Entre Escila y Caribdis

La religión en las aulas

Durante esta semana he tenido dos disputas significativas en Twitter. La primera con partidarios de la “ideología de género” que lleva a un tipo de feminismo colectivista en lo sociológico, prohibicionista en lo político y agresivo en las redes sociales. Tras varios insultos por parte de la secta feministoide, muchas quejas, el habitual postureo victimista y ningún argumento, uno de sus líderes, el anónimo autodenominadoBarbijaputa, me bloqueó, un gesto que en Internet denota impotencia intelectual y talante dogmático porque es la culminación de una incapacidad para argumentar, en ausencia de denuestos del oponente.

La otra fue con el espectro ideológico opuesto, el cristianismo reaccionario, que defiende que la escuela pública debe ser un ámbito de adoctrinamiento religioso y de proselitismo sectario. El artículo 27.3. de la Constitución establece que “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.”. Lo que resulta necesario para garantizar, desde el punto de vista liberal, contra el anticlericalismo y la antirreligiosidad que, por ejemplo, caracterizaba la Constitución de la Segunda República que pretendía secularizar no sólo el Estado, lo que resulta esencial dada la neutralidad ideológica que cabe esperar del mismo, sino también la sociedad, lo que implica un proyecto totalitario, en la misma dirección aunque diferente sentido, similar al eclesial que se pretendía presuntamente combatir.

El principio liberal sobre la relación Estado-Iglesia lo enunció un católico, Charles de Montalembert:

La Iglesia libre en el Estado libre

El principio liberal sobre la relación Estado-Iglesia(s) lo enunció un católico, Charles de Montalembert: “La Iglesia libre en el Estado libre”. Por la que ni el Estado debía someterse a los dictados de la(s) Iglesia(s) ni, por supuesto, darse el caso contrario. No hacía Montalembert sino seguir los pasos de aquel gran pensador laico, al que tan mal le fue con la jerarquía eclesiástica de su tiempo, que dictaminó: “Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Del artículo 27.3. no se sigue, como defienden torticeramente los creyentes intransigentes, que tenga que existir una asignatura en las escuelas públicas en forma de catequesis sino que -y a diferencia de lo que ocurrió durante la Segunda República, que pervirtió el “laicismo” convirtiéndolo en un sustituto de la religión-, no se impedirá que exista una formación religiosa. A veces da la impresión de que las clases de catequesis se han dado a expensas de las de lógica. Porque la escuela pública debe ser “neutral” ante el hecho religioso, en el cabe asignaturas que expliquen dicho fenómeno desde una aproximación científica, histórica y filosófica, impartida por profesionales seleccionados objetivamente como el resto de docentes. Por el contrario, la actual asignatura religiosa no es más que una catequesis desarrollada por “comisarios eclesiales”, seleccionados no a través de un concurso de méritos y oposición sino de “idoneidad ideológica”. Y es que la religión es demasiado importante para dejársela, en exclusiva, a los sacerdotes.

La educación religiosa forma parte del bagaje cultural de una persona civilizada. Sin la lectura y discusión de la Biblia, del Corán o la Teogonía de Hesíodo es imposible comprender el arte, la filosofía y la ciencia de nuestra civilización, al mismo tiempo pagana y cristiana, así como ribeteada de aportaciones musulmanas y con injertos cada vez más pronunciados de hinduismo y budismo, como sucede en el ecologismo. Pero no hay que confundir conocimiento sobre el fenómeno religioso con adoctrinamiento sobre el mismo. Resulta ser un error categorial pretender que porque eligen dichas asignaturas la mayoría de los padres debe existir. Los padres están representados en los Consejos Escolares de los centros, donde pueden discutir y decidir sobre si debe existir o no uniforme en los mismos pero no si se tiene que impartir la evolución según la selección natural o el creacionismo. O que la astrología sustituya a la astronomía. El currículo escolar debe ser diseñado por comités de expertos académicos, no por las AMPAs. En el sentido de que la ciencia no es democrática es por lo que Sánchez Ferlosio sentencia hiperbólicamente que “Papás fuera” (de la escuela, se entiende) y argumenta contra el supuesto derecho de los padres a “mantener sometidos a constante control y vigilancia los criterios y las prácticas de un profesorado del que se consideran autorizados a desconfiar de modo sistemático”.

El liberalismo es la mejor doctrina política para tratar cuestiones "fuzzy", en la "grisura" de los dilemas éticos y sociales

Cabría, por supuesto, una catequesis en los centros escolares públicos pero como una actividad extraescolar, fuera tanto del currículo como del horario oficial. Y también una ampliación de la libertad de los padres para elegir el tipo de educación para sus hijos, implementando el “cheque escolar” o permitiendo la “escuela en casa” (“homeschooling”) con los controles estatales habituales en los países donde se permite. Y también cabe una enseñanza de valores en la escuela pública. Valores “de amplio espectro”, aquellos consagrados por la democracia constitucional, la libertad, la igualdad y la solidaridad. Desde un punto de vista transversal a todas las ideologías políticas, sociales y religiosas que caben dentro del más amplio pluralismo razonable.

El complejo de superioridad moral que se arrogan -tan lejos y tan cerca- el obispo Cañizares y la tuitstar Barbijaputa (que se podría resumir en el lema "Somos los buenos, somos más y mejores que ellos") no debe hacernos olvidar que es posible tanto un cristianismo liberal como el del citado Montalembert o un feminismo liberal como el de Wendy McElroy, sin “géneros”, sin “floreros” y, por supuesto, sin “cuotas” ni “cremalleras electorales”. Y es que el liberalismo es la mejor doctrina política para tratar cuestiones "fuzzy", en la "grisura" de los dilemas éticos y sociales, y llegar a consensos razonados, de la despenalización del aborto a la enseñanza de la religión en las escuelas pasando, por supuesto, por medidas para favorecer la igualdad de oportunidades para los sectores desfavorecidos de manera no discriminatoria contra nadie por razón de su sexo, raza o, claro, religión.


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