Antonio Garamendi Lecanda nació en Guecho, Vizcaya, el 8 de febrero de 1958 (magnífico año). El hoy presidente de la CEOE lleva la actividad empresarial en las venas: los Garamendi son empresarios desde hace cuatro generaciones, y su padre, Rafael Garamendi Aldecoa, fue presidente de la Compañía Marítima del Nervión: el negocio de la familia desde 1907 hasta su quiebra y desaparición en 1986. Estamos hablando de la “aristocracia de Neguri”, la clase alta por excelencia del País Vasco.

Antonio Garamendi es un moderado. Monárquico y demócrata, ha sido siempre moderadamente ambicioso, moderadamente conservador, moderadamente pragmático. Incluso es un padre “moderado”: solo tiene tres hijos, cuando lo usual en su entorno son las familias numerosas. Pero disfruta de un envidiable sentido del humor y de un rasgo de su personalidad muy acusado: le encanta la música. Toca estupendamente el piano, lo cual agrega a su forma de ser una pincelada sentimental que, en el escualo mundo de la alta empresa, no todos tienen ni muchísimo menos. Hoy cuesta trabajo imaginarse al presidente de los empresarios españoles sentado a los teclados (los primeros sintetizadores: unos Yamaha que, aunque parezca increíble, todavía funcionan) de la banda de pop-rock de la que formó parte en los años 70/80, y que se llamaba Bakeder. Según su hijo Antonio, también músico, Garamendi era un chalao de la new wave, de Jean Michel Jarre y por ahí seguido. Quiere esto decir que no nació con la corbata puesta. Hoy sigue tocando cada vez que puede.

Estaba casi genéticamente predispuesto a la empresa, pero estudió Derecho en la universidad de Deusto. Hay que pensar que por imperativo familiar, porque Antonio Garamendi empezó a montar empresas y a organizar empresarios desde que era un muchacho. Primero fue el presidente fundador de la asociación de los jóvenes empresarios vascos; luego lo eligieron presidente de la Confederación Española y más tarde de la Iberoamericana, con lo cual había pocas dudas sobre su vocación y sobre hacia dónde iba su carrera.

Lo que no ha sido nunca es una prima donna, cosa que sí han sido muchos de sus predecesores en la CEOE. La fama y los titulares nunca le interesaron demasiado. Se casó con María Acha Satrústegui, lo cual le emparentó con otras buenas familias y hasta con cierta aristocracia hoy poco refulgente (es tío de la actual duquesa de Feria). Pero hasta hace bien pocos años, si uno buscaba en Google “Antonio Garamendi” el primero que salía era su hijo Antonio, músico profesional y compositor de éxito. No el padre.

Sería muy enojoso para el lector anotar aquí todas las empresas que ha dirigido, en las que ha participado o de las que ha sido consejero o directivo Antonio Garamendi. Son demasiadas. Babcock & Wilcox España, ingeniería y energía. Bankoa S. A., seguros. Red Eléctrica de España, otra vez energía. Tubos Reunidos, lo mismo que su padre. Grupo Negocios de Ediciones, prensa. Entel Ibai, electrónica. Confemetal, la misma palabra lo dice. Pero la trayectoria de Garamendi muestra una clara propensión al mundo de la organización empresarial y de la energía: fue presidente de la Comisión de Energía de la CEOE. Y le ha quedado tiempo para presidir la Fundación AYUDARE, que se dedica a abrir pozos de agua potable en Etiopía, para asesorar a la cátedra de Mujer, Empresa y Deporte en la universidad católica de Murcia y para ser patrono del museo Guggenheim de Bilbao. Y para el piano, claro. Todo eso entre muchas cosas más.

La primera vez que dirigió una formación verdaderamente importante (aparte de la banda Bakeder, por supuesto) fue en 2014, cuando lo eligieron presidente de la CEPYME, la confederación de pequeñas y medianas empresas. Desde ahí intentó saltar a la CEOE, pero le venció Juan Rosell… por 33 votos. Cinco años después, a finales de 2018, Rosell se retiraba y Garamendi llegó a la presidencia de los empresarios españoles por aclamación, sin rivales.

Naturalmente, le tocó la pandemia. Garamendi se vio expuesto a una observación pública y sobre todo periodístico-política con la que nunca se ha sentido cómodo. Ha dicho o ha tenido que decir muchas cosas. Por ejemplo, que ahora no es el momento de subir el salario mínimo interprofesional. Ha peleado por la prolongación de los ERTE en la pandemia. Ha insistido en que las claves para la recuperación después de la covid-19 son el consenso, la seguridad jurídica y la visión a largo plazo. Ha criticado que en este tiempo parezca haber más gente buscando subsidios que empleo. Ha planteado al Gobierno medidas anticrisis. Ha merecido del presidente del Gobierno (al que ha criticado por los “pactos” con Bildu y por sus decretos) el calificativo de “patriota”, algo que no se había visto antes en los presidentes de la CEOE. Ha hecho todo lo posible para mantener el diálogo con los agentes sociales, singularmente los sindicatos. Ha repetido, y repetido, y repetido, que la política en España está muy radicalizada. Que le falta moderación.

