OPINIÓN

Para acabar de una vez por todas con la democracia

El ideal ilustrado de que una educación universal haría minimizar los sesgos cognitivos y emocionales, así como maximizar los conocimientos necesarios para un voto informado, se está mostrando cada vez una creencia ilusoria.

Para acabar de una vez por todas con la democracia
Para acabar de una vez por todas con la democracia EFE

La elección de Donald Trump ha sido la gota que ha colmado el vaso de “los mejores y más brillantes”, por usar la expresión con la que se referían a sí mismos los miembros del Camelot de Kennedy. ¿Hasta cuándo las élites intelectuales van a aguantar la idiocia, la vulgaridad y el resentimiento de las masas? El Brexit y el referéndum de Colombia son otros dos casos en los que el pueblo “evidentemente” se ha equivocado. Tras un par de siglos aspirando a que la democracia representativa se extendiese por todo el mundo ahora que estamos tan cerca de conseguirlo, el sueño democrático naufraga en las arenas movedizas del populismo, con la gente echándose en brazos de multimillonarios soeces y profesores demagogos.

Si anteriormente la izquierda defendía la extensión del sufragio a los trabajadores aunque el nivel de estudios fuera bajo, ahora se ha dado la vuelta la tortilla

En el caso de Trump se insiste por parte de la prensa adversaria, que es casi toda, en que su éxito electoral ha sido posible gracias a los “votantes rurales, pobres y de bajo nivel de estudios”.  Si anteriormente la izquierda defendía la extensión del sufragio a los trabajadores aunque el nivel de estudios fuera bajo, ahora se ha dado la vuelta la tortilla y se percibe que los trabajadores están votando a la derecha ya que está a favor de medidas proteccionistas y antiglobalizadoras, mercantilistas y antiliberales, que les favorecen.  Además de los “rurales y pobres” también se señala acusadoramente a los “mayores de 45 años”, personas con un nivel de estudios supuestamente inferior o, en cualquier caso, con un tipo de conocimiento presuntamente obsoleto y desactualizado.

¿Y si volviésemos al sufragio censitario?  Desde Platón, la “democracia pura” no ha contado con las simpatías de los intelectuales. El filósofo ateniense diseñó un sistema de poder en manos de una élite del conocimiento. Dos mil quinientos años después, poco más o menos, el filósofo libertario de Estados Unidos Jason Brennan ha propuesto algo semejante en Against the democracy. Es cierto que en la democracia contemporánea las decisiones que pueden tomar los representantes populares están muy limitadas por instituciones “platónicas”. La Reserva Federal o el Tribunal Supremo en Estados Unidos son dos ejemplos de cómo la política monetaria o el sistema de justicia se han independizado en gran medida del control popular para estar en manos de “expertos”. En Gran Bretaña, el Brexit está puesto en jaque porque su Corte Suprema ha acotado la extensión del referéndum popular, exigiendo que sea refrendado por el Parlamento.

Pero, como decía, incluso estas instituciones “platónicas” están en permanente estado de amenaza por parte de dirigentes “democráticos” que tratan de someter la verdad que aquellas encarnan a las mentiras sobre las que se aupan las últimas. Así, Donald Trump va a tener en sus manos nombramientos claves tanto en la Reserva Federal como en el Tribunal Supremo, teniendo en cuenta además que el Congreso y el Senado tienen mayoría del mismo partido que el Presidente. 

En el pasado, el sufragio censitario por cuestiones culturales o académicas se utilizó torticeramente para causas espurias, como era discriminar a los negros en los Estados Unidos hasta la década de los 60

En el pasado, el sufragio censitario por cuestiones culturales o académicas se utilizó torticeramente para causas espurias, como era discriminar a los negros en los Estados Unidos hasta la década de los 60. Pero en la actualidad se usaría para evitar que aquellos que no tuvieran el conocimiento mínimo deseado pudiesen emitir un “voto válido”. Al fin y al cabo, ya se “discrimina” a los que tienen menos de una determinada edad porque se supone que hace falta cierta madurez y determinados conocimientos para poder efectuar el voto de manera autónoma. Pero es dicha presunción la que ahora se está poniendo en cuestión. El ideal ilustrado de que una educación universal haría minimizar los sesgos cognitivos y emocionales, así como maximizar los conocimientos necesarios para un voto informado, se está mostrando cada vez una creencia ilusoria.

