, sin moverse, y que empieza a parecer un personaje de otro tiempo, no las tiene todas consigo. Cierta razón no le falta.

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El picozapato (Balaeniceps rex) es un pájaro alto, gris y despeinado. Está levemente emparentado con los pelícanos, pero eso es algo que le preocupa poco. Lo que más le inquieta (o debería inquietarle) es que está dejando de existir. Su futuro es muy difícil. Es un ave antiquísima, una de las más directas descendientes de los dinosaurios, y habita en la zona de grandes lagos y ríos que va, en África, más o menos desde Malawi a las fuentes del Nilo. Quedan poquísimos.

Es un pajarón solitario y de extraño carácter. Su voz se parece mucho a un gemido lastimero. Es de suponer que en otros tiempos, sin duda mejores, fue sociable, pero ahora es un avechucho solemne, pagado de sí mismo, que permanece recluido (por su mala cabeza) en la desolada e inaccesible marisma, inmóvil como una gárgola, a veces durante horas enteras; y que de pronto tiene un arrebato y lanza un rápido picotazo aquí o allá, tratando de capturar un insecto o un batracio que se le pongan por delante. A veces lo consigue. A veces no.

Quizá por su extrema escasez o por su carácter gemebundo, atrabiliario y depresivo, que le lleva al retiro de la vida mundana, el picozapato –tan difícil de ver– ha sido incluido en ciertas ocasiones (con la mejor intención) en el catálogo de animales inventados o imaginarios, como el yeti, el bigfoot, el grifo o el clásico gamusino. Pero no, no: todavía está ahí, aunque parezca imposible y aunque nadie, en realidad, sepa ya para qué.

Cualquier día se extinguirá y ni nos daremos cuenta. En fin.