Entre Escila y Caribdis

La bandera española explicada a adolescentes

Al principio de la clase unos alumnos han colgado una bandera de España al fondo del aula. Han captado el espíritu fordiano de El hombre que mató a Liberty Valance y la necesidad de unos símbolos nacionales: en la escuela de Shinbone vemos en las paredes una bandera de los EE.UU. y los retratos de Washington y Lincoln. Ahora falta por analizar lo que significan sus símbolos (¿Plus Ultra?) y estudiar quiénes son nuestros héroes cívicos para poner su retrato (¿Manuel Azaña, Adolfo Suárez?) Se realiza una votación sobre si dejar la bandera y el resultado arroja veinticinco votos que sí, uno que vale pero más pequeña (tamaño folio, patriotismo sí, pero discreto) y otro a favor de retirarla (y casi quemarla). ¿Se extenderá el furor por la bandera y aparecerá en todas las aulas o bien mandarán retirarla?

Los chavales no entienden la inquina contra la bandera que los representa. ¿Por qué tienen que avergonzarse de su país y sus símbolos?

Unos días más tarde los alumnos se quejan de que les han obligado a quitar la bandera. Un par de profesores se han sentido ofendidos. Uno de ellos les ha dicho que es como si alguien colgase una bandera nazi. Los alumnos han argumentado que es un símbolo constitucional y, además, han propuesto una nueva votación. Nada de elecciones. Tienen derecho a hacer huelga pero no a decorar su aula con la bandera de su país. Si fuera la de los Teletubbies…

Los chavales no entienden la inquina contra la bandera que los representa. Son hijos de padres trabajadores, si pudiesen votar en las generales lo harían mayoritariamente por partidos de izquierda. ¿Por qué tienen que avergonzarse de su país y sus símbolos? ¿Por qué hay personas mayores que detestan aquello por lo que ellos sienten un orgullo tan natural como legítimo? ¿Por qué esto no pasa en países de nuestro entorno? 

Entonces les hablan de Pavlov. El fisiólogo ruso comprobó que cada vez que le daba comida a sus perro, estos salivaban. Al mismo tiempo que les servía la comida, tocaba una campana (en la versión sofisticada, un metrónomo).  Al poco tiempo, bastaba con tocarla, sin presentar la comida, para que los perros salivaran. Lo que Pavlov denominó “secreciones psíquicas”. En el cerebro de los chuchos se había producido una asociación.

A estas alturas de la explicación los chavales han pasado de la indignación al estupor. Los han conseguido calmar. Pero, ¿qué tendrán que ver los perros de Pavlov con sus iconoclastas docentes? Evidentemente, tras cuarenta años de franquismo, en gran parte de la izquierda (y el nacionalismo periférico) se ha producido una asociación entre la bandera rojigualda y Franco como la que hay entre los vampiros y los crucifijos o los franceses y los deportistas españoles.  Si, además, suena el himno de la Marcha Real les entran unas irresistibles ganas de soplar pitos, trompetas y vuvuzelas.  Lo podríamos denominar “secreciones psicopolíticas”.

Durante un mitin de Carrillo en los años 70, a algunos despistados se les ocurrió sacar una bandera republicana y fueron los propios servicios de orden del PCE los que les hicieron una dura “autocrítica”

Ahora ha llegado al momento de hablarles no de Carlos III, el responsable de los fulgurantes colores para que se viera a tope la bandera en las procelosas aguas oceánicas, sino de Santiago Carrillo, un señor del que no tienen ni idea pero que en su momento fue el líder indiscutible de la extrema izquierda en España. Y lo de “indiscutible” no era tanto por su respetada autoridad sino porque tenía muy malas pulgas, como no se cortaba en relatar Jorge Semprún. El caso es que en las conversaciones, tras la muerte de Franco, entre el falangista Adolfo Suárez y el comunista Santiago Carrillo se llega a un acuerdo por el que si el primero legalizaba al PCE, el segundo aceptaba al monarca que había señalado el dictador como su sucesor y la bandera rojigualda en lugar de la tricolor de la II República. Ambos cumplieron su pacto que fue un simbólico “pelillos a la mar” respecto de posibles recriminaciones mutuas. Cuenta Gregorio Morán en su biografía del primer presidente de la Transición como, durante un mitin de Carrillo en los años 70, a algunos despistados se les ocurrió sacar una bandera republicana y fueron los propios servicios de orden del PCE los que les hicieron una dura “autocrítica”.

Pero una cosa es que la izquierda acogiera aquel acuerdo por interés y otro que le llenase el corazón de gozo. Y de aquellos resentimientos, estos rencores.  Entretanto, y como en los versos de Jon Juaristi explicando el terrorismo vasco “¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes,/ por qué hemos matado tan estúpidamente?/ Nuestros padres mintieron: eso es todo”, algunos adultos han intentando ensuciar el corazón de sus hijos con sus paranoias en clave de “memoria histórica”.  ¿Qué pueden hacer entonces esos jóvenes para los que Franco no es más que un dinosaurio de Jurassic Park?  Pues sólo cabe lo que Luis Alberto de Cuenca le decía a una malcasada insatisfecha en busca del tiempo perdido, que espere a ver si

“tus hijos se van a un campamento,

y tus padres se mueren.”


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