Entre Escila y Caribdis

Irrational Man

Delitos y faltas (1989), Match Point (2005), El sueño de Casandra (2007) y ahora Irrational Man (2015). Cada cierto tiempo, Woody Allen relee a Dostoievski y se pone a matar gente para experimentar qué es lo que se siente. La sala cinematográfica convertida en un laboratorio virtual ético. Sostiene el psicólogo David Buss que casi todo el mundo ha imaginado que alguna vez mata a alguien. Concretamente el 91% de los hombres y el 84% de las mujeres. Buss afirma que lo sorprendente no es tanto la cantidad de los deseos homicidas sino la intensidad de los mismos. Parece que matar no es sólo una estrategia racional en determinados casos sino que podría ser también una respuesta emocional que nos produce placer, como a otras especies depredatorias, de los lobos a los leones pasando por otros primates como los chimpancés. Kubrick lo mostró a la perfección en su famosa secuencia del mono asesino al principio de 2001, una odisea del espacio.

De eso va

Irrational Man, de que matar puede ser tan estimulante y adictivo como un chute de cocaína

Pues de eso va Irrational Man, de que matar puede ser tan estimulante y adictivo como un chute de cocaína (según me dicen los que la han probado). Es una gran película de Allen, una combinación, agitada no mezclada, de La sombra de una duda (Hitchcock, 1943) y El extraño (Welles, 1946). O cómo llenar un vida con la muerte y el hechizo que ejerce el reverso tenebroso de la inteligencia. De cómo la salvación a una vida vacía puede estar en vivir a tope, matar rápido y dejar bonitos cadáveres. Salvación pero también peligro. Todo sea por sentir la adrenalina y el cortisol corriendo sin freno por las venas.

El protagonista de Irrational Man es un patético profesor de filosofía, una versión norteamericana de los “enfaticalistas” de los que se burlaban Stanley Donen y Fred Astaire en Una cara con ángel (1957), aquellos existencialistas parisinos cuyo bullshit acerca del suicidio y el nihilismo les procuraba una coartada para llevarse a groupies intelectuales al huerto en Montmartre. Un bullshit compuesto de cháchara hueca rellenada como un salchichón de manera grotesca y estereotipada de citas filosóficas. Con ínfulas de Emil Cioran que, sin embargo, se ha quedado en un Risto Mejide que sabe escribir “Kierkegaard” sin faltas de ortografía, a nuestro profesor de Filosofía en una universidad provinciana, donde el adulterio es una forma como otra cualquiera de conocer gente, la salvación a una vida dominada por el hastío y la angustia le vendrá dada a partir de emociones tan fuertes como absurdas, de una rollo con una pija progre a la búsqueda de experiencias fuertes que poner en su CV al asesinato como nuevo y original capítulo del típico manual de autoayuda. 

Woody Allen es cruel con su protagonista pero con estilo, inmisericorde pero con clase. Para ejemplificar la tesis de la banalidad del mal de Hannah Arendt no escoge a un mediocre chupatintas como Eichmann sino a un tipo que recita a Dickinson por la mañana, da clases sobre Sartre por la tarde y escribe una tesis a propósito de Heidegger por la noche. Más fan de la filosofía continental que de la analítica porque la primera responde al significado que tiene la vida “para mí” (me temo que no sería tan fascinante para sus minifalderas alumnas si explicase Dos dogmas del empirismo de Quine o El nombrar y la necesidad de Kripke). La reacción que le hace tomar Woody Allen a su protagonista cuando finalmente debe asumir la responsabilidad de su acción moral es como si cortase a Joaquin Phoenix de arriba abajo con un escalpelo, abriéndole en canal y dejando que las tripas se le deslicen por la panza prominente y obscena.

Las comedias de Allen son cada vez más dudosas, pero sus tragicómicos ensayos filosóficos en forma de drama se superan a medida que su pesimismo se acrecienta

Las comedias de Allen son cada vez más dudosas, pero sus tragicómicos ensayos filosóficos en forma de drama se superan a medida que su pesimismo se acrecienta, sin caer por ello en la negrura sino en una pasmosa lucidez no exenta de curiosidad y admiración. Como la que sentía la amoral Cameron Díaz (El consejero, Ridley Scott, 2013) por sus guepardos cuando cazaban conejos a más de 100 kilómetros por hora en la campiña mexicana sin perder la elegancia en la crueldad. 

Es fundamental el contrapunto jazzístico de la banda sonora para comprender la coloratura sarcástica que se imprime a la pieza. Destaca el Ramsey Lewis Trio pero también Johann Sebastian Bach, acompañados de Daniel May Jazz Combo, Michael Ballou, Paul Eakins o The Jimmy Bruno Trio. Tanto trío musical no es casualidad porque la tragedia criminal se construye sobre un trío sexual. Allen es un ironista supremo, filma ideas con música tanto con imágenes. Y un pensador jovial. No es que sea incapaz de ponerse serio sino que en mitad de un entierro es capaz de hacer un chiste oblicuo, sutil y pendenciero sobre el de cuerpo presente. A pesar de que en su país se la tiene jurada la América más religiosa y pacata por su relación afectiva con su “hija adoptiva”, Allen sigue aficionado a mostrar en pantalla las relaciones peligrosas entre hombres de mediana edad con jovencitas a falta de un hervor. !Más madera, que es la guerra!

Allen es único dirigiendo actores aunque los deja a su aire, más según el método invisible de William Wyler que en el enfático y tortuoso de Elia Kazan. Sobre todo sabe sacar lo mejor, como George Cukor, de sus actrices. Emma Stone está perfecta. Y bella. Esta mujer es capaz de controlar hasta el tamaño de sus pupilas. Joaquin Phoenix, un actor proteico, hace de su barriga cervecera, aunque es más bien consecuencia del whisky de malta, un prodigioso recurso interpretativo para reflejar la dejadez y la falta de tono existencial de su neurótico protagonista.

Allen juguetea con la idea de que en realidad no hay relación alguna entre la acción mala o malvada y el premio o el castigo

Hay dos libros que destacan entre las lecturas dostoievskianas de este profesor borrachín, impotente y pedantuelo: El idiota y Crimen y Castigo. El primero es sobre un tipo tan bueno que llega a ser idiota. Nietzsche solía decir que Jesucristo era un idiota en el sentido dostoievskiano. Crimen y castigo también fue utilizado por Allen en Delitos y faltas y era el leitmotiv de Match Point. Pero a diferencia del cosmos justiciero del novelista ruso, Allen juguetea con la idea de que en realidad no hay relación alguna entre la acción mala o malvada y el premio o el castigo, que pasan a ser elementos puramente probabilísticos debido al puro azar. Decía Einstein al criticar la mecánica cuántica que no creía que Dios jugase a los dados. Pero en el universo woodyallenesco me gusta imaginar que a la hora de escribir en los guiones el destino de sus protagonistas, el director neoyorquino se juega su suerte, nunca mejor dicho, a cara o cruz.


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