OPINIÓN

La política del resentimiento

Hoy la Nación se desgarra bajo los embates del separatismo y se encrespa movilizada por un populismo que ofrece una regeneración consistente en arrasar lo que hemos conseguido.

Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados.
Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados. EFE

A lo largo de la historia de las sociedades humanas los hombres han buscado, a veces desesperadamente, en ocasiones al alto precio de su vida, la verdad, la libertad, la justicia y la belleza, expresiones todas ellas de esa pulsión profunda e incontenible hacia la perfección que anida en el interior de todos los integrantes de nuestra especie desde que emergimos de la oscura bruma del humanoide al estadio superior de la conciencia moral y la razón. Pero también es cierto que otra fuerza oscura nos arrastra indomable hacia el odio, el afán de poder, la satisfacción a cualquier precio de nuestros deseos, la envidia y la codicia. En cada uno de nosotros, como en la célebre alegoría platónica, dos cuadrigas de caballos, blancos en la una, negros en la otra, pugnan por llevarnos en la dirección de la luz o de las tinieblas en una clara demostración de que de una forma misteriosa e indefinible late en nosotros una llama que rebasa lo estrictamente material y que nos condena a una contingencia torturada por la sed de trascendencia.

Todos aceptamos, salvo esnobismo intelectual de poeta maldito, que hemos de organizar nuestra convivencia de tal manera que la dignidad intrínseca de nuestros semejantes sea preservada

En una dimensión política, todos sabemos cuáles son las cuestiones básicas a preservar en la buena sociedad, todos aceptamos, salvo esnobismo intelectual de poeta maldito, que hemos de organizar nuestra convivencia de tal manera que la dignidad intrínseca de nuestros semejantes sea preservada, que puedan vivir sin coacción ni violencia, que dispongan de lo necesario para subsistir sin estrecheces, que se respete su capacidad de elegir sus creencias, que nadie coarte sus opiniones y que las conductas correctas sean recompensadas y las delictivas castigadas. Con este fin se han creado instituciones y leyes que pretenden que este marco de vida en común discurra por los cauces que consideramos deseables. Sin embargo, no se ha alcanzado todavía un acuerdo sobre la estructura institucional y normativa que cumpla tan benéfico fin y los enfrentamientos sobre tan decisivo asunto han provocado guerras, revoluciones y millones de muertos durante decenas de siglos.

En España, tras una guerra fratricida en la que por mucho que el sectarismo se empeñe aún en mantenerla viva, no hubo ni buenos ni malos, sino que los españoles de entonces fueron sin excepción simultáneamente buenos y malos, y tras cuarenta años de dictadura para purgar los pecados de aquella tragedia, pareció que nuestro agitado devenir colectivo nos daría una tregua y que, con sus enormes defectos que ahora afloran inocultables, el sistema constitucional de 1978 abriría un período largo de paz, orden, armonía y prosperidad. Por desgracia, no ha sido así y hoy la Nación, asqueada por décadas de corrupción e indignada por el sufrimiento creado por una crisis económica cuyos responsables no han pagado todavía por sus abusos, se desgarra bajo los embates del separatismo y se encrespa movilizada por un populismo que ofrece una regeneración consistente en arrasar lo que hemos conseguido para implantar coactivamente la igualdad en la miseria.

Esta llamada nueva política, encarnada por Podemos y sus alborotadas confluencias y franquicias, predica básicamente la destrucción

Esta llamada nueva política, encarnada por Podemos y sus alborotadas confluencias y franquicias, predica básicamente la destrucción y lo que su líder autoreferencial ha denominado, en expresión copiada de los terroristas, la “politización del dolor”. La manifestación tangible de este movimiento pretendidamente redentor consiste en prodigar la blasfemia, la amenaza, los signos de apoyo a ETA y al secesionismo, los ataques obsesivos a los sentimientos religiosos, el desprecio a la tradición, la exaltación de la transgresión en sus diversas variantes, la iconoclastia continua sin respetar ninguna autoridad, el cultivo de una apariencia desarrapada y deliberadamente antiestética, el desprecio al Estado de Derecho y el recurso inquietante a la técnica del miedo, práctica esta última de la que Pablo Iglesia se muestra particularmente ufano. Tampoco es extraño que desde los centros de decisión a los que han accedido aprovechando la miopía ideológica y el cortoplacismo de la izquierda clásica, bloqueen cualquier proyecto que pueda generar crecimiento y crear empleo porque en la medida que más gente salga de la precariedad, menos votos alimentarán su engañosa utopía.

Y al igual que en los sectores sociales y políticos que Podemos proclama combatir, la tan manida “casta” y sus ramificaciones, se ha prodigado el saqueo del presupuesto, la invasión del Estado por los partidos y los comportamientos insolidarios, en las filas de esas pretendidas huestes salvadoras anida un peligro todavía mayor porque se alimenta del rencor, el resentimiento y la frustración. Iglesias y su camarilla nos dicen que han venido a limpiar las cloacas, a castigar a los desaprensivos de arriba y a mejorar la situación de los oprimidos de abajo, pero en realidad lo que hacen es dar suelta a sus frustraciones y a su aversión a todo lo que sea superior, exquisito o sublime. Incapaces de abrirse camino en un entorno de libertad que exige, pese a sus múltiples limitaciones, el reconocimiento del mérito y la búsqueda de la excelencia -basta examinar sus mediocres biografías- se amparan en el pretexto justiciero para aplanar la imprevisible y rica orografía de la sociedad abierta e intentar imponer un totalitarismo ferozmente igualitario en el que aquellos a los que supuestamente han de sacar de la pobreza seguirán en ella, eso sí, acompañados en su escasez por el conjunto de sus conciudadanos, mientras ellos, la vanguardia revolucionaria, serán orwellianamente más iguales que los demás.

Podemos y sus compañeros de viaje, los separatistas, son sin duda la penitencia por las escandalosas conductas de una clase dirigente venal y egoísta, pero no representan en absoluto nada que sea moralmente mejor

Podemos y sus compañeros de viaje, los separatistas, son sin duda la penitencia por las escandalosas conductas de una clase dirigente venal y egoísta, pero no representan en absoluto nada que sea moralmente mejor, con el inconveniente añadido de que la partitocracia podrida que hemos padecido tiene arreglo mediante las reformas adecuadas, pero del montón de escombros en el que esta turba rencorosa transformaría España no nos recuperaríamos sin sufrir traumas de extrema gravedad. Cuando se piensa que en el Partido Socialista han estado a punto de soltar esta jauría destructora para que devorara a nuestro país y de paso a ellos mismos, se adquiere conciencia de la necesidad de regresar a la senda de la firmeza en la defensa de los valores perennes que el tiempo ha demostrado que ofrecen el refugio seguro contra la barbarie y el caos.


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