El Liberal - Política

El coronavirus se extiende sin control por falta de medios en los centros sanitarios

Los profesionales denuncian que se están contagiando masivamente porque no disponen del mínimo material de protección

Una enfermera descansa en un pasillo cerca de pacientes infectados por el coronavirus.
Una enfermera descansa en un pasillo cerca de pacientes infectados por el coronavirus. EFE

“¡No nos aplaudáis. Pedid que nos den mascarillas, joder!” Es el grito de una responsable de enfermería de un ambulatorio barcelonés, pero podría ser el de cualquier profesional de la sanidad que está luchando contra el coronavirus en España. Están al borde del colapso profesional y humano.No solo por la cantidad de horas que están teniendo que echarle, sino porque se sienten desamparados. La administración los ha dejado solos frente a ese monstruo llamado COVID-19 sin darles herramientas para que lo aniquilen. Y lo que es más lamentable, sin escudos para que se protejan de él. Como consecuencia de la mala praxis, los profesionales sanitarios se están contagiando masivamente y están contagiando a pacientes que llegaron a ellos con otras patologías. Y la pandemia se extiende sin que nada la frene

Para eludir el contagio del coronavirus no basta cualquier mascarilla. Para atender a los pacientes potencialmente infectados se necesitan Equipos de Protección contra Infecciones (EPI), esa especie de trajes de astronauta amarillos que incorporan una máscara especial, unas gafas como las de un buzo, un mono de cuerpo entero, zapatos especiales y guantes dobles.  Es la “única barrera válida” para evitar el contagio, aseguran médicos y enfermeras. Lo demás es meramente “decorativo”, “inútil”. “No sirve para nada”, lamentan.

Pues aunque son imprescindibles, no hay EPIs para todos los sanitarios que los necesitan y no les queda más remedio que atender a los pacientes potencialmente infectados con lo puesto y poco más. Con mascarillas de quirófano “que no sirven de mucho” y guantes de látex. Los pocos EPI de los que se dispone se están estrujando al máximo. “Un equipo de estos tiene una vida máxima de entre cuatro y seis horas pero se están utilizando hasta tres días. Se reciclan porque no tenemos más. No nos llegan más”, denuncia un especialista del Vallès.

Se reaprovechan hasta las batas desechables

La situación es grotesca en el interior de muchos hospitales catalanes, por no decir de todos. El personal sanitario se pasa los equipos de protección de mano en mano mientras se mira para otro lado, con rabia. Hasta se reaprovechan las batas antisépticas desechables. Se dejan en las puertas de las habitaciones o junto a las cortinas de los box y las coge el siguiente que pasa. “Las limpiamos con toallitas impregnadas en desinfectante y nos las volvemos a poner”, confiesa resignada otra enfermera.

Como consecuencia de la falta de material, los sanitarios están cayendo como moscas. A los primeros profesionales que se contagiaron y que ya han superado la enfermedad o se han recuperado los están volviendo a llamar para que se reincorporen a sus centros de trabajo. Porque las bajas son incontables. Los llaman pero no les proporcionan el material de protección que necesitan para frenar el virus. “Nos mandan a la trinchera sin nada, a que nos contagiemos y que después contagiemos a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros vecinos…”, llora una profesional. Es como mandarlos al matadero.

No nos importa dejarnos la piel aquí, sentimos esta profesión en el alma y tenemos vocación de servir a los pacientes y no vamos a dejar de hacerlo. Vamos a seguir salvando vidas, cueste lo que cueste. Pero es una vergüenza que nos hagan pasar por esto. Da mucha rabia no poder trabajar en condiciones y ver como tus compañeros enferman sabiendo que tú puedes ser el siguiente”, solloza una profesional sanitaria.

“No hay suministros”

La falta de manos es tan acuciante que hasta los directores médicos y las coordinadoras de enfermería de los centros se está arremangando y poniéndose el traje de faena para que las urgencias no se colapsen. Cuando sus subordinados los ven en el fragor de la batalla contra el coronavirus, aplauden su gesto pero aprovechan para reclamarles el material de protección que tanta falta hace. Pero siempre reciben la misma respuesta. “No hay suministro”.

