Ángel Gabilondo Pujol nació en San Sebastián el 1 de marzo de 1949. Es el quinto de los nueve hijos de Joxe Ignacio Gabilondo, propietario de una muy solicitada carnicería en el entonces prestigioso mercado de la Bretxa (hoy es un centro comercial), y de su esposa, María Luisa Pujol. En casa no faltaban proteínas y los nueve chicos salieron lucidos, tanto física como intelectualmente. A la buena forma actual de Ángel seguramente contribuyeron los noventa y dos escalones que había que subir para llegar al cuarto piso del número 5 de la calle de Churruca, donde vivía la familia; así que frases tradicionales e inocuas como “niño, baja la basura” o “me he quedado sin perejil, ¿me vas un momento a la tienda?” convirtieron la vida cotidiana en algo parecido al entrenamiento de los alpinistas.

Ángel salió listo, como todos los hermanos, y algo reservado. Su carácter fue, desde niño, serio y disciplinado, pero también apasionado. Aquel chaval que se lo leía todo, hasta los prospectos de los medicamentos, estudió en los corazonistas de San Sebastián. Nunca le dio por seguir la tradición nacionalista de la familia de su padre, pero lo de la religión sí le tocó por dentro y acabó ingresando en la congregación de los Hermanos del Sagrado Corazón. No llegó a ser sacerdote pero sí "hermano", como se llaman entre ellos. Acabó dando clase en el colegio que los corazonistas tenían en Vitoria… y luego en otros centros. Al coqueto Ángel le sentaba bien la sotana.

La tradición familiar que sí siguió Gabilondo, desde chico, fue la futbolera. Casi no le quedaba más remedio. El padre regalaba a cada hijo, el día de su primera comunión, el carné de la Real Sociedad. No había opción. Ángel le daba bien al balón, muy bien. Incluso cuando salía al campo con la sotana “arremangá” para jugar con los alumnos. Hoy sigue siendo un txuri urdin (seguidor del club donostiarra) como la copa de un pino.

Eran los tiempos del Concilio Vaticano II y el hermano Ángel Gabilondo se lanzó a la corriente progresista de la Iglesia, como la mayoría de su congregación, muchos jesuitas, los de Acción Católica y varios más. Pero aquello era complicado, fue quizá demasiado rápido y tenía, sobre todo en España, enemigos terribles; el hermano Gabilondo, al que sus alumnos adoraban porque escuchaba, se preocupaba por cada uno y “no era como los demás”, tuvo la correspondiente crisis de fe en 1979 y… dejó la congregación. Se llevó una gran experiencia docente, un amor por el saber que no haría más que crecer, un constante afán por superar las diferencias entre las personas y un disco: el del concierto por Bangladesh de George Harrison, que le regalaron sus alumnos adolescentes. Le querían mucho. Quizá eso fue lo más importante que se llevó. Cuarenta años después, sus alumnos no le han olvidado y le recuerdan con enorme cariño.

Con la pasión de siempre, con el rigor de siempre, se lanzó a estudiar Filosofía. Esa es la gran pasión de su vida: mucho más que la política, a la que entiende como una prolongación práctica de la especulación puramente metafísica. Es decir, casi un deber si uno quiere ser consecuente, que es más o menos lo mismo que pensaban los griegos y los romanos.

Toda su vida docente la hizo en el mismo sitio: la Universidad Autónoma de Madrid. Fue rápido. En 1980 era profesor colaborador. Dos años después era profesor adjunto interino de Metafísicas, Ontología y Teodicea, disciplina esta última que sin la menor duda le habrá resultado utilísima en su vida política, porque la Teodicea se ocupa, en lo esencial, de la explicación de la existencia del Mal, como dejaron muy bien dicho primero San Agustín y luego Leibniz. Entre otros. El caso es que Gabilondo fue profesor titular en 1986 y, en 2001, catedrático de Filosofía. Al año siguiente lo eligieron rector de la Autónoma. Lo reeligieron en 2006 y poco más tarde le hicieron presidente de la Conferencia de Rectores de las universidades españolas, que agrupa a 76 instituciones, entre públicas y privadas.

Gabilondo y la política

Ángel Gabilondo no entró en la política como todo el mundo, que te apuntas al partido de chaval, luego eres concejal de tu pueblo, luego vas trepando por el aparato interno y así hasta donde llegues. Gabilondo no tiene carné del PSOE y pasó directamente de sus clases de Metafísica, Hermenéutica, Teorías de la Retórica y de Pensamiento Francés Contemporáneo (que se dice pronto) al Consejo de Ministros. El presidente Zapatero le convenció para que ocupase la cartera de Educación en 2009.

Gabilondo es, en la política española actual, un anacronismo. Hay que remontarse al Paleolítico de la Transición española (periodo preladroniense) para encontrar a un político que haya sido número uno de su promoción, premio extraordinario de fin de carrera y profesor de reconocido prestigio. Los tres últimos ejemplos de alguien de semejante calibre, al menos en la primera línea de la política, fueron Manuel Fraga, Enrique Tierno Galván y Leopoldo Calvo-Sotelo. Lo que vino después, como todos podemos ver, no son más que medianías intelectuales, unos más y otros menos. Gabilondo añade a su formidable formación su condición de catedrático, de rector universitario, su dominio de los idiomas, incluido el alemán (estudió a Hegel en Bremen y Bochum) y una docena y media de libros, la mayoría bastante gordos. Algunos son muy especializados, como los que escribió sobre Dilthey, Foucault y la ontología del presente, y otros de uso cotidiano y reflexiones a pie de actualidad: quien quiera conocer a Gabilondo no tiene más que leer El salto del Ángel. Palabras para comprenderse (así se llama su blog) o Puntos suspensivos.