Polémica a cuenta de los indultos

Precisamente de eso se ha convertido en la prueba viviente en los últimos días. Hace poco le preguntaron qué opinaba de los indultos a los presos independendistas. En el contexto político actual, esa es una pregunta que se parece a aquella que le hicieron a Cristo, sobre si era lícito pagar el tributo al César: una pregunta envenenada, una trampa porque, respondiere el empresario lo que respondiere, reo era de condenación. Garamendi pudo contestar “a la gallega” (“¿y por qué me lo pregunta?”), pero es vasco, así que contestó a la pregunta… y dijo lo que seguramente habría respondido cualquier empresario sensato: “Si esto acaba en que las cosas se normalicen, pues bienvenido sea”.

No se normalizaron, al menos con él. Le han caído más palos que a un tambor en un desfile. La derecha política, y sobre todo la extrema derecha, han considerado esa opinión punto menos que un crimen, un delito de alta traición, de lesa patria. Sobre todo viniendo de un empresario, del que ellos suponen que es de derechas, que forma parte de sus prietas filas (recias, marciales) y que se alinea invariablemente con las posiciones de la derecha más extrema. Garamendi recibió no ya críticas, sino insultos de una ferocidad inaudita, públicos y privados, generales y personales. Y no pudo con ello.

La Asamblea General de la CEOE, reunida hace unos días, se puso en pie y aplaudió larga, firme, fervorosamente a su presidente. Mostró total apoyo a su “independencia y a su sentido del Estado”. Y Garamendi, delante de todo el mundo, rompió a llorar. Eso sí que no se había visto nunca en un presidente de la CEOE. Dijo: “Han sido unos días muy malos”. Desde algún lugar de la sala llegó un grito que seguramente hará fortuna: “¡No me llores, Garibaldi, que eres vasco!”. Pero Antonio Garamendi Lecanda dejó claro ese día que los hombres sí lloran. Aunque sean vascos. Aunque sean presidentes de los empresarios. Aunque sean moderados, o precisamente por serlo.

Seguramente, algo tendrá que ver el piano con esa insólita y conmovedora reacción.

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La foca ártica, foca pía o foca de Groendandia (Pagophilus groenlandicus) es un mamífero pinnípedo de la familia de los fócidos. Habita en el Norte, en los hielos árticos. Son animales sociables y bienhumorados, que forman grandes familias y que se pasan la mayor parte de la vida en el agua.

Es un animal que bucea moderadamente bien, en comparación con otras focas que aguantan mucho más tiempo sumergidas, y a más profundidad. Se alimenta también moderadamente, porque los tipos de peces que come no son demasiado numerosos: suele respetar a los peces de importancia comercial y engorda con el krill, que de eso siempre sobra. Su vida, en términos generales, es moderadamente tranquila, porque sus principales depredadores (aparte de los humanos, que son los peores) son el oso polar, las orcas y algunos tiburones que soportan bien el frío. Pero la foca suele ser más lista que ellos, y más rápida de reflejos, con lo cual el peligro es, como casi todo en su vida, moderado.

No es posible demostrar que a la foca ártica le guste la música. Quizá sí, porque otros parientes suyos, más meridionales, han demostrado sobradamente su buen sentido del ritmo y, en algún caso, hasta de la melodía. 

Pero la foca ártica tiene una característica singular, que poseen contados bichos en la Tierra: tiene sentimientos y los demuestra. Es más, llora. Cuando las blancas crías tienen que separarse de la madre, que se va a buscar alimento y las deja solas, gimen y lloran. La madre hace lo mismo. No son lágrimas de cocodrilo o de gaviota (las gaviotas lloran para expulsar la sal del agua marina que beben), son lágrimas de verdad. Cuando la foca es perseguida, llora. Cuando está sometida a una situación de estrés severo, derrama abundantes lágrimas. 

Esto, por supuesto, conmueve a mucha gente. Pero nunca ha impedido que algunos seres humanos (algunos especialmente crueles, codiciosos o populistas) se rían de ellas, las acusen de tontas y finalmente las apaleen. Son los mismos seres humanos que luego sufren y se deprimen y entran en gimiente melancolía cuando, por ejemplo, Pablito (nombre supuesto), su presunto amigo del alma, les dice: “Que me dejes en paz, pesao, que eres un pesao, que tú lo que quieres es robarme la cartera”. Así que “llorica manteles”, como se decía hace años, hay en muchos sitios. No solo entre las focas.