OPINIÓN

Ni pensamiento único ni disparate

¿Es irremediable que las dos únicas opciones posibles sean o el pensamiento único políticamente correcto que encubre la venalidad y la ineficiencia, o el despliegue del odio y la demolición de lo que hay para reemplazarlo por algo todavía peor?

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Imagen EFE

Un fantasma recorre no sólo Europa, sino el mundo, y se llama populismo. Es un fenómeno político, social y estético de trazas inquietantes, proteico, con erupciones incontrolables a la derecha y a la izquierda del mapa ideológico, rupturista, iconoclasta, irracional, abrupto e incompatible con las buenas formas. Sus líderes son personajes variopintos, hombres y mujeres de lenguaje reacio a los matices, provocadores a conciencia, sin tabús ni prevenciones, jugadores de todo o nada, agitadores de bajas pasiones, jinetes de emociones primarias, emisores sin rubor de mentiras flagrantes, de egos gigantescos y prudencia mínima. Donald Trump, Pablo Iglesias, Nigel Farage, Geert Wilders, Marine Le Pen, Nicolás Maduro, figuras broncas, rupturistas, adánicas, que bucean en las zonas oscuras y viscosas del inconsciente de sus conciudadanos pulsando registros ocultos e inconfesables para transformarlos en votantes de sus proclamas delirantes. Cuando un candidato a gobernante en una democracia hace promesas imposibles de cumplir o presenta programas irrealizables caben dos posibilidades, que esté representando un show para consumo de gentes tan indignadas que la irritación les nubla el entendimiento, para una vez en el poder moderar sus planteamientos y actuar con sensatez, como parece que va a suceder en Estados Unidos tras la victoria del lenguaraz magnate inmobiliario que se dispone a ocupar el Despacho Oval, o que realmente abriguen la intención de llevar adelante sus proyectos destructivos y provocar un daño irreversible, como ha sucedido en Venezuela y sin duda le depararía a España una victoria de Podemos.

La historia de Occidente de los dos últimos siglos nos ha enseñado cual es el entorno propicio para la eclosión sulfurosa de este tipo de movimientos arrasadores: la corrupción de las elites

La historia de Occidente de los dos últimos siglos nos ha enseñado cual es el entorno propicio para la eclosión sulfurosa de este tipo de movimientos arrasadores: la corrupción de las elites, los abusos de los poderosos, las desigualdades escandalosas, la pérdida de valores vertebradores de la sociedad, la imposición a los pueblos de condiciones humillantes e insoportables tras una derrota bélica, la obligada convivencia con extraños de distinta cultura, raza o creencias, las crisis galopantes que sumen a millones de personas en la miseria o cualquier circunstancia o cambio que suscite temor, inseguridad y sentimiento de agravio. Es en este caldo ardiente y fétido que los populistas encuentran su medio propicio y se lanzan sin asomo de escrúpulo alguno a explotar la ira y la frustración, con frecuencia legítimas, de los que corren a agruparse bajo sus banderas con la antorcha en una mano y la pica en la otra. También sabemos por las experiencias pasadas que las soluciones populistas no son tales y que invariablemente dejan las cosas peor de lo que estaban, especialmente para aquellos a los que supuestamente venían a salvar. Sin embargo, la memoria de los humanos es corta, y ya se encargan algunos de falsear los hechos pretéritos o de sepultarlos en el silencio o el olvido.

¿No podemos buscar entre la resignación y el caos un ámbito sereno de análisis racional?

La pregunta crucial en épocas en las que el viento de la demagogia incendiaria sopla con fuerza no es cuál es la causa de la tormenta que levanta los techos, que está clara, sino si existe un espacio para la inteligencia, la objetividad, el rigor y la honradez, que haga de dique frente a la barbarie y que sanee el sistema podrido que la ha despertado. En otras palabras, ¿es irremediable que las dos únicas opciones posibles, como estamos sufriendo en nuestro país desde que estalló la recesión global, sean o el pensamiento único políticamente correcto que encubre la venalidad y la ineficiencia, o el despliegue del odio y la demolición de lo que hay para reemplazarlo por algo todavía peor? ¿No podemos buscar entre la resignación y el caos un ámbito sereno de análisis racional y de exigencia ética que identifique la verdadera naturaleza de los problemas y establezca con el apoyo de la evidencia empírica, el conocimiento probado y la argumentación lógica las líneas de acción para solventarlos? ¿Hay una vida más allá de la pasividad tecnocrática de Rajoy y de la furia subversiva de Monedero?

Sería ingenuo ignorar la dificultad de semejante empresa en tiempos turbulentos como los que padecemos porque es misión casi imposible hacer oír la voz de la razón cuando nos ensordecen el estruendo de la rabia y el ronquido de la inercia. Sin embargo, ese es el único camino que nos puede sacar del marasmo en el que estamos aprisionados y alguien debería intentarlo.


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