Gabilondo añade a su formidable formación su condición de catedrático, de rector universitario, su dominio de los idiomas, incluido el alemán (estudió a Hegel en Bremen y Bochum) y una docena y media de libros

Casado y descasado, con dos hijos y hoy pareja de Carmen, también profesora en la Autónoma, Ángel Gabilondo tiene en su vida un enorme fracaso. En su etapa de ministro estuvo a punto, pero es que a punto, de conseguir lo que en España no ha conseguido nadie: un gran pacto de Estado para la Educación que la pusiese a salvo de los constantes bandazos de la política. Casi lo consigue. Pero en el último momento, el PP dijo que no: los estrategas del partido consideraron que aquel milagro mil veces intentado y nunca conseguido podría beneficiar al PSOE, y prefirieron dejar las cosas como estaban. Y como están. Hechas un desastre.

Este hombre de conversación apasionante y de cautivador trato personal (quien lo probó lo sabe), que es político en el sentido aristotélico del término, pero que de ninguna manera es “un político” como hay tantos en el serpentario, ya perdió las elecciones a la Comunidad de Madrid en 2015. Quedó segundo. Pero es un tipo apasionado y fiel a sus compromisos, y, en vez de volverse a la Universidad, como habría hecho cualquier persona sensata, permaneció como diputado. No hay forma de saber quién ni, sobre todo, cómo lo han convencido para repetir candidatura a lo mismo el próximo 4 de mayo, cuando los madrileños deberán optar, entre otros, por un sabio como él o por una persona de la profundidad intelectual de la candidata del PP, Díaz Ayuso. El creador de un eslogan tan ingenioso como “Yes, we Kant” (pero para entenderlo hay que tener noticia de quién fue Kant; y no todos, ¿eeh? No todos ni mucho menos) tiene posibilidades, cómo no.

Pero no es bueno en los mítines, no puede serlo; no busca la confrontación sino el entendimiento y la concordia, lo cual es justo lo contrario de lo que hacen, con espléndidos resultados, los demás; no entiende la política como un espectáculo ni como una pelea de gallos, sino como un servicio público. No grita, no se enfada y (esto es lo peor de todo) no miente, porque no comparte lo que dijo Cioran, que la mentira es una forma de talento. Esto es lo que piensan casi todos sus rivales, aunque no sepan quién fue Cioran.

Así pues, hay quien piensa, no sin lógica, que Sánchez (si es que fue él) convenció a Gabilondo para que volviese a presentarse a las elecciones… con la esperanza de que pierda y así poder cargárselo al día siguiente. Porque Gabilondo no pertenece a ninguna familia, cofradía, corriente, covachuela, lobby, facción, camarilla, cáfila, corro de brujas o escuadrón nocturno de los que tanto abundan en su partido (como en los demás); no apoya a nadie ni dobla la testuz ante nadie para agradecer apoyos. Y eso no se perdona. Sánchez, que tiene una licenciatura en Económicas y muy poquito más, y cuyas obras completas apenas superan el grosor de un teléfono móvil, teme a Gabilondo, y con razón. El PSOE ya tuvo en sus filas a un sabio, Enrique Tierno, y quedó curado de espantos para los restos, porque los sabios van siempre por libre. Y en los partidos políticos eso es un delito que se castiga, lo mismo que en Grecia, con el ostracismo. O con la invitación al suicidio, como pasó con Sócrates. Pero mejor no dar ideas…

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La lechuza común o lechuza de campanario (tyto alba) es, aunque parezca mentira, una de las aves más comunes del mundo: salvo en los polos y en los desiertos, está en todas partes. Su calificativo “de campanario” obedece a que se adapta muy bien a la actividad humana y suele anidar en desvanes, graneros o campanarios, no necesariamente de iglesias de los Hermanos Corazonistas, pero por qué no.

Es muy llamativa por su “disco facial”, una especie de careta de color blanco que le ayuda mucho a oír hasta los menores movimientos que se producen a su alrededor. Pero hay que admitir que no tiene el elegante perfil del halcón ferracino, ni la agresividad del cernícalo madrileño (hembra), ni las ostentosas coletas de plumas irisadas del ave del paraíso, tan pagada de sí misma. La lechuza es un ave tranquila, austera, metódica, afable, con un moderado sentido del humor y sin más pretensiones que sus estudios. Se alimenta de pequeños roedores, por lo general ratones, lo cual hace que los campesinos la adoren y que los ratones, como es natural, tengan de ella una muy pobre opinión.

De la lechuza, a lo largo de los tiempos, se han dicho numerosas tonterías. Que su canto anuncia la muerte. Que se bebe el aceite de las lámparas sagradas. Cosas así. Pero hay algo que muchos deberían recordar: la lechuza, ya desde la Grecia antigua, es el símbolo de la sabiduría; el pájaro que acompañaba a Atenea (Minerva para los romanos), diosa del Saber. Puede que esto no la haga muy popular entre los ignorantes (entre los ratones, por ejemplo), pero no hay quien niegue que lleva bajo sus alas dos mil quinientos años de prestigio. Con eso está dicho todo.