Rajoy reconoce que 'hay voces que critican su continuidad"

Soraya recluta a barones regionales del PP para dar la batalla en el relevo de Rajoy

"Hay voces críticas en mi partido", confesó por vez primera Mariano Rajoy. Son voces discretas pero crecientes. Y hay movimientos que preparan el post-marianismo. Muchas miradas se dirigen a Sáenz de Santamaría, quien busca aliados en el partido, donde se la veía como una extraña.

La vicepresidenta del Gobierno en funciones, Soraya Saénz de Santamaría.
La vicepresidenta del Gobierno en funciones, Soraya Saénz de Santamaría. EFE

Sáenz de Santamaría aparece en todas las quinielas como una de las más firmes candidatas a la sucesión de Rajoy. Su nombre es un fijo en las apuestas, es una figura firme entre quienes pugnan por liderar la formación del centroderecha español en un futuro inmediato. Reúne un buen número de factores positivos. Es la número dos del Gobierno, ha trabajado muchos años en el despacho contiguo del número uno, controla la maquinaria de la Administración, tiene un ejército de abogados del Estado en sus filas, dirige el CNI, es laboriosa, no está salpicada por la lacra de la corrupción y forma parte de la generación que, sin duda, se encargará de conducir la travesía del desierto tras este periodo de turbulencias y cataclismos.

La actual vicepresidenta en funciones está bien vista por los sectores empresariales, tiene contactos en el exterior, la conocen en Bruselas y, muy particularmente, ha mantenido bien engrasada su relación con los medios. Carece ostensiblemente de ideología y evita los enfrentamientos públicos y las disputas estériles. Todo son virtudes, dice entre sonrisas uno de sus más estrechos asesores. Salvo un detalle nada menor. En el partido apenas se la considera uno de los suyos. Siempre ha pertenecido al núcleo duro de Rajoy en el Congreso o en el Ejecutivo, pero se ha prodigado poco entre las bases, la militancia, los esforzados dirigentes que han luchado en los tiempos más difíciles, desde el 'no a la guerra' hasta la podredumbre de la corrupción. En el partido se la observa como un elemento ajeno, enfrascado en un mundo lejano, el de la Moncloa y alrededores.  

Un cambio de rumbo

Consciente de esta hoja en blanco en su currículum, la vicepresidenta en funciones ha dado en los últimos tiempos algunos pasos importantes para corregirlo. El fundamental, granjearse la simpatías o el respaldo directo de importantes barones territoriales, que podrán ser decisivos a la hora de la verdad, cuando un congreso nacional se vea en la tesitura de designar a un nuevo presidente. Sáenz de Santamaría algo tuvo que ver en la designación de Juama Moreno Bonilla, presidente del PP andaluz, una de las zonas más potentes de la organización. Más cercano aún es Alfonso Alonso, un 'sorayo' de toda la vida, como el propio ministro de Sanidad no evita mencionar. Alonso fue designado recientemente presidente del partido el País Vasco, un feudo de enorme tradición pero que ahora atraviesa por momentos seriamente complicados.

La vicepresidenta ha logrado atraerse las simpatías de Juan Vicente Herrera, el presidente de Castilla y León, quien en su momento se mostró públicamente contrario a la candidatura de Mariano Rajoy

La vicepresidenta se ha movido bastante los fines de semana, tanto en campaña electoral como en este 'tiempo muerto' surgido tras elecciones. Ha logrado, por ejemplo, atraerse las simpatías de Juan Vicente Herrera, el presidente de Castilla y León, quien en su momento se mostró públicamente contrario a la candidatura de Rajoy. "Que se mire al espejo", dijo en una radio. Santamaría es de Valladolid y en su tierra la quieren y la valoran. También hace buenas migas con el presidente de Murcia, Pedro Antonio Sánchez, un político notable, también de la generación del relevo, aunque con algunas nubes grises en su entorno. O con Íñigo de la Serna, alcalde de Santander. Toda una red de dirigentes territoriales que ha ido nombrando o captando sin hacer ruido, sin estridencias, pero que podrían resultar determinantes llegada la hora de la verdad en un congreso, según destacan algunos veteranos de la formación.

El tradicional heredero, Alberto Núñez-Feijóo, muy bien visto en las baronías regionales y con enorme cartel en su partido, ha caído notablemente en las quinielas precongresuales. Rajoy nunca se ha preocupado en echarle un cable. Más bien, ha optado siempre por subrayar lo bien que lo hace en Galicia. El presidente de la Xunta procede del fraguismo y nunca se llevó particularmente bien con el actual presidente del PP. Cristina Cifuentes es otro nombre con garantías de futuro, pero sus tiempos quizás sean para más adelante. Ahora ha de asentarse firmemente en la presidencia de Madrid, tanto del partido como de la Comunidad, pese a que tiene muy cerca algunos asesores que la impulsan a pisar el acelerador. Pablo Casado es posiblemente, de entre los jóvenes leones de Génova, el que más atención e interés despierta, aunque él insiste en que su batalla no está en ahora mismo en eso, pese a que su 'padrino', José María Aznar, no pierde ocasión en catapultarlo.

