En el límite

Encuestas de opinión manipuladas

Vozpopuli recogía esta semana la noticia. Altos cargos del PP reconocen que su partido maniobró desde el principio para favorecer el despegue de Podemos. “Fue un experimento de [Pedro]Arriola, primero los llamó frikis, luego los alimentó para segarle apoyos por la izquierda a los socialistas. Se nos ha ido de las manos, ya son incontrolables y nos pueden dar un susto el 26-J". Ya se sabe que, en España, restar votos al rival justifica cualquier medio por muy marrullero y arriesgado que sea. Pero lo fundamental es: ¿cómo se alimenta, cómo se catapulta a la cumbre a un partido que acaba de surgir? Hay que abrir de par en par las televisiones a sus dirigentes para que su imagen quede expuesta al gran público. Pero no es suficiente. También resulta necesario, al inicio, inflar sus expectativas electorales en los sondeos. De ese modo, las encuestas no es que acierten, es que influyen en el resultado para acabar constituyendo la profecía que se cumple a sí misma.

En España, las encuestas de opinión raramente tienen un propósito inocuo, mucho menos bondadoso

Algo similar explica el gran ascenso de Ciudadanos, una operación para lanzar una opción reformista que restara votos a Podemos cuando este creció más de lo que los aprendices de brujos previeron. Que UPyDfuera desplazada por un partido recién llegado a la política nacional es atribuible a las enormes meteduras de pata de Rosa Díez, por supuesto, pero también a una planeada campaña que pasó por cocinar ciertas encuestas de intención de voto para situar al partido magenta en tan bajos niveles de aceptación que ahuyentaban el voto útil. Y al de Albert Rivera en unas cuotas de popularidad muy superiores a las reales. A partir de ahí, el globo comenzó a elevarse por sí sólo. Aun así, algunos tuercebotas se excedieron en el inflado para las elecciones del 20 D, llevando a los dirigentes de Ciudadanos a creerse las exageradas proyecciones: alguno se veía ya ministro... aunque fuera de Marina. Se disparó así su autoconfianza hasta un punto en que casi revientan el globo. Aún están a tiempo, y puede que en camino, de pincharlo.

No es difícil manipular al público

En España, las encuestas de opinión raramente tienen un propósito inocuo, mucho menos bondadoso. Su principal objetivo no es tanto ilustrar sobre la llamada sensibilidad social como modificar los criterios del público, modelar la forma de pensar de la gente. Los medios, especialmente las televisiones, ejercen una influencia superlativa, con múltiples e insondables vías para la manipulación. Y muy eficaces cuando se aplican a una población que, tras décadas de desinformación, se encuentra muy carente de principios y criterios asentados, una masa que deja demasiados flancos descubiertos a la tergiversación mediática.

El ciudadano común no establece su postura política buscando toda la información disponible y procesándola exhaustivamente. Casi todo el mundo descarta este método por el elevado coste, esfuerzo y preparación que requiere. Por ello, a la hora de posicionarse ante cualquier asunto político, o de votar, la gente recurre a reglas heurísticas, procedimientos prácticos de carácter intuitivo, puros atajos capaces de alcanzar una conclusión con muy poca información. De hecho, casi nadie conoce bien los detalles de la política, por no hablar de los programas de los partidos. En realidad, el procedimiento no es tan diferente del que utilizamos para tomar la mayoría de las decisiones cotidianas: rara vez consideramos toda la información, todas las opciones posibles, etc. El problema es que, aplicadas a la política, estas reglas pueden conducir a grandes errores, a enormes sesgos de apreciación en gran parte de la población. Y, lo que es peor, generan sujetos muy vulnerables a la manipulación desde el poder. 

Es el mecanismo que impulsa a muchas personas, gregarias por naturaleza, a adherirse a lo que piensa la mayoría

Una de las reglas heurísticas más interesantes es la que los latinos denominaron el Argumentum ad Populum, mientras los anglosajones se dieron el gusto de llamar Bandwagon Effect. Muy rimbombantes términos que, en un tono mucho más castizo, podrían traducirse como: ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Es el mecanismo que impulsa a muchas personas, gregarias por naturaleza, necesitadas de la aceptación del resto o, simplemente, perezosas para elaborar su propio criterio, a adherirse a lo que piensa la mayoría, a apuntarse al caballo ganador. Si los demás creen algo… alguna razón tendrán.

Majaderías convertidas en verdad revelada

Por ello, las encuestas de opinión poseen una enorme capacidad manipuladora: pueden persuadir a mucha gente de la mayor atrocidad simplemente haciéndoles creer que eso es lo que piensa la mayoría. Así, cualquier idea, por falsa y perniciosa que sea, la mayor insensatez, la más colosal majadería, se convierten en dogma de general aceptación tras ser repetidas y repetidas por los medios. Se convenció a la gente, por ejemplo, de la bondad de cierta legislación que viola un principio fundamental de la democracia: la igualdad ante la ley. Si la mayoría calla, y por tanto otorga, muchos acaban engañados, creyendo que la perversa legislación no debe ser tan ignominiosa.

En ocasiones la táctica óptima consiste en sobrevalorar la popularidad del enemigo para asustar a los cercanos y animarlos a votar  

Sin embargo, manipular el voto a través de encuestas resulta mucho más complejo que influir sobre la opinión de la gente en un asunto concreto. Aquí no funciona sólo la estrategia del caballo ganador pues buena parte del público presenta determinados anclajes en un hipotético eje izquierda-derecha y, también, porque desarrolla un comportamiento estratégico: puede votar a una opción menos preferida con tal de perjudicar a la que considera enemiga. Los manipuladores, que suelen ser varios y con intereses frecuentemente contrapuestos, actúan con mucho más tacto pues, inflando demasiado las posibilidades de la opción que favorecen, pueden animar al voto de sus rivales. Al contrario, en ocasiones la táctica óptima consiste en sobrevalorar la popularidad del enemigo para asustar a los cercanos y animarlos a votar. Por ello, resulta muy dudosa esa supuesta alarma de los dirigentes del PP porque Podemos se ha convertido en un monstruo incontrolable. Más parece una filfa, una intoxicación para aterrorizar al personal con un nuevo relato de Frankenstein y movilizar así a los potenciales votantes.

Moraleja, sean escépticos, desconfíen de lo que digan los medios, especialmente la televisión, tomen cum grano salis esas encuestas electorales con las que serán bombardeados en breve. Piensen que responden con demasiada frecuencia a intereses poco confesables en una España donde la regla más generalizada es... la trampa. Y donde la única ley que se cumple a rajatabla es… la de Murphy.


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