El tiempo recobrado

El talento y el sentido común

Muchas personas utilizan latiguillos, expresiones que reflejan una idea, una opinión o una recomendación, y que repiten hasta la náusea en cualquier discurso o conversación. Son como comodines mentales que sirven en toda ocasión y circunstancia y que precisamente por ser de aplicación universal acaban significando muy poco. De hecho, el empleo abusivo de estas referencias multiuso esconde casi siempre una notoria incapacidad para analizar asuntos complejos o para argumentar con amplitud y rigor. Ante un problema o una dificultad de cierta envergadura, en vez de afrontarlos mediante actitudes y razonamientos potentes, el recurso al latiguillo que transmite una aparente evidencia, ahorra mayores esfuerzos cognitivos o decisorios.

Pocas propuestas, reflexiones, observaciones o análisis del Presidente existen que no hayan sido acompañadas de la afirmación de que eran de “sentido común”

El Presidente del Gobierno en funciones que España soporta desde hace casi dos meses es un entusiasta de este tipo de supuestas verdades hasta un punto que entra de lleno en el dominio de la caricatura. Tres son sus frases hechas más célebres: “esto es de sentido común”, “uf, vaya lío” y “las cosas son como son”. Armado de tan sofisticadas herramientas dialécticas se siente capaz, por lo que conocemos, de moverse con soltura por los más delicados asuntos y de superar los desafíos más intimidantes. De esta tríada de profundos pensamientos, destaca la relativa al “sentido común”. Si cada español tuviera diez euros por cada vez que estas dos palabras han salido de la boca del todavía inquilino de La Moncloa, tendríamos todos pagadas las vacaciones del próximo verano. Pocas propuestas, reflexiones, observaciones o análisis del Presidente existen que no hayan sido acompañadas de la afirmación de que eran de “sentido común”.

De acuerdo con la acepción más corriente de este sintagma, equivale a prudencia, sensatez, racionalidad indiscutible. Si una cosa es de sentido común, su conveniencia o su bondad se imponen por sí mismas, sin necesidad de más explicaciones. Y aquí radica la clave de su empleo multiplicado por Mariano Rajoy: le evita el penoso trabajo de elaborar, de demostrar, de aclarar y, sobre todo, de convencer. En los labios del cadáver político en funciones que sigue sin enterarse de que ya es solo un montón de cenizas al albur del primer viento que sople, la machaconamente proferida pareja de palabras no es nada más que una manifestación penosa de pereza mental. Einstein, cuyo genio sobrehumano se ha vuelto a comprobar en el reciente experimento de detección de las ondas gravitacionales que su teoría predijo hace cien años, dijo que “el sentido común es una colección de prejuicios adquiridos antes de cumplir dieciocho años”, es decir, que lo que denominamos regularmente “sentido común” es una forma infantilizada de conocimiento que no ha pasado la criba del método científico. En realidad, a la hora de abordar la realidad con voluntad de interpretarla y elucidar sus entrañas, el sentido común sirve de muy poco. Viene a ser como una primera aproximación rudimentaria a la infinita riqueza de los fenómenos que nos rodean, expuesta a menudo al error precisamente por su banal simplismo.

Equipado con un instrumento intelectual tan fuerte, Rajoy ha perdido sesenta diputados, tres millones y medio de votos

Y, naturalmente, equipado con un instrumento intelectual tan fuerte, Rajoy ha perdido sesenta diputados, tres millones y medio de votos, ha consentido o no se ha enterado de que su organización era una reedición a lo grande del Chicago de los años treinta del siglo pasado, ha conseguido transformarse en un apestado sin margen de maniobra negociadora y ha puesto a su país en riesgo de desintegración territorial y de ruina económica. No está mal para un hombre público tan dotado para evolucionar guiado por el sentido común.

Sin duda la prudencia, la sensatez y el equilibrio son cualidades necesarias en un político, pero no son en absoluto suficientes. Hace falta también imaginación, inteligencia creativa, coraje, visión, honradez, responsabilidad, altura de miras y determinación. Y, por supuesto, saber quitarse de en medio cuando se es un estorbo. Ortega escribió en su estudio sobre Juan Luis Vives y Goethe que “lo más difícil de todo es tener a la vez talento y buen sentido”.  Él rebosaba de ambos y por eso sabía que los que se aferran únicamente al segundo es porque carecen de los dos.


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