En 2011, el año pasado, por primera vez en lo que va de siglo el saldo de flujo migratorio (los que entran a España menos los que la dejan) fue negativo, rompiéndose una tendencia que parecía inquebrantable incluso los primeros años de la crisis. Al revelarse ésta en 2008, empezó a golpear a la población extranjera residente en España, que, ordenadamente, empezó a dejar la península. En 2010, la tendencia se revirtió y, desde entonces hasta hoy, concierne a los nacionales, según el Centro de Estudios Demográficos de la Universidad Autónoma de Barcelona y según apuntan todas las estadísticas publicadas.  

Una de ellas, recogida ayer por un cable de la agencia Colpisa, es el Censo Electoral de Españoles Residentes en el Extranjero (CERA), elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Publicada mes a mes, el pasado 1 de julio mostraba un dato revelador: que 357.418 españoles se han inscrito desde 2008 en este registro para seguir votando en el extranjero. Se trata de un 30% más que los 1,2 millones apuntados al CERA en el prólogo de la crisis (ahora hay 1,56 millones).

Los números del censo tienen jugo si se comparan con los datos de hace medio siglo, los años sesenta, los del boom de la emigración española. Entre 1962 y 1966, a caballo entre el desarrollismo y el tardofranquismo, dejaron el país 790.000 españoles en busca de un trabajo (y una libertad) mejor del que podía obtenerse en una de las últimas dictaduras occidentales. Entonces, España no conocía una crisis financiera como la actual, porque no había salido de la que se metió tres decenios antes con la devastadora Guerra Civil: la emigración, así pues, consistía básicamente en mano de obra no cualificada o muy poco cualificada; hoy, los que se van son los mejor preparados.

La fuga de cerebros que padece España debería preocuparse precisamente por esto: la emigración “selectiva” está comiendo terreno a la que se largaba por necesidad. “A diferencia de aquella emigración de la España de los 60”, cita la noticia de Colpisa, “de mano de obra sin estudios, sin cualificación profesional, sin idiomas pero con mucha hambre, la de ahora constituye una fuga de talento”. La estadística habla de un expatriado de entre 25 y 35 años capaz de manejarse en otro idioma que no es el español y, preferentemente, no de letras: ingeniero, científico, informático, arquitecto o médico, por citar las profesiones más demandadas afuera. ¿Cuándo terminará la sangría de talentos?