Entre Escila y Caribdis

Por una democracia de mercado

A raíz de un artículo de Juan Ramón Rallo sobre “el fracaso de la democracia participativa” María Blanco ha respondido objetando la enmienda a la totalidad del sistema democrático de Rallo que apuesta por un sistema político basado en la misma estructura de un libre mercado al más puro estilo anarco capitalista. Los argumentos de Rallo contra la democracia representativa se desarrollaban a partir de las primarias de Podemos, un partido que ha visto como los datos de participación de sus militantes en sus respectivas consultas ha ido bajando estratosféricamente. Pero este es un problema inherente a la configuración ideológica de Podemos, cuyos dirigentes tienen una orientación marxista-leninista que les lleva a creer que los procesos “populistas” se deben regir a través de una “vanguardia revolucionaria”, y no en sí a la democracia liberal.

Los problemas teóricos a los que apunta Rallo siguiendo a Downs son muy ciertos. Pero desde el liberalismo se puede contribuir a hacer el sistema democrático más participativo, con mejores incentivos

Los problemas teóricos a los que apunta Rallo siguiendo a Downs son muy ciertos. Pero desde el liberalismo se puede contribuir a hacer el sistema democrático más participativo, con mejores incentivos, haciendo transparentes los mecanismos de representación, diseñando estructuras más horizontales para hacer que el "cliente" (el afiliado, el simpatizante, el votante...) tenga más poder de negociación con las "élites" (esas "vanguardias de la burguesía" que ha inventado la partitocracia). Algo que podríamos denominar "planificación de la libertad" en el sentido de una creación de normas del juego para que los grados de libertad de las organizaciones sean lo más altos posibles.

En este sentido, la democracia liberal tiene que aprender del mercado liberal. Hay otro sentido en que la propuesta de Rallo además de equivocada es peligrosa y es que en cuanto que enmienda a la totalidad del sistema democrático se enmarca dentro del campo de las utopías globalizadoras. Del mismo modo que la izquierda utópica se la suele simbolizar con los bellos pero imaginarios unicornios, a los anarco capitalistas cabría identificarlos con los gamusinos, animales tan esquivos como inexistentes. Por el contrario, el liberalismo ha optado fundamentalmente por reformas pequeñas de los grandes problemas sociales porque de este modo si se produce un error hacer borrón y cuenta nueva (es decir, otra pequeña hipótesis reformista) resulta más fácil y menos traumático.

Estamos todos de acuerdo, seguramente, en que la democracia representativa española hoy en día se parece más bien a una iglesia, con sus dogmas y jerarquías al servicio de sí mismas, que a un club, en el que hay una planificación y unas reglas al servicio de los clientes. Pero el liberalismo lo que trata es de hacer que la democracia participativa adopte de la economía de mercado la flexibilidad y la eficiencia del procesamiento de la información que lo caracteriza al tiempo que defiende algunos valores políticos y éticos que el mercado no tiene en consideración porque sólo atiende a los valores económicos. Parafraseando a Kant podríamos decir que si la democracia sin mercado está vacía pero el mercado sin democracia resulta ciego.

Establecido el marco general para la interacción virtuosa entre la democracia y el mercado cabe plantear medidas concretas para que la democracia participativa sea más eficiente y tenga más incentivos hacia la productividad sin perder por ello, su carácter de defensa de los derechos fundamentales

Una vez establecido el marco general para la interacción virtuosa entre la democracia y el mercado cabe plantear algunas medidas concretas para que la democracia participativa sea más eficiente y tenga más incentivos hacia la productividad sin perder por ello, todo lo contrario, su carácter de defensa de los derechos fundamentales y de la ampliación de la esfera de las libertades individuales. En primer lugar, que los partidos políticos se abran a la ciudadanía con procesos de primarias no dirigidas (el gran “error” en Podemos, y lo pongo entre comillas porque, como decía, dudo de la voluntad democrática de sus fundadores dado su pedigrí ideológico). En segundo lugar, que no haya demasiados políticos “profesionales” sino que sean en su mayoría políticos “milicianos”, aquellos que no viven de la política ya que sólo se dedican a ella a tiempo parcial, por lo que deben seguir desempeñando su profesión, lo que evitará que se conviertan en parásitos del sistema democrático, además de evitar su desapego de la realidad social. En tercer lugar, listas abiertas para que los votantes puedan elegir el orden de los candidatos en las elecciones incluso permitiendo votar por políticos de diferentes partidos. Si ir a votar fuese como ir al supermercado, en el que rellenas tu cesta de la compra con los ingredientes que quieres y no te obligan a comprar cestas llenas por defecto con productos que te interesan mientras que otros te dan ganas de vomitar, la gente llenaría los colegios electorales como cuando empiezan las rebajas en el Corte Inglés.

En cuarto lugar, constitucionalmente blindar los clubes, asociaciones voluntarias, de manera que nadie pueda interferir desde un club en otros clubes. En quinto lugar, posibilidad de plantear y establecer consultas populares, que no afecten a los derechos fundamentales, de manera que el pueblo no solo sea el depositario del poder sino que pueda ejercerlo convirtiéndose en sujeto legislativo. Daniel Ordás a partir de experiencias contrastadas en Suiza, Dinamarca, Alemania, Estados Unidos y otros países de nuestro entorno llama a este conjunto de experiencias “Reforma 13”. Como asíntota, el Estado tenderá a ser un quasi club, en el sentido de que aunque obligatorio interferirá lo menos posible en los clubes que espontáneamente surjan en la sociedad civil, únicamente ocupándose de los bienes públicos y los conflictos de derechos que inevitablemente surjan.

En conclusión, los problemas de la actual democracia participativa, representativa y liberal se solucionan con un reformismo democrático en clave igualmente participativa, representativa y liberal. Y si fracasamos en el reformismo demócrata liberal, la alternativa no será la utopía anarcoide de Rallo sino la dictadura populista (Venezuela, Argentina) o tecnocrática (Singapur, China).

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Imagen: Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, de Antonio Gisbert (1888)


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