Entre Escila y Caribdis

Estado de guerra permanente

Habituados a una situación de estabilidad institucional y pacífica coexistencia, en Europa hemos olvidado que el estado natural de la humanidad es el de guerra permanente. Un todos contra todos donde las distintas geometrías de valores morales y principios políticos no sólo son contradictorias sino incompatibles. La atracción de series de televisión como Breaking Bad o The Wire, Walking Dead o Juego de Tronos, Gomorra o Battlestar Galáctica reside en que sacan a la luz televisiva lo que late en lo más profundo de nuestros corazones: el miedo a que a la vuelta de la esquina volvamos a una situación en la que el ser humano sea peor que un lobo para el hombre, más peligroso que un zombi, tan cruel como un mafioso napolitano o tan implacable como un robot alienígena. Del 11S al 11M, de Niza a Estambul, sin embargo, la ficción se hace realidad y el Pokemon Go se nos llena de sangre, sudor, mierda y muchas lágrimas. Por eso, en Facebook se clama por un Je suis París pero no Je suis Bagdad. Se supone que más allá del Bósforo, al este, y del Canal de la Mancha, al oeste, todo es barbarie mientras que más acá brilla la civilización.

Solemos tontear con el postureo cínico y maximalista, burlándonos de la “fiesta de la democracia” el día de las elecciones

Desde nuestra esfera de democracias liberales, en las que triunfa la igualdad ante la ley, las elecciones competitivas, los derechos impersonales, la transparencia estatal y el libre juego de la economía de mercado, solemos tontear con el postureo cínico y maximalista, burlándonos de la “fiesta de la democracia” el día de las elecciones que nos permite cambiar de gobierno sin derramamiento de sangre (como definía Popper sin lirismo ni épica a la democracia representativa) o rasgarnos las vestiduras en Twitter ante el enésimo escándalo de corrupción del PP o la ocurrencia pedante y retorcida de Iñigo Errejón.

Lo cierto es que el 85% de la población mundial viven en estados dominados por unas castas privilegiadas que detentan un poder omnímodo que es sinónimo de violencia desatada. Unas élites que, además, de controlar los cuerpos también dominan las mentes de sus súbditos a través de mecanismos ideológicos de alienación colectiva, entre los que más poderosos son las versiones más radicales de las mediterráneas religiones monoteístas y las europeas filosofías totalitarias. De Arabia Saudita a China, pasando por Rusia o Irán, llegando a estados que se debaten entre los sistemas abiertos propios del Occidente liberal o los cerrados de los regímenes islamistas medievales o los comunistas postmodernos, al estilo de Venezuela, Turquía o Paquistán.

Parafraseando lo que le gritaba el coronel interpretado por Jack Nicholson al teniente encarnado por Tom Cruise en Algunos hombres buenos (Rob Rainer, 1992), los europeos, en general, no podemos encajar la verdad (“¡you can handle the truth!”). Lo que no significa que aceptemos sin más deslizarnos por la pendiente resbaladiza a la que nos empuja ese coronel trazado, con punta gruesa y demagógica, por el guionista Aaron Sorkin, sino que seamos capaces de reconocer el precio que hemos de pagar no sólo por mantener nuestro lujoso nivel de vida, y la “manta de la libertad” con la que nos arropamos, sino también por la extensión de nuestro “occidental way of life” más allá de nuestras fronteras. Porque, en última instancia, nuestra sociedad abierta resulta incompatible y contradictoria con las distintas sociedades cerradas que nos rodean, aunque sólo sea porque al ser nosotros tan ricos despertamos su envidia, que conduce a la ira y, de ahí, al odio. 

Nuestra sociedad abierta resulta incompatible y contradictoria con las distintas sociedades cerradas que nos rodean

En una película más reciente, Espías en el cielo (Gavin Hood, 2015), es otro coronel, en este caso interpretado por Helen Mirren, el que no quiere subirse por las ramas de las consideraciones éticas y ordena que un dron dispare unos misiles contra una casa habitada por unos terroristas islamistas que están preparando un atentado. Sin embargo, la orden no llega a ejecutarse mientras se dirime una sutil cuestión moral. La esencia de la película consiste en el debate acerca de los pros y los contras sobre disparar o no. Lo relevante es tanto la sutileza de las razones empleadas, la emergencia de la inteligencia artificial y sus algoritmos éticos como asistente a las decisiones humanas y, sobre todo, el talante de los dirigentes de los dos países concernidos por la decisión, Reino Unido (podríamos extender su modelo a todos los países europeos, mal que le pese a los del Brexit) y Estados Unidos. Allá donde los dirigentes estadounidenses manifiestan no sólo clarividencia y contundencia, los europeos se debaten en un mar de dudas que no provienen de una superior capacidad moral sino de la cobardía militar y la debilidad política. 

Tanto Obama como Hollande han comprendido que la dialéctica entre sociedades abiertas contra cerradas no se gana simplemente con la negociación y el comercio, el apaciguamiento y el diálogo. Porque, como sostuvo Karl Popper, contra los intolerantes no cabe sino la intolerancia, a riesgo de que no haya más tolerancia ni, por supuesto, tolerantes. Contra el odio cabe tener la cabeza fría pero no para ser blandos sino precisos en la dura respuesta. También nos enseñó Robert Axelrod, en La lógica de la cooperación, que la mejor estrategia de cooperación pasa por aplicar el ojo por ojo a los fans de la ley del Talión, mientras que podemos repartir besos y abrazos a los partidarios de la felicidad. Lo que odian los fundamentalismos son las cuatro patas de nuestro sistema occidental, una versión del paganismo precristiano: del secularismo al laicismo, pasando por el materialismo y el ateísmo -en una palabra, el capitalismo como sistema económico y el liberalismo como forma política encargados de “desencantar” el mundo-.

Lo que no entiende Surkov es que la estética occidental que tanto le fascina es indisociable de la dimensión ética y el paradigma político que rechazan

Cuando los gobiernos europeos y el estadounidense prohibieron a Vladislav Surkov, el ideólogo de la democracia imperialista de Vladimir Putin, que entrase en sus países la respuesta del moderno Rasputín ruso fue que lo único que le interesaba de Estados Unidos eran Tupac Shakur, Allen Ginsberg y Jackson Pollock. Lo que no entiende Surkov, o sus homólogos chinos o turcos, es que la estética occidental que tanto les fascina es indisociable de la dimensión ética y el paradigma político que rechazan. Lo malo, para ellos pero, sobre todo, para nosotros, es que para cuando se den cuenta puede ser demasiado tarde.


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