Entre Escila y Caribdis

Sócrates contra Catalunya

En el estreno de Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano en Barcelona no he visto a Ada Colau. Lástima. El filósofo le explica a Critón que las leyes hay que cumplirlas aunque no nos gusten, aunque pensemos que son injustas, una lección a contrapelo de la alcaldesa que declaró “Si hay que desobedecer las leyes que sean injustas, se desobedecen”. Por otra parte, la obra dirigida por Mario Gas es un pequeño desastre en lo filosófico y en lo teatral. Empezando por lo último, José María Pou es un gran actor pero para interpretar a Gorgias. Es demasiado afectado y ostentoso para encarnar el talante introspectivo y misterioso de Sócrates, junto a Jesús y Hamlet, uno de los tipos más enigmáticos de la literatura universal como sostiene Harold Bloom. Encima, tiene a su lado a Carlos Canut que por físico y temperamento actoral ha nacido para hacer de Sócrates, mucho más contenido e irónico allí donde Pou es enfático y sarcástico. El mejor papel para Pou en esta obra sería precisamente el de Meleto, el acusador de Sócrates, haciendo así la acusación más creíble y potente.

El nacionalismo es intrínsecamente racista y de ahí esa división étnico-lingüística entre “nosotros” y “los otros”

Paradójicamente, Mario Gas le dedica la obra a la “Europa de los ciudadanos” en contra de la “Europa de los capitales” cuando fue un referéndum, en forma de jurado popular, el que declaró culpable, ¡dos veces!, a Sócrates. Y es que el director ha caído en la trampa de presentarnos una platónica -es decir, idealizada y sesgada- apología de Sócrates, eliminando cualquier vestigio de dramaturgia minusvalorando, como solía hacer Platón, a sus adversarios. Si Sócrates era por talante un subversivo, Mario Gas lo convierte en una especie de Paulo Coelho ateniense. Superficial y previsible (desde el principio sabemos que Sócrates muere, obviamente, pero lo que no tiene que quedar claro es que sea inocente), sin embargo, al público barcelonés le encantó, aplausos enfervorizados incluso cuando Pou les riñó por usar demasiado el móvil (es ya un axioma en los teatros y cines españoles que haya al menos un idiota al que le suena o que moleste a los demás con el resplandor de la pantallita porque tiene que consultar urgentemente el maldito whpp).

Tampoco estaban en la representación socrática Artur Mas o su consejero de Presidencia, Francesc Homs, el cual ha declarado que no puede aceptar “la legalidad española”. Es decir, la “de los otros”. Para Mas y Homs la legalidad española es ilegítima por definición, y da igual que el Jefe del Estado sea un general aupado por las armas que un monarca respaldado por una Constitución democrática. El nacionalismo es intrínsecamente racista y de ahí esa división étnico-lingüística entre “nosotros” y “los otros”. El nacionalismo es esencialmente antiliberal, por eso esa reivindicación de la nación metafísica contra los concretos derechos individuales. El nacionalismo es sustancialmente golpista, por lo que Mas está preparándose para declarar la república independiente de Cataluña siguiendo los pasos de Companys en su puñalada trapera a la II República, culpable a sus ojos racistas, antiliberales y golpistas de ser “española”.

Decía Steve Jobs que cambiaría toda su tecnología por una tarde de conversación con Sócrates, pero Jordi Pujol no cambiaría ni una sola de sus cuentas en Suiza por un rato de conversación con Pla

Sócrates, maestro supremo de la ironía y del librepensamiento, fue asesinado por un jurado popular ateniense. Y es que, parafraseando a Virgilio en la Eneida, temo a los griegos sobre todo cuando traen referéndums. Otro maestro supremo de la ironía fue Josep Pla, el mejor escritor catalán tanto en español como en catalán al que Jordi Pujol definió como un “señor que no es ni un dirigente ni un orientador de la juventud ni, tampoco, de Cataluña en general. No lo quiere ser, pero si lo quisiera, no lo podría ser… por su inadecuación espiritual, hoy, a las necesidades y anhelos del país”. Decía Steve Jobs que cambiaría toda su tecnología por una tarde de conversación con Sócrates, pero Jordi Pujol no cambiaría ni una sola de sus cuentas en Suiza por un rato de conversación con Pla en su masía del Bajo Ampurdán. En Cataluña está sucediendo como en Grecia: escasas veces tan pocos charlatanes e impostores van a hacer sufrir a tantos. Con el beneplácito de los damnificados, también es verdad. Arcadi Espada, un heterodoxo Sócrates de la Rambla, ha descrito en “Contra Catalunya” el país inventado por los catalanistas como una entidad mítica construida sobre la hegemonía del nacionalismo y la rendición de la izquierda a los dogmas del terruño. Del 24 de septiembre al 18 de octubre para lamerse las heridas de su anunciada derrota en las urnas el 27-S tanto Ada Colau como Artur Mas tendrán otra oportunidad para aprender de Sócrates cómo funciona la auténtica democracia en el Teatro Romea.

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Imagen de cabecera: La muerte de Sócrates, de Jacques-Louis David (1787)


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