España

Javier Arenas, el superviviente nato que trata con los sospechosos del PP

El vicesecretario del Partido Popular fue el único que se mantuvo intacto en el intento de rejuvenecer la formación el pasado junio. Rajoy, que siempre le ha tenido como aliado fiel, le ha apartado de cualquier cuestión de comunicación pero le mantiene en su labor de fontanería, lo que le lleva a negociar con personas incómodas para la formación como Bárcenas o Gómez de la Serna, con quien se ha reunido esta misma semana cuando todos en el partido le evitan.

Javier Arenas.
Javier Arenas. EFE

Los malos resultados en las elecciones locales empujaron a Mariano Rajoy a hacer cambios importantes en el Partido Popular. El 18 de junio sangre nueva entraba en la dirección de la formación: Levy, Fernández Maíllo, Casado, Maroto… y Javier Arenas. El último nombre era cualquier cosa menos renovación, juventud y frescura. Todo lo contrario, el vicesecretario, el único superviviente en la criba, representa el aparato, las sombras y la fontanería del partido.

El cambio en los nombres era también una apertura a las nuevas formas de comunicación. Rajoy reconoció que el PP no había transmitido en los tiempos recientes y para solventarlo inundó los medios con los vicesecretarios. Con todos, claro, menos con Arenas, que se ha mantenido silente en su despacho mientras sus compañeros comparecían en los medios.

La renovación del partido tras el naufragio de las elecciones locales tocó a todos menos a Arenas, que se mantuvo callado en su puesto de vicesecretario

No se le recuerda entrevista reciente, Arenas representa el inmovilismo en ese cambio que se llevó por delante hasta el logo del partido. Cabe pensar que el mensaje que mandó Rajoy con los cambios quedó aguado con la permanencia del andaluz en Génova, incluso Dolores Cospedal, la otra superviviente, salió magullada de aquello con su poder como secretaria general había menguado.

¿Para que ha quedado Arenas? Para el trabajo sucio. El partido, al unísono, ha intentado marginar a Pedro Gómez de la Serna, diputado electo por Segovia y manchado recientemente por un presunto caso de tráfico de influencias. Es el primer momento en el que el partido podía desarrollar su nueva doctrina contra la corrupción, esa que reza tolerancia cero y dureza. Arenas, sin embargo, aprovechó esta semana para tomarse un café con el diputado electo al que se ha suspendido de militancia y enviado al grupo mixto.

No tardó mucho en filtrarse que la reunión fue infructuosa, que en ese café –y remarcan que fue solo un café, no una comida- Arenas le había pedido a Gómez de la Serna, una vez más, su renuncia y que todo había quedado en nada. La reunión, en todo caso, contradice el cordón sanitario que había creado el partido en torno al sospechoso. Dicen en Génova que entre sus atribuciones como apparatchik está resolver este tipo de cuestiones y que eso implica también verse con personas de no muy buena reputación.

En esto Arenas tiene experiencia, aunque solo sea porque ha vivido de cerca el caso Bárcenas, el problema de corrupción más peligroso -por sus ramificaciones internas- para el Partido Popular. El vicesecretario andaluz fue el encargado de hablar con el tesorero para desactivar la bomba que se había instalado en Génova. Los contactos fueron profusos en pos de un acuerdo que hiciese que Bárcenas callase algo que, finalmente, fue imposible tras la entrada del tesorero en la cárcel. Arenas y Bárcenas eran amigos, pasaron mucho tiempo juntos en los despachos de la formación en Madrid, pero su relación no fue suficiente para llegar a una entente cordial. El extesorero no guarda rencor, es más, cree que si Arenas hubiese tenido las manos libres la cuestión se hubiese resuelto. Por este caso el dirigente popular terminó testificando ante el juez Ruz.

Bárcenas no es el único caso de político sospechoso con intensa relación con Arenas. Tantos años deambulando por la sede del PP le dieron contacto cercano con otros como Gerardo Galeote o Jesús Sepúlveda, implicados en la Gürtel y con los que tiene en el recuerdo una foto jugando al pádel. Incluso con algún implicado en Púnica, como Gabriel Amat, protegido del dirigente andaluz en Almería.

Los inicios

La biografía de Javier Arenas cuenta que se sacó Derecho en la universidad de Sevilla y que, a partir de ahí, fue siempre un hombre de partido. Primero en su ciudad, como concejal –en ese momento el más joven que nunca hubiese tenido el consistorio- después como presidente del partido en Andalucía, un puesto siempre ingrato pues el éxito electoral del partido en la región es poco probable. Su posición de barón autonómico le valió plaza en el Gobierno de Aznar.

Fue ministro de Trabajo en el primer gabinete del PP de la democracia, un puesto que en España, por las dificultades del mercado laboral, suele ser una fuerte carga pero que en su caso le dio alas. El paro bajó y él se convirtió en una estrella rutilante en la formación conservadora. El siguiente encargo de Aznar le sacó del Gobierno para colocarle como número 2 del partido, secretario general en sustitución de Cascos. Arenas fue uno de los nombres periféricos cuando Aznar decidía su sucesor, pero él mismo se descartó en esa carrera. Cuando Rajoy salió del Gobierno para ocupar su sitio Arenas volvió al Ejecutivo hasta llegar a la vicepresidencia.

Ministro de Trabajo, vicepresidente, secretario general del PP, presidente del partido en Andalucía... la carrera de Arenas ha pasado por todos los cargos y ahora apunta a la presidencia del Senado

Con el cambio de dirección en el partido Arenas se refugió en Andalucía, aunque siempre con un ojo en Madrid. Ese exilio voluntario le sirvió, entre otras cosas, para sobrevivir a las derrotas electorales de Rajoy con Zapatero y a las purgas consiguientes. Su ayuda al líder en el difícil congreso de Valencia de 2008 hizo que el actual presidente del Gobierno le tomase gran estima. Zaplana o Acebes, que habían sido nucleares en la dirección popular, salieron de Génova. Arenas sobrevivió.

Como también se mantuvo en pie tras su derrota electoral de 2012 en Andalucía. Rajoy había conseguido finalmente la presidencia del Gobierno, con mayoría absolutísima, y confiaba en que también cayese Andalucía de su lado. Por eso retrasó unas semanas los recortes, pero ni siquiera eso fue suficiente para acabar con la hegemonía socialista en la región. Arenas ganó las elecciones, pero no lo suficiente para hacerse con el Gobierno.

Su derrota le procuró una nueva vuelta a Génova, pasó a ser vicesecretario y convertirse en el hombre en la sombra. Su puesto implica salir al quite en los casos de corrupción y coordinar la política local. Eso supone hablar con Bárcenas o Gómez de la Serna. Rajoy, dicen, le debe mucho a Arenas.

Arenas, desde las sombras, sigue teniendo peso en el partido, aunque en algunas secciones se haya convertido en non grato. Es el caso de su tierra, donde el nuevo presidente, Juan Manuel Moreno Bonilla, preferiría tenerle lejos. Y eso que es el presidente de honor. Su sucesor en el cargo ha tomado toda la distancia que ha podido con el dirigente, hasta el punto de asegurar que no le consulta nada, ni siquiera en las listas donde Arenas, como tantos otros dirigentes, quiso maniobrar. Otros, en Génova, no entienden que salga al balcón para celebrar la reciente victoria electoral. 

Arenas, además de fontanero en Génova, es senador. Es más, en prensa ha aparecido que aspira a la presidencia de la cámara, en la que su partido tiene una amplia mayoría absoluta. Moreno Bonilla bendice esa medida, que supone mantenerle lejos del partido en Andalucía. Ese cargo sería casi una guinda perfecta a una carrera larga y con altísimas responsabilidades políticas. Un final perfecto que, probablemente, le alejaría de Génova y de la vida de partido. Y si no lo consigue, a tenor de su historial, volverá a reinventarse.

Arenas siempre sale indemne. Ha sobrevivido a derrotas electorales, al aznarismo, a la oposición interna, a la mala imagen, a la renovación, incluso a su cercanía a un personaje casi radioactivo para el PP como Luis Bárcenas. Javier Arenas, como el dinosaurio de Monterroso, siempre sigue allí.

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