Entre Escila y Caribdis

La caída de Cataluña

Lo que se dirime en Cataluña el 27S no es, ni mucho menos, la secesión de un territorio español. No tiene nada que ver con balanzas fiscales, el corredor Mediterráneo o principios de ordinalidad. Eso no son más que excusas. En las urnas lo que se producirá será un choque de cosmovisiones en el seno de la civilización europea: entre una concepción ilustrada e individualista de los derechos humanos frente a una visión romántica y comunitarista. Es una guerra civil de razones frente a sentimientos: catalanes frente a “Catalunya”; ciudadanos frente a “masa”; libertad frente a “identidad”.

Aunque el 27S se ha configurado como un partido de fútbol entre la selección catalana, Junts pel Sí cuyo entrenador simbólico sería Guardiola y su capitán Gerard Piqué, contra la Roja, huérfana de un liderazgo unívoco, en realidad son otras las oposiciones auténticas que se enfrentan con ocasión de las elecciones catalanas. Relata Rafael Chirbes en La caída de Madrid el desconcierto social que provocaba la inestabilidad política asociada a la agonía de Franco“Todo el mundo estaba asustado, porque Franco se estaba muriendo y la inseguridad se apoderaba de los negocios, y la gente ponía los capitales a resguardo, o, como él mismo había hecho, fiándose de sus asesores, los depositaba en el extranjero.”

Como entonces, siempre habrá quien adopte la posición pragmática y utilitarista del hijo del protagonista en la novela de Chirbes: 

“Las decisiones que tome las tomaré porque convengan a la empresa, y no por otras razones, papá. No entiendo más razón que la del beneficio. Es algo que me enseñaste tú. ¿O no es ésa la razón de una empresa, de esta empresa? Me da igual un régimen que otro. Si vienen otros, trabajaré con ellos como he trabajado con éstos.”

Hay quien se toma la caída de Cataluña como si fuera un ejercicio escolar de teoría de juegos, sumando los beneficios y perjuicios fiscales y financieros

Con el líder carismático del régimen nacionalista en Cataluña, Jordi Pujol, agonizando políticamente entre denuncias en los juzgados y desprecios en el Parlament, hay quien se toma la caída de Cataluña como si fuera un ejercicio escolar de teoría de juegos, sumando los beneficios y perjuicios fiscales y financieros, con el punto de vista estreñido y retorcido de un contable sin imaginación.  Ingenuo es el que apela a la benevolencia de los catalanistas, pero todavía peor, por estrecho de miras, es el que lo fía todo al “interés”, como si los catalanes fuesen reducibles a un hatajo de carniceros, panaderos, cerveceros y demás botiguers.   Pero hay visiones más amplias y profundas de lo que está en juego. 

En primer lugar, el mismo concepto de democracia. Como subrayó Raül Romeva en su entrevista de la BBC ante el incisivo cuestionamiento de StephenSackur, el principal debate que obliga a posicionarse a los catalanes -y que interpela al resto de españoles y, por extensión necesaria, a los demás europeos- es entre dos tipos de democracia.  Romeva admitió que, efectivamente, el plebiscito en que han convertido los catalanistas unas elecciones autonómicas conlleva enfrentar la “democracia” con el “estado de derecho” (“rule of law”).  O, dicho de un modo mucho más claro, entre “democracia popular” y “democracia liberal”.  La huida hacia delante de Artur Mas, que ha dejado por el camino su alianza con la moderada Unió de Duran i Lleida para echarse en brazos de radicales e incendiarios, está conduciendo a un sector fanatizado de la sociedad catalana, cegada por el victimismo y el patrioterismo, a configurar una república bananera en la que el concepto de “democracia” está corrompiéndose hasta el nivel que los clásicos griegos denominaban “oclocracia”, una tiranía de la mayoría en la que la demagogia y el desprecio por las leyes sustituyen al diálogo y al marco jurídico como forma de hacer política. 

Ahondando en esa diferencia, lo que también se dirime en Cataluña el próximo domingo es la cuestión de los derechos fundamentales. Los catalanistas han usado durante los treinta años de democracia el resentimiento como coartada para el prohibicionismo como método: la lengua española en primer lugar y cualquier manifestación simbólica que tuviera el más mínimo aroma a “español”, empezando, naturalmente, con las corridas de toros, cuando se disfrazó de amor a los animales lo que no era sino odio a los españoles.  O el silbido al himno español convertido en una de esas tradiciones escatológicas tan gratas en el país.  

Bajo la losa del “derecho colectivo de Cataluña” se ha agredido, humillado y ofendido a todos aquellos que se han negado a someterse a esa “dictadura silenciosa” -usando la gráfica descripción que hizo Vargas Llosa de la situación de México bajo el dominio del PRI- que desde Jordi Pujol a Artur Mas, pasando por los gobiernos títeres de Montilla y Maragall, coloca a Cataluña al nivel xenófobo de la Francia de MarineLe Pen o la Hungría de Viktor Orbán

También significan las elecciones catalanas del 27S un cuestionamiento del valor cívico y la musculatura ciudadana de aquellos que son españoles pero no son nacionalistas

También significan las elecciones catalanas del 27S un cuestionamiento del valor cívico y la musculatura ciudadana de aquellos que son españoles pero no son nacionalistas. Son muchos los que reivindican la “marca España” exclusivamente para vestir una pulserita rojigualda o para celebrar los triunfos deportivos de la Roja, pero que a la hora de la verdad se convierten en eunucos políticos, incapaces de levantar la voz del interés general por encima de sus pequeños placeres narcisistas. ¿Cuántos aficionados culés de toda la geografía española se han posicionado contra aquellos que han convertido al FC Barcelona en el buque insignia del movimiento independentista? Mientras que Guardiola, Xavi o Piqué airean contra viento y marea su fervor catalanista, ¿cuántos jugadores españoles en el Barça bajan la cabeza cuando la grada independentista del minuto 17:14 silencio avisa y amenaza miedo? 

En este sentido, un español liberal en Cataluña no sólo tiene el derecho sino el deber ineludible de ejercer el voto el 27S. El único partido que a día de hoy defiende una concepción de España unida en la diversidad, con garantía de los derechos fundamentales, liberal en lo económico y progresista en lo social, con una visión europeísta basada en lo mejor de la tradición española, es el de Albert Rivera e Inés Arrimadas.  El resto es silencio cómplice, en el mejor de los casos, y griterío histérico en el peor.


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