En el límite

Las lecciones de Abengoa

La caída de Abengoa, abocada al concurso de acreedores, ha sorprendido a propios y extraños. Se habla de huída hacia adelante, de recurso excesivo a la deuda, de erradas decisiones. También de la peculiar composición del Consejo de Administración, esa promiscua relación entre gran empresa y política, tan común en España. O del nuevo desatino de las auditoras, su incapacidad para prever la que se avecinaba. Pero hay algunas lecciones adicionales, como la relevancia de los conflictos de intereses. O los pies de barro de ciertas empresas, esa fragilidad oculta tras la grandiosa apariencia: el futuro de las grandes corporaciones depende menos de su eficiencia, de su buena gestión, que de ciertas decisiones políticas.

El nuevo gatillazo de las auditoras, en este caso Deloitte, es la historia repetida, un patinazo mucho más conectado a incentivos y motivaciones que a incompetencia profesional. Mucha gente cree que la solución a los problemas consiste en dejar los asuntos complejos a los expertos, atenerse a sus recomendaciones y sugerencias. El timón siempre en manos diestras, no en las de cualquier botarate. Pero la sabiduría, la competencia profesional, aun necesaria, nunca es suficiente sin la disposición adecuada. Los resultados de la actividad profesional pueden ser decepcionantes si el ámbito institucional, formal o informal, favorece y potencia los conflictos de intereses.

El conflicto de intereses surge cuando los objetivos egoístas del experto difieren de los criterios que dicta su obligación profesional

Los omnipresentes conflictos de intereses

El conflicto de intereses surge cuando los objetivos egoístas del experto difieren de los criterios que dicta su obligación profesional. Cuando el beneficio material del agente no coincide con el del público, con el de la sociedad a la que debe servir. La auditoría resulta muy conflictiva porque el auditado contrata y paga a su controlador. Y es humana es la tendencia a suavizar los informes negativos sobre quien nos da de comer. Aunque el verano pasado se reformó la ley de auditoría a partir de una directiva europea, no es probable que el conflicto de intereses desaparezca sin dejar rastro. Ya se sabe que, en España, el efecto beneficioso de un cambio normativo parcial dura justo el tiempo que tardan los agentes implicados en confabularse, en buscar los huecos que permitan regresar a la trayectoria acostumbrada. Casi siempre con la complicidad de las autoridades.

Pero no sería justo apuntar con el dedo acusador a los auditores, cargar sobre ellos todas las culpas. El conflicto de intereses es una tendencia perversa que afecta a muchos colectivos. Directivos de empresas, abogados, economistas, profesores, médicos, agentes inmobiliarios, dentistas... etc. son profesionales frecuentemente afectados por estos dilemas. Por no hablar de políticos, jueces o periodistas. El enfoque benévolo, frecuentemente esgrimido por los protagonistas, sostiene que tales conflictos son más bien inocuos, que hay "manzanas podridas", pícaros redomados, pero que la mayoría de los profesionales vence la tentación, se atiene a criterios éticos. Y quizá algunos protagonistas lo crean sinceramente. Pero, a veces, la desviación perversa ni siquiera es deliberada o totalmente consciente.

Muchos profesionales no son plenamente conscientes de la acumulación de presiones para alterar sus criterios, un proceso que algunos autores han denominado "seducción moral". En un ambiente donde lo normal es actuar torcidamente, es fácil perder el norte, la sensación de hacer algo incorrecto. Por ello, los sistemas corrompidos poseen tan fuerte inercia: la mayoría se deja llevar por la corriente, por lo que observa del resto. La solución eficaz pasa por reformas institucionales muy profundas, capaces de alterar la percepción de los participantes, establecer un tipo diferente de equilibrios informales, de códigos éticos y profesionales ampliamente aceptados y aplicados por todos los colectivos.

Beneficios que penden del BOE

La segunda enseñanza del caso Abengoa es que, en un sistema como el español, caracterizado por el favoritismo, el intercambio de favores, con barreras a la competencia en muchos sectores, la previsión sobre el futuro de ciertas empresas resulta un tanto complicada. Puede que sea otro motivo por el que los auditores intentan no mojarse hasta el final. Utilizando el término acuñado por Douglass North, fallecido la semana pasada, en los regímenes de acceso restringidola perspectiva de beneficios futuros puede estar sujeta a súbitos cambios, pues no depende del mercado sino de caprichosas decisiones políticas. Ciertas corporaciones obtienen suculentas ganancias, no precisamente por su buena gestión, sino por subvenciones o un tratamiento normativo favorable.

Una simple línea torcida en el BOE, reduciendo las subvenciones, o la caída en desgracia de Juan Carlos como conseguidor, pueden convertir grandes empresas en candidatos a la quiebra

Por ello, las grandes empresas tienden a dedicar muchos recursos a obtener el favor de los gobernantes, en el caso de Abengoa abriendo de par en par las puertas giratorias a políticos, o a personajes cercanos a Juan Carlos. El peligro de los sistemas restringidos es que a veces se modifica el equilibrio de poder, cambia la coalición gobernante. Y una simple línea torcida en el BOE, reduciendo las subvenciones, o la caída en desgracia de Juan Carlos como conseguidor, pueden convertir grandes empresas, aparentemente sólidas y prometedoras, en candidatos a la quiebra. ¿Cómo asignar un valor fiable a corporaciones cuyas ganancias futuras dependen de imprevisibles movimientos políticos?

Así, el proceso de destrucción creativa, ese mecanismo de selección que elimina empresas ineficientes y salva a las mejores, se trastoca. En los regímenes de libre acceso, caracterizados por la competencia, por la existencia de leyes objetivas e iguales para todos, la rentabilidad y supervivencia de las empresas dependen de la calidad de su gestión, de la innovación, de la aceptación del consumidor. Pero, en el marco español, el beneficio está marcado por la posición en el sistema de intercambio de favores. ¡Qué desperdicio de ingenio, valía, mérito y esfuerzo! El futuro está escrito, sí, pero no en los astros ni en los posos del té, sino en una mísera y soporífera página del BOE que todavía está por salir.


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