OPINIÓN

Lo nuevo ya ha nacido y lo viejo ya ha muerto

Los españoles han de cambiar de caballo si quieren ganar la carrera de la globalización en un mundo turbulento que cambia aceleradamente.

Lo nuevo ya ha nacido y lo viejo ya ha muerto.
Lo nuevo ya ha nacido y lo viejo ya ha muerto. EFE

Es conocida la definición que hizo Gramsci de las crisis como períodos históricos en los que lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no acaba de morir. España se encuentra sumida en una crisis múltiple y profunda desde 2008, de cuya componente económica está saliendo trabajosamente y con secuelas que tardarán aún en curar. Los restantes aspectos, el institucional, el moral y el de unidad nacional siguen activos, sobre todo el último, que se encuentra en pleno apogeo con su epicentro en Cataluña.  El resultado de las elecciones del 21-D, preocupante en la medida que los independentistas seguirán ocupando una exigua mayoría de escaños en el Parlament, nos ofrece una señal muy clara de que el terremoto político que ha significado la aparición de dos nuevos partidos en nuestro país, uno en la extrema-izquierda y el otro en el centro, acabando con el bipartidismo imperfecto existente desde la Transición, ha culminado en la muerte anunciada de una de las dos grandes fuerzas de ámbito nacional, el Partido Popular. Y este acontecimiento se ha producido con motivo de unos comicios que, si bien de naturaleza autonómica, han desbordado sus límites geográficos para proyectarse sobre el conjunto de la Nación.

El Partido Popular, ya irrelevante en el País Vasco, ha pasado a ser también residual en Cataluña

Lo que ha sucedido en Cataluña tiene, en efecto, una lectura evidente en el plano general. El Partido Popular, ya irrelevante en el País Vasco, ha pasado a ser también residual en aquella Comunidad. Y una opción electoral que aspire a gobernar España no se puede permitir su desaparición en dos territorios de un peso económico, cultural y demográfico tan notable. La imagen vibrante, entusiasta y fresca de Inés Arrimadas proclamando su rotunda victoria sobre sus adversarios separatistas mientras los populares se hundían en la oscuridad helada del Grupo Mixto, ha sido el primer acorde de la marcha fúnebre en el funeral de la organización fundada por Manuel Fraga, refundada por José María Aznar y liquidada por Mariano Rajoy. Los electores españoles han tomado buena nota de cuál es la mejor apuesta para combatir con éxito a los dos principales enemigos de su seguridad, de su prosperidad y de su unidad solidaria, el colectivismo liberticida de Podemos y el separatismo totalitario del nacionalismo tribal. La comprobación desde la desperdiciada mayoría absoluta de 2011 de que nada se puede esperar de la indolencia, el fatalismo, el relativismo y la pusilanimidad que caracterizan a la cúpula de la formación política que, más que gobernar, administra sin imaginación y sin brío, es ya irreversible y en las próximas elecciones generales el relevo tendrá lugar sin remedio. La intención de Mariano Rajoy de presentarse como cabeza de lista por sexta vez ratifica que el partido Popular es incapaz de reaccionar y que se encamina, como un manso y lanar rebaño, hacia el matadero. Sólo una renovación completa de su dirección, con la sustitución de la sombría galería de personajes incinerados que hoy la componen por una nueva generación limpia de corruptelas, comprometida de verdad con los valores de la sociedad abierta y en condiciones de atraer votantes y no de ahuyentarlos, podría salvar al Partido Popular del derrumbamiento que le espera.

La aplicación del artículo 155 era obligada, pero sorprende que alguien creyera que su vigencia durante dos meses iba a arreglar lo que se ha estado gestando durante cuatro décadas

La aplicación del artículo 155 era obligada, pero sorprende que alguien creyera que su vigencia durante dos meses iba a arreglar lo que se ha estado gestando durante cuatro décadas y que viene de mucho más atrás. La intervención del Estado para restaurar la legalidad en Cataluña y enviar a los tribunales a los golpistas ha sido una acción de emergencia, pero sin eficacia terapéutica. Las urnas del 21-D lo han dejado claro, la devolución de la salud mental y de la facultad de llevar a cabo análisis coste-beneficio racionales a un número suficiente de catalanes requerirá muchos años de combate valiente en el campo de las ideas, de mantenimiento implacable del imperio de la ley y de campañas de comunicación persistentes e inteligentes por parte de los constitucionalistas.

Una vez apagados los focos de la noche electoral y desmontados los escenarios de celebración o de duelo, los españoles amantes de la libertad, del esfuerzo, del trabajo, del reconocimiento, del mérito, de la eficiencia, de la honradez y de la búsqueda de la excelencia, se fueron a dormir con un convencimiento, el de que han de cambiar de caballo si quieren ganar la carrera de la globalización en un mundo turbulento que cambia aceleradamente. Su futuro depende, en efecto, de que se agrupen tras lo nuevo que ya ha irrumpido y entierren lo viejo que ya ha entrado en agonía.


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