OPINIÓN

Contra la demagogia y el populismo

España es el país donde surgió el término “liberalismo”, pero en ocasiones da la sensación de que encontrar en este país un liberal de ideas y talante es tarea apropiada para un nuevo Diógenes de Sínope que remedase al original en su tarea de buscar hombres honestos.

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“Tienes más peligro que Rufián en la tribuna de oradores del Congreso” podría ser la manera de referirse a la combinación de chulería, vulgaridad, malafollá, idiocia y vileza que caracteriza a la extrema izquierda en su asalto a la razón democrática. Afortunadamente, no contamos en España con un partido de extrema derecha al estilo del Frente Nacional o Amanecer Dorado.  Así nos ahorramos una pinza entre radicales compitiendo por el premio Marat a la retórica basada en el odio, la educación en la ignorancia y la servidumbre voluntaria.  En un programa de televisión, la líder de Podemos Andalucía, Teresa Rodríguez, ni ha condenado las agresiones de los manifestantes del “Rodea el Congreso” a los parlamentarios de Ciudadanos ni ha concedido ninguna legitimidad al gobierno de Rajoy. Ha dicho que no hay que hacer caso a “las formas”. Es sabido el desprecio del fascismo y el comunismo por la “democracia burguesa” y por la libertad “meramente formal”.

La extrema izquierda ha elegido el escrache violento en lugar de la sosegada reflexión, la consigna y el insulto en vez de la reflexión y la crítica

Vimos a los sansculottes de Iglesias, Rufián y Otegi elevando su dialéctica de los puños de las barricadas contra la comunicación deliberativa de los que pretendían debatir sin miedo pese a todas las amenazas de Monedero y sus agitadores made in la cheka de la Komplutense. La extrema izquierda ha elegido el escrache violento en lugar de la sosegada reflexión, la consigna y el insulto en vez de la reflexión y la crítica.  Pero eso no es motivo, todo lo contrario, para elegir el camino de la confrontación y el guerracivilismo.  La guía del consenso marcada por la Constitución del 78 es la que reivindicó la Tercera España heredera de Chaves Nogales y Clara Campoamor, que vino a vencer, tras mucho convencer, a los fantasmas agitadores de la derecha españolista más carpetovetónica y la izquierda revolucionaria más sectaria.

En esa Tercera España militan Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón. España es el país donde surgió el término “liberalismo”, pero en ocasiones da la sensación de que encontrar en este país un liberal de ideas y talante es tarea apropiada para un nuevo Diógenes de Sínope que remedase al original en su tarea de buscar hombres honestos.  Sin embargo, basta con seguir sus libros para reencontrarse con la mirada lúcida, la escritura clara y la pasión por la libertad en todos los ámbitos, que caracterizan al perfil del liberal que abarca a Hayek y Keynes, a Smith y Berlin, a Madariaga y Ravel. 

Su última obra, Diez mitos de la democracia. Contra la demagogia y el populismo, constituye una referencia imprescindible en cualquier biblioteca que pretenda albergar el pensamiento español más vivo y actual al tiempo que reflexivo y profundo. Los “mitos” a los que se refieren los autores son “pueblo”, “manifestaciones”, “participación”, “educación”, “privado-público”, “derecha-izquierda”, “derechos”, “libertad”, “igualdad” y “política”.

Orwell nos advirtió contra la tendencia de los radicales políticos para construir una “neolengua” y un “neopensamiento” en los que las palabras saliesen directamente de la laringe y no del cerebro

“Mitos” todos ellos en el sentido de axiomas que se pretenden indiscutibles en la política de todos los días. Ujaldón y Galindo no tratan tanto de “deconstruir” para llegar a un grado cero de “res publica”, que sería tan vacío como peligroso, como de limpiar, fijar y dar esplendor para pulir conceptos que, de tan manoseados y retorcidos, a veces en boca de todo tipo de gariteros y advenedizos significan lo contrario de lo que deberían.  Pero ya Orwell nos advirtió contra la tendencia de los radicales políticos para construir una “neolengua” y un “neopensamiento” en los que las palabras saliesen directamente de la laringe y no del cerebro.

