OPINIÓN

El trío apocalíptico

España no está condenada fatalmente al fracaso y el éxito espectacular de determinadas empresas o individuos a nivel global así lo indican. Sin embargo, se trata de excepciones, cuyo número demuestra que otra España es posible.

El trío apocalíptico.
El trío apocalíptico. Edwin Andrade

En su célebre texto esotérico, San Juan describe a cuatro aterradores jinetes cuya interpretación simbólica ha hecho correr mucha tinta a lo largo de los siglos. El significado más común atribuye una devastadora identidad a cada uno, el blanco es el poder, el rojo es la guerra, el negro es el hambre y el bayo, la peste. Se trata sin duda de terribles desgracias padecidas recurrentemente por los seres humanos desde su aparición en la tierra, que Vicente Blasco Ibáñez tomó como título de una de sus novelas más conocidas y que Hollywood plasmó en dos películas muy taquilleras, una en 1921, protagonizada nada menos que por Rodolfo Valentino y otra en 1962, cuyo papel estelar desempeñó Glenn Ford.

Disipada la ilusión del fin de la Historia, los conflictos se multiplican, las amenazas no cejan y el horizonte se ensombrece a ambos lados del Atlántico y no digamos en Oriente

Se acaba de celebrar en Hamburgo el G-20, que reúne a los primeros mandatarios de un conjunto de países que representan el 85% del PIB y el 75% de la población mundiales. Por tanto, el primer jinete es ellos mismos como grupo, capaces de sumir al planeta en las peores desgracias o de traer la paz y la prosperidad, dependiendo de sus decisiones. Los otros tres tienen en este principio del siglo XXI nombres distintos a los que figuran en el legendario libro sagrado. Se llaman hoy nacionalismo, populismo y proteccionismo y aunque no son nuevos en la vida de los pueblos del globo en la era moderna, campan en nuestros días con especial virulencia y pueden acarrear, si no son derrotados, las catástrofes más pavorosas. Estos tres siniestros caballeros han sido lanzados al galope por la reciente crisis financiera que estalló en 2008 y que dio lugar a la gran recesión que todavía colea. Disipada la ilusión del fin de la Historia, los conflictos se multiplican, las amenazas no cejan y el horizonte se ensombrece a ambos lados del Atlántico y no digamos en Oriente.

El golpe de Estado que preparan sin recato los separatistas catalanes, las pulsiones colectivistas y anti-europeas de Podemos, la parálisis del Gobierno y las fluctuaciones irresponsables del PSOE de Pedro Sánchez dibujan un cuadro realmente desalentador

He asistido recientemente a una interesante charla de Javier Santiso, el joven y brillante economista franco-español autor del impactante ensayo España 3.0, en el que analiza de manera implacable nuestro modelo productivo en comparación con el de otros países y desentraña las causas de nuestro escaso éxito a la hora de sacar el máximo partido a nuestras muchas potencialidades. Escuchándole y siguiendo la catarata de datos que expuso, la conclusión es que albergamos en nuestro seno a los tres jinetes apocalípticos a los que me refería, la exacerbación de la diferencia excluyente, la demagogia irresponsable y la tentación del aislamiento. El golpe de Estado que preparan sin recato los separatistas catalanes, las pulsiones colectivistas y anti-europeas de Podemos, la parálisis del Gobierno y las fluctuaciones irresponsables del PSOE de Pedro Sánchez dibujan un cuadro realmente desalentador. Frente a la tríada letal que nos acogota, Santiso propone otra de carácter benéfico: innovación, internacionalización y educación. La evidencia empírica es irrebatible, tal como demostró con numerosos y contundentes ejemplos. Las sociedades que han elegido la senda de la apertura, de la competitividad y de la inversión masiva en capital humano, están recogiendo los frutos de esta estrategia acertada, las que se cierran, basan su crecimiento en sectores de bajo valor añadido y descuidan sus sistemas educativos, padecen elevadas tasas de paro, sufren escasez y se desagarran por divisiones internas. Basta examinar los casos de Corea del Sur y Siria, de Venezuela y Chile o de España y Dinamarca, por situarnos en tres continentes distintos, para calibrar los efectos de optar por un marco conceptual u otro.

Hemos de “resetear” España, romper moldes caducos y lanzarnos sin reservas a una reforma muy ambiciosa

España no está condenada fatalmente al fracaso y el éxito espectacular de determinadas empresas o individuos a nivel global así lo indican. Sin embargo, se trata de excepciones, cuyo número demuestra que otra España es posible, pero cuyo triunfo ha tenido lugar a pesar de nuestro diseño institucional y nuestros esquemas mentales y no, como ocurre en aquellos países que lideran el crecimiento y el bienestar, impulsado por ellos. La lección a extraer es que hemos de, por utilizar el mismo anglicismo que Javier Santiso, “resetear” España, romper moldes caducos y lanzarnos sin reservas a una reforma muy ambiciosa, no sólo de nuestro orden legal y de nuestra estructura territorial e institucional, sino de nuestra forma de entender la realidad. Ni el afán destructivo teñido de mesianismo, ni la ambición oportunista ni el inmovilismo concentrado en la mera perduración nos ayudan a progresar, por el contrario, nos conducen a la frustración y al retroceso material y moral. Montemos, pues, las cabalgaduras adecuadas para huir del trío apocalíptico antes de que nos veamos en el penoso deber de reconstruir sobre un solar arrasado.


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