En el Gobierno aparecen también otras figuras más discretas, pero que podrían tener algo que decir en este escenario venidero. Ana Pastor, la favorita de Rajoy, tendría un papel preponderante en estas cábalas sucesorias, aunque la ministra de Fomento no mueva un dedo por hacerse un hueco entre el rosario de aspirantes. Más codazos propina el titular de Industria, José Manuel Soria, también íntimo amigo del presidente, quien se mueve últimamente con particular intensidad de cara a lo que pueda ocurrir. Soria, sin embargo, no goza de la admiración encendida de su partido. Pocos mencionan, en este tráfago de aspirantes, de Dolores Cospedal, cuya figura se apagó tras perder la presidencia de Castilla-La Mancha. La actual secretaria general del PP cuenta con la protección de Rajoy, que le agradece fervorosamente sus enormes sacrificios en todo el escándalo Bárcenas. A Cospedal le tocó bailar con la más fea. Pero no ha tenido habilidad suficiente para organizar el relevo en las terminales del partido. Cuenta con Isabel Bonig, la jefa de filas en la Comunidad Valenciana, un territorio clave para el PP, aunque ahora atraviesa por los momentos de mayor debilidad de la historia. 

Cuando el presidente se vaya a casa

Las elucubraciones sobre el futuro del PP palpitan silenciosamente en la oscuridad de despachos, pasillos y cenáculos. Todos dan por sentado que la única posibilidad de que Rajoy renuncie a todo y se vaya a su casa es que Sánchez logre llegar a la Moncloa. Sólo entonces, el actual presidente en funciones lo dejaría todo y daría un paso al costado, insisten. Aunque no es asunto que él mismo comente ni que tenga totalmente decidido. Algunos miembros de su círculo más íntimo aseguran que, en ocasiones, piensa incluso quedarse como jefe de la oposición, para fiscalizar y controlar la gestión de ese gobierno del PSOE, que nacería con una fecha de caducidad muy cortita. "A veces dice que, aunque pierda, se quedaría, porque haría falta en el Congreso una voz muy firme que acote el territorio al futuro Ejecutivo", comentaba días atrás, algo alucinada, una de sus colaboradoras más cercanas.

Hay algunos dirigentes que se preparan ya para el post-marianismo, esa etapa de la que nadie habla en la formación conservadora pero que muchos contemplan

No se escuchan voces críticas en el PP sobre la gestión de su actual líder. No se escuchan, pero existen. Y en forma creciente. El propio Rajoy lo reconoció, por primera vez, esta semana pasada en un foro del diario La Razón. "Estoy seguro de que hay gente en mi partido que no desea que vuelva a ser candidato, hay gente en ello pero a mí no me lo cuentan", proclamó, entre la estupefacción de los asistentes, el propio presidente. Días después, Sáenz de Santamaría se apuntó un tanto al asegurar, en la rueda de prensa del Consejo de Ministros, que lamentaba disentir con su líder, pero que no estaba de acuerdo. "Todos los que conozco y con los que me relaciono, fundamentalmente ministros y secretarios de Estado, apostamos por Rajoy", sentenció.  

Tras la hecatombe del 20-D, el líder del PP había solicitado a sus barones más leales, que mantuvieran la unidad y que evitaran las declaraciones polémicas a la espera de que se resolviera el bloqueo institucional. Así ha sido. No se escucha apenas una voz más alta que otra. "No como en el PSOE", suelen apostillar desde Génova. Pero el runrún sigue vivo. Hay algunos dirigentes que se preparan ya para el post-marianismo, esa etapa de la que nadie habla en la formación conservadora pero que muchos contemplan como una posibilidad cada vez más palpable y más próxima. Las quinielas engordan día a día. Muchas veces nada tienen que ver con los nombres que aparecen en los medios, fruto de un café con un periodista o un almuerzo con un dirigente de un grupo de comunicación. Pero hay una coincidencia general en señalar a Soraya Sáenz de Santamaría como la candidata con más opciones para conducir el inevitable relevo. Todos dan por hecho que, en efecto, Rajoy sería el candidato, tal y como él insiste una y otra vez, en el caso de celebrarse unas nuevas elecciones. Entre otras cosas, porque no hay ningún dirigente que garantizase, ahora mismo, más votos que el propio Rajoy. Pero el partido se dispone a afrontar su gran renovación, eternamente aplazada. Una catarsis que daría un vuelco radical a lo que hasta ahora han sido sus estructuras y su cúpula. 

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