Por el contrario, Galindo y Ujaldón nos dan mucho en qué pensar.  Por ejemplo, la distinción “público versus privado” ha degenerado para convertirse en un salvoconducto para la arbitrariedad de la conciencia y un pasaporte para la indigencia intelectual, al reclamarse un presunto derecho al “respeto a todas las opiniones” en cuanto que “Yo pienso así” se considera un escudo contra cualquier crítica. 

Incuestionados e idealizados, convertidos en dogmas y arrasados por una indefinición dolosa, los diez “mitos” analizados por Ujaldón y Galindo, podrían extenderse, en una segunda parte del libro, a muchos más.  Como, por ejemplo, el gran mito de la “democracia”, agitado y mezclado en un totum revolutum donde cabe la democracia orgánica de los fascistas, la democracia liberal de los constitucionalistas y la popular de los, valga la redundancia, populistas.  Todos reclaman la democracia, pero mientras que aquellos reivindican a Hitler, los segundos tienen a Churchill como su héroe mientras que los de más allá sueñan con un remake de La Momia con Lenin de protagonista.

Liberal como soy empecé por el capítulo dedicado a la “libertad”, el concepto más fundamental tanto desde una perspectiva política como ética, antropológica e, incluso, teológica, al que incluso los neurólogos, como Benjamin Libet, han tratado de capturar en sus teorías y experimentos.Pero, como siempre, la libertad se escabulle como un chanquete entre redes siempre demasiado amplias. La estrategia de Ujaldón y Galindo es provocativa:  “la idea de libertad es contradictoria y carece de fundamento”. O, lo que es lo que mismo, que no hay que considerarla una propiedad del universo o del ser humano sino un “presupuesto y una expectativa” que los seres humanos se atribuyen entre sí. Que es una “realidad social”, como diría John Searle, o un “constructo social” en jerga postmoderna. Y la justificación de la creencia viene dado, por tanto, no por una investigación sobre el ser de la libertad sino sobre su función social. Este es un ejemplo, entre otros que se repiten en el libro, de la aproximación entre pragmática y utilitarista ya que “el funcionamiento de nuestras sociedades depende esencialmente de tal presuposición y sin ella se viene abajo”. Es decir, tiene una “funcionalidad sostenedora del sistema” ya que sería, por ejemplo, inviable firmar pactos ni habría fundamento para hacer promesas.  Liberales wittgenstenianos, Ujaldón y Galindo, llevan a cabo en general esta tarea de “desmetafisicar” los conceptos políticos y antropológicos para explicarlos desde una “mera praxis social”

Wittgenstein no cayó en la cuenta de que quizás la mosca no quisiera salir de la botella

A un libro siempre es bueno echarle un vistazo a la bibliografía usada/recomendada. En este caso tenemos a (entre otros) Bruce Ackerman, Pascal Bruckner, Benjamín Constant, Arcadi Espada, Judith R. Harris, Robert Hughes, John Stuart Mill, George Orwell, Steven Pinker, Jean Revel, Richard Rorty, Tocqueville, Vargas Llosa y José Luis Villacañas, lo que daría para una selección liberal de fútbol que oponer a un Mundial de fútbol intelectual organizado por los Monty Python.  

Intelectuales y sofisticados a la vez que persuasivos, Galindo y Ujaldón han escrito un libro wittgensteniano en el sentido de que nos enseñan a nosotros, moscas atrapadas en la botella del populismo y la demagogia, a salir por nosotros mismos de la trampa retórica y conceptual en la que hemos caído.  Pero Wittgenstein no cayó en la cuenta de que quizás la mosca no quisiera salir de la botella, al fin y al cabo resguardada en un safe space, que dicen ahora los consentidos universitarios norteamericanos, a salvo de la luz cegadora del conocimiento, como una nueva versión de la caverna platónica. Ujaldón y Galindo, sin embargo, filósofos al fin y al cabo, nos sirven de guías para salir de la jaula de acero de la mitología dogmática de la democracia populista en la que quisiera encerrarnos tanto la banalidad periodística habitual como la perversión de los emergentes extremistas.


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