El tiempo recobrado

El salón de los encuentros

La crisis y el fin del bipartidismo han alumbrado una literatura que empieza a ser abundante sobre las causas de las turbulencias políticas, económicas y sociales que agitan a España en esta fase agónica del régimen del 78, así como las posibles soluciones que vía reforma pueden conjurar los muchos y graves males que se ciernen sobre su futuro. Entre esta larga serie de títulos de corte “regeneracionista”, que recuerda la nutrida producción que se originó tras el desastre del 98, acaba de aparecer un libro que, desde una perspectiva histórica, reflexiona lúcidamente sobre el devenir contemporáneo de nuestro país, disecciona implacablemente los evidentes defectos de nuestro sistema institucional y, al hacerlo, apunta con acierto los remedios que se deben tomar si no queremos que el período de nuestra vida en común que tan esperanzadamente comenzó hace treinta y ocho años acabe en un colapso traumático como el que marcó el fin de la Restauración con el derrumbe de la II República y el subsiguiente y sangriento enfrentamiento civil.

Gortázar se detiene especialmente sobre los factores que marcaron la hegemonía del pensamiento y los valores europeos en el mundo a partir del Renacimiento

Me refiero a El salón de los encuentros de Guillermo Gortázar, profesor de Historia Contemporánea de la UNED y antiguo Diputado en el Congreso durante tres legislaturas en la etapa en que Aznar estuvo al frente del Partido Popular. El breve y pulcro examen que el autor nos ofrece de nuestras dificultades presentes tiene el atractivo de ser presentado como una fase dentro de un desarrollo temporal que arranca en la Edad Media y que permite comprender el hoy a la luz de un ayer que lo prefigura y configura. Gortázar se detiene especialmente sobre los factores que marcaron la hegemonía del pensamiento y los valores europeos en el mundo a partir del Renacimiento, las diferencias esenciales entre las Revoluciones Americana y Francesa, punto éste de crucial relevancia para comprender los horrores de los totalitarismos del siglo XX, para adentrarse después en los sucesivos avatares que fueron experimentando los conceptos de democracia y de liberalismo y como su inicial divergencia y su posterior fusión han conducido a los sistemas constitucionales de Occidente, modelos de referencia ya irreversible para el resto del planeta a partir de la caída del Muro de Berlín y el prematuro anuncio del Fin de la Historia.

En este marco general sitúa Gortázar a España y sus avances hacia una democracia madura truncados intermitentemente por cesuras dictatoriales o guerras intestinas. Destacan especialmente entre las virtudes de este ensayo, por una parte, en el aspecto formal, la claridad y precisión de la escritura, sin alardes de erudición o retorcimientos innecesarios de los argumentos, y, en el plano de la sustancia, el juicio sobre momentos especialmente espinosos de nuestra vida colectiva sin ceder a las tentaciones de la corrección política y del progresismo al uso, apelando a la fuerza demostrativa de los hechos con objetividad y rigor insobornables.

Si al final se malogra la democracia, habrá unos culpables perfectamente identificados a los que las generaciones venideras contemplarán con reproche e indignación

Los dos últimos capítulos se refieren a la Transición y a las tres décadas y media de nuestro pasado más reciente y aportan un análisis irrebatible de los fallos estructurales del despliegue de la vigente Constitución que nos han traído hasta la difícil coyuntura en la que nos encontramos, con la unidad de la Nación violentamente amenazada por el separatismo catalán y su prosperidad en entredicho si se imponen las recetas delirantes del populismo de corte chavista. Un punto clave de la exposición que hace Gortázar es la responsabilidad de los hasta ahora dos grandes partidos nacionales, el Partido Popular y el Partido Socialista, que habiendo podido trazar un camino de inteligencia, honradez y sentido del Estado a partir del arranque ilusionado de 1978, se han enfangado en la corrupción, la destrucción de la separación de poderes y la construcción de una partitocracia que ha invadido la sociedad civil esterilizando las energías creativas y la capacidad competitiva de los españoles. El fracaso de los planes tan hábilmente trazados por los padres fundadores de la democracia puesta en marcha tras la muerte del General Franco, si al final se produce como parece por desgracia previsible, tendrá efectivamente unos culpables perfectamente identificados a los que las generaciones venideras contemplarán con reproche e indignación por su forma decepcionante de malbaratar un valioso capital humano, material y cultural que, correctamente administrado, hubiera podido colocar a España a la cabeza de Europa.

Si los jefes de filas de las cuatro principales opciones electorales en liza se molestasen en dedicar un par de horas a leer El salón de los encuentros y a extraer las lecciones que se desprenden de sus diáfanas páginas, España volvería a encontrar su rumbo y nos evitaríamos los sobresaltos que muy probablemente nos esperan tras la apertura de las urnas el próximo 26 de Junio.


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