En el límite

España y el referéndum del 'Brexit'

El 23 de Junio, los ciudadanos del Reino Unido votan en referéndum su continuidad en la Unión Europea o su abandono (Brexit). La UE queda así abierta a debate público, con sus pros y contras, no como en España donde siempre fue un dogma. Y el concepto "Uropa", un argumento de autoridad que cerraba cualquier discusión. Quizá por la insistente propaganda, o por un estúpido complejo provinciano, siempre fuimos los más europeístas sin llegar a plantearnos el significado. Mucho menos las ventajas e inconvenientes.   

Las encuestas, y el deslizamiento de los referendos hacia el statu quo, apuntan a la permanencia del Reino Unido, pero el resultado sigue abierto. Y en estos debates se mezclan argumentos sensatos con proclamas dirigidas a las emociones del público. Los contrarios a la permanencia apelan al orgullo patrio herido, a una Gran Bretaña diluida en un club, dominado por Alemania y menguante en importancia dentro de una economía globalizada. Los partidarios de la UE, por su parte, intentan asustar con las graves consecuencias económicas que tendría la salida para el Reino Unido, algo imposible de determinar a priori pues nadie conoce los detalles de la opción alternativa, esto es, el nuevo acuerdo que regirá la relación de Gran Bretaña con los países miembros tras un eventual abandono de la Unión.

¿Existe un déficit democrático en las políticas de la UE?

Pero, entre toda la hojarasca, hay un interesante argumento de fondo que esgrimen los contrarios a la UE, una idea con implicaciones para todos los países, incluido el nuestro. Sostienen que Gran Bretaña cedió parte de su soberanía a unas instituciones sometidas a un control democrático imperfecto, a unas burocracias que no responden ante los ciudadanos, a unas élites designadas, no elegidas. Afirman que hay determinadas normas y regulaciones nocivas para el Reino Unido, establecidas con criterios burocráticos, que los ciudadanos británicos no pueden cambiar con su voto, como sí ocurre con las políticas nacionales. ¿Existe un déficit democrático en las políticas de la UE? ¿Las normas y regulaciones que dicta la UE son demasiado restrictivas?

¿Déficit democrático en la UE?

La Unión Europea se dotó de una burocracia técnica, supuestamente neutral, capaz de ejercer tareas de armonización en los mercados. El déficit democrático no se manifestó mientras las instituciones europeas ejercieron mayoritariamente tareas técnicas. Pero, poco a poco, y especialmente a raíz de la crisis, fueron tomando decisiones más políticas, aquéllas que son objeto de controversia, las que deben ser sometidas a estricto control democrático.

Las últimas reformas han reforzado el papel del Parlamento Europeo, pero en países como España, con listas cerradas, baja participación y poca información sobre las tareas parlamentarias, el control de los electores sigue siendo muy débil. Y el español medio vota,  cuando lo hace, con meras claves de política nacional. Quizá porque sabe que, tras introducir una lista en la urna, los escogidos se integrarán en la disciplina de su grupo en Bruselas o Estrasburgo, acatarán las órdenes del jefe, se darán a la buena vida y no se les volverá a ver el pelo hasta cinco años después. Falta en España mucha transparencia, apertura de miras y confrontación de ideas para que Europa deje de ser una nebulosa, un agujero negro en el imaginario del votante medio. Es cierto que las decisiones importantes las toman los gobiernos miembros, pero el argumento “viene obligado desde Europa” sirve en ocasiones como excusa,  para que los dirigentes nacionales eludan sus responsabilidades.

Existe déficit democrático en la UE pero... no más que en España

Aun así, los defectos de la UE son relativos, deben valorarse en términos comparativos. Existe déficit democrático en la UE pero... no más que en España. Y las regulaciones son restrictivas, pero mucho menos que las impuestas por las administraciones patrias. En España se diluyó la separación de poderes, desaparecieron controles y contrapesos, los órganos del Estado perdieron su esencia, su neutralidad, convirtiéndose en meras correas de transmisión de los partidos. Y surgió una clase política poco fiable, mediocre, estrecha de miras, centrada en la contemplación de su ombligo... y su bolsillo. Las administraciones, especialmente las autonómicas, han venido promulgando una auténtica selva de enrevesada legislación, una hiperregulación que entorpece la creación de empresas, la competencia y el empleo.

Burócratas europeos: tuertos en un país de ciegos

Por ello, los burócratas de la UE, sin ser especialmente fiables, son menos insensatos y más rigurosos que nuestra clase política; algo que tampoco tiene mucho mérito. Son los tuertos en un país de ciegos. Al menos los europeos intentan fijar reglas comunes, mejores o peores, en pugna con nuestras Comunidades Autónomas, siempre empeñadas en establecer barreras, en imponer regulaciones distintas a las del vecino. Los burócratas europeos tienen muchos defectos pero son preferibles a los políticos patrios y, desde luego, a los nefastos caciques autonómicos.

Las ataduras sobre las decisiones políticas nacionales pueden molestar en el Reino Unido pero, por el principio del mal menor, no deberían incomodar en España

Las restricciones y ligaduras externas, que pudieran ser un inconveniente, un lastre, en países con controles democráticos aceptables, constituyen, por el contrario, un alivio en países con un sistema político muy defectuoso, con gobernantes capaces de tomar cualquier decisión por descabellada que sea. Las ataduras sobre las decisiones políticas nacionales pueden molestar en el Reino Unido pero, por el principio del mal menor, no deberían incomodar en España.

Con unos dirigentes que disfrutan como cosacos promulgando toneladas de legislación, poniendo trabas a la actividad económica, inmiscuyéndose en la vida privada de los ciudadanos un día sí y otro también... las normas de Bruselas son casi un bálsamo ante el disparate, un freno frente a la extrema insensatez. Por supuesto, las instituciones de la UE deben evolucionar, rendir más y mejores cuentas. Pero es en España donde la política tiene un amplísimo margen de mejora... una distancia casi sideral.


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