Aprietan los puños y arrugan el morro pero siguen adelante, con lo que tienen. “Todos sabemos que nos vamos a infectar sí o sí”, vaticina otro profesional sanitario. Un compañero le apunta que una intensivista de un hospital de Terrassa ya se ha contagiado dos veces y ha vuelto al tajo, pero a la tercera ha desarrollado una grave insuficiencia renal. La desesperación es total. Y lo peor es que se veía venir.

La pandemia avanza sin piedad. Uno de los últimos partes médicos habla ya de 1.178 contagiados, 563 ingresados en la UCI y 491 fallecidos, Y no se contabiliza en esa macabra lista a los infectados con síntomas leves a los que se manda a casa sin hacerles el test ni nada, confiando en que se pongan en cuarentena y no salgan a la calle. Los sanitarios miran los números “con impotencia”. “Qué vamos a hacer si ya no tenemos ni test para hacer la prueba del coronavirus y los resultados están tardando hasta tres días en llegar porque el laboratorio de epidemiología de Barcelona no da abasto”, reconoce el responsable médico de un CAP.

La estrategia del avestruz

Y mientras, la Conselleria de Salut de la Generalitat de Cataluña sigue escondiendo la cabeza debajo del ala como un avestruz, encomendándose a que el ensayo con retrovirales funcione y puedan salvar los muebles. Porque la dignidad, la falta de previsión y la inoperancia difícilmente la van a poder salvar. “Se intenta desviar como siempre la atención a que la culpa es de Madrid pero la culpa de lo que está pasando es de que en Cataluña estamos gobernados por inútiles y por irresponsables”, vocifera un facultativo hospitalario.

Razón no le falta. La conselleria no atiende a las preguntas de los periodistas ni confirma ni desmiente datos, ni proporciona cifras, ya sean creíbles o no. También está escondiendo que entre las víctimas hay cada vez más gente joven. No se está explicando que no todos los muertos por el COVID-19 son ancianos con insuficiencias cardiorespiratorias o enfermedades crónicas agravadas por el virus. “Hay pacientes de entre 30 y 50 años que tenían una neumonía (un cuadro clínico muy común en esta franja de edad) que ha derivado en una infección grave por coronavirus”, reconoce el facultativo. Y alguno de ellos ha fallecido intubado, entre los estériles y continuados esfuerzos de médicos y enfermeras por salvarlo.

La falta de galenos y de equipos de enfermería en algunos centros es crítica. A los profesionales de todos los ambulatorios y hospitales catalanes se les está suplicando que vayan a cubrir las bajas imposibles de suplir en Igualada, donde hay una escabechina de sanitarios. Incluso se les ofrece un alojamiento gratuito. Muchos reconocen que, en otras circunstancias, se habrían ofrecido los primeros para ir voluntarios pero que sin el material adecuado “es un suicidio”.

Da miedo pensar en lo que se nos viene encima

Me da mucho miedo pensar en lo que se nos viene encima. No quiero pensar en ello pero no puedo parar de hacerlo”, reconoce una enfermera. Otra le responde. “Yo no sé si estoy preparada, estoy muy asustada. Tengo hijos”. Una tercera se queja de que todas ellas y también los médicos, los camilleros, los conductores de ambulancia, los administrativos, los celadores… están “corriendo muchos riesgos, y encima a nadie le importa”.

Somos títeres y lo vamos a seguir siendo. Pero lo seguiremos dando todo por parar esta epidemia, aunque nos dejen solos, desnudos, sin mascarillas y sin nada”, asume una enfermera que está a punto de incorporarse a su turno de trabajo en las urgencias de un ambulatorio. “Alguien tiene que explicar la verdad de lo que está pasando. O estamos perdidos”, sentencia antes de ponerse una mascarilla que no la va a proteger de mucho. “O estamos todos perdidos”, repite.



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