Cabría experimentar con diversos sistemas censitarios según el conocimiento. Un voto ponderado según títulos académicos haría que alguien sin estudios tuviera un voto mientras que con un par de carreras universitarias y un Máster, por ejemplo, tuviera diez. También podría hacerse una analogía con el carnet de conducir con lo que habría que pasar un examen de conocimientos para poder votar, fundamentalmente de temas relacionados con las ciencias sociales, aunque fuese a nivel introductorio sobre economía, política, psicología, filosofía y sociología. O, siguiendo el modelo de las “instituciones platónicas” al estilo de los bancos centrales o los tribunales supremos, multiplicar los “comités de sabios” en las distintas áreas que tomasen el control de las políticas más complejas y sensibles, dejando la cuestión electoral-popular para temas más locales y de menor complejidad (elegir el candidato para Eurovisión y cosas así).

Tampoco se trata de retroceder a un despotismo ilustrado encarnado en una jerarquía de clase social

Con Platón estamos todos de acuerdo en que una democracia directa y sin límites lleva a la degeneración del concepto. Que una cosa es que el poder resida en el pueblo, un fundamento democrático que no discute casi nadie en la actualidad, y otra cosa bien diferente que dicho poder lo deba ejercer el pueblo directamente, que tampoco es defendido en general salvo por la habitual aldea irreductible de anarquistas. Por otra parte, sin embargo, tampoco se trata de retroceder a un despotismo ilustrado encarnado en una jerarquía de clase social. En lo que han fallado hasta el momento los gobiernos platónicos es en contemplarse irremediablemente conectados con dictaduras, ya sea de clase, como en el caso de los bolcheviques, o de raza, como los nazis. 

Es posible combinar la democracia popular con la “epistocracia” platónica de manera que sea posible un gobierno del pueblo para el pueblo y con el pueblo. Pero no cualquier pueblo sino un pueblo informado, educado y cultivado, cuyo derecho a votar no está constreñido por cuestiones de raza, ideología, sexo, religión o cualquier otro factor arbitrario. Una democracia que revista la estructura de funcionamiento de la Wikipedia. La única forma de salvar a la democracia es mejorar el actual sistema democrático, impulsando medidas que favorezcan el conocimiento y el pensamiento racional en lugar de la empatía arbitraria y la sentimentalidad irracional. Hay que tener en cuenta que Jason Brennan es un libertario, es decir, alguien muy consciente de la tensión existente entre el liberalismo económico y el democrático, que están conduciendo a una burbuja de expansión del control burocrático y del gasto público hasta el infinito y más allá. 

Es una ilusión creer que los “progres” ostenten la primacía del conocimiento y la cultura como muestra el analfabetismo matemático de Almudena Grandes o el ridículo de Manuel Vicent

Por supuesto, no hay que descartar que con unas elecciones más “epistemocráticas” no se repitiese tanto el resultado del Brexit, Colombia y las elecciones presidenciales norteamericanas.  Porque como señala Francis Fukuyama, por ejemplo, a Trump lo han votado desde “better-educated and more well-off voters as well”.  Es una ilusión creer que los “progres” ostenten la primacía del conocimiento y la cultura como muestra el analfabetismo matemático de Almudena Grandes o el ridículo de Manuel Vicent, “practicamente un analfabeto” que ignora que Trump es licenciado en economía por una de las mejores universidades norteamericanas.  Finalmente, huyendo de la Escila de la “Idiocracia” podríamos terminar cayendo en la Caribdis de la “Listocracia”.


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