Entre Escila y Caribdis

El TTIP desde un punto de vista filosófico

Donald Trump y Pablo Iglesias, nuestros populistas favoritos, nos sirven de guía, desde la extrema derecha y la extrema izquierda, sobre lo que no debemos pensar. También, en otros órdenes, el Papa Francisco y Greenpeace, los grupos antiabortistas y las feministas de género, curiosas pinzas ideológicas contra todo lo que signifique libertad política e innovación tecnológica. En el caso que nos ocupa la frase “El TTIP es una locura total” la podría haber pronunciado tanto el orate de New York (lo que es el caso) como el iluminado de Vallecas.

La repercusión de estos acuerdos va mucho más allá de la cuestión contable o laboral, afecta a la misma estructura socio-económica del mundo

Marina Albiol, otra ultraizquierdista en el Parlamento Europeo, criticó el TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership o Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (ATCI)) por una cuestión política antes que económica: “es un asalto a la democracia”. Nunca es tarde para recordar que con el concepto de “democracia” comunistas como Albiol se refieren a “democracias populares” como Cuba o Venezuela, no al de “democracia liberal o constitucional” que es el mayoritario, afortunadamente, en la Unión Europea. Y es que precisamente un tratado de libre comercio es uno de los bastiones de la democracia liberal que involucionistas como Trump o Iglesias, Albiol o Le Pen, quisieran socavar en aras de sus respectivos proyectos de sociedades cerradas.

Aunque se suele argumentar a favor de dichos tratados liberales invocando tanto el crecimiento del PIB como la creación de empleo, lo cierto es que la repercusión de estos acuerdos va mucho más allá de la cuestión contable o laboral, afectando a la misma estructura socio-económica del mundo.

“El hombre quiere concordia; pero la naturaleza sabe mejor lo que para su especie es bueno: ella quiere discordia”. Si hacemos caso omiso de su retórica antropomórfica de deseos y creencias atribuida a la “naturaleza”, Kant hace, en el opúsculo Idea de una historia universal con propósito cosmopolita, un sucinto diagnóstico del conflicto que funciona como el motor de esa cosa que hemos llamado “progreso”, entre la ambición de mejorar y la tentación de descansar. Aunque racionalista, late en la frase de Kant la premonición de lo que luego románticos como Schopenhauer o Nietzsche denominarán “voluntad (de poder)”.

El capitalismo lib-tech -ese combo de economía de mercado, democracia parlamentaria y ciencia tecnológicamente orientada- ha sido el sistema que mejor recoge esa pulsión humana hacia la “destrucción creadora”, en expresión genial de Schumpeter. El movimiento que busca la concordia a través de la discordia. Pacificando el guerrero lema latino “si vis pacem, para bellum”, el capitalismo lib-tech ha transmutado la guerra militar de suma cero en una guerra económico-política-tecnológica de suma positiva. Tras una batalla hay, en el mejor de los casos, un ganador y un perdedor. Sin embargo, tras un negocio, siempre que cumpla las condiciones de posibilidad de una sociedad abierta, habrá dos ganadores (y será tanto más justo en cuanto que el más desfavorecido en principio gane más con el intercambio).

Para llegar a esta sociedad cosmopolita los tratados de libre comercio constituyen la puerta de entrada, dado que contribuyen a generar confianza y comunicación a través del beneficio económico. La dinámica del negocio funciona a modo de pendiente resbaladiza virtuosa hacia un ocio civilizatorio. Al destruir el proteccionismo económico también contribuye a desintegrar el nacionalismo identitario, ampliando perspectivas, cuestionando estereotipos, deconstruyendo dogmas. El “catetismo”, del que el nacionalismo es fase superior, se cura viajando, decía Pío Baroja; pero si además comerciamos, la curación es más rápida y duradera. 

Los resultados positivos sobrepasan en mucho a la prosperidad. Apuntan hacia ese cosmopolitismo del que habla Kant

El TTIP que en la actualidad se está negociando va a ser beneficioso tanto para Estados Unidos como Europa. Y, de paso, para el mundo. Si, por ejemplo, Estados Unidos es demasiado laxo en la defensa de los consumidores frente a los productores, en Europa se es demasiado intransigente con las nuevas tecnologías. No tiene sentido la inquisición “ecológicamente correcta” de la UE que sataniza los transgénicos, contra el criterio de los científicos y el beneficio de las empresas y los consumidores. Tampoco lo tiene la falta de información y protección de los consumidores europeos. Por ejemplo, cuando me compré un ebook en Amazon de Estados Unidos me topé con la sorpresa de que caducaba la garantía mucho antes de lo habitual en Europa. Pero aunque los beneficios económicos sean máximos -en términos de 400.000 empleos y 120.000 millones de dólares-, los resultados positivos sobrepasan en mucho a la prosperidad ya que apuntan hacia ese cosmopolitismo del que habla Kant, una de las señas de la identidad de la Ilustración.

Al mismo tiempo que el TTIP entre Estados Unidos y Europa se está negociando el TTP (Tratado de Asociación Transpacífico) entre Estados Unidos y varios países asiáticos. Con el horizonte puesto en un Tratado Mundial (“un tratado para liberarnos a todos”, parafraseando Tolkien) que una a todo el planeta en una zona de libre intercambio de productos y servicios, una sola moneda y una estructura federal de articulación política en la que la mayor parte de los países sean repúblicas o monarquías liberales y en el que la civilización consiga articular las diversas culturas en un proceso de moralización creciente. Con las tecnologías bioinformáticas de mejora humana realizando injertos en la madera torcida de la humanidad, que creía Kant que nunca podríamos enderezar. Ya veremos.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba