El tiempo recobrado

La negación de la política

Se supone que los políticos tienen en la cabeza un determinado modelo de sociedad elaborado a partir de la experiencia histórica vivida o estudiada en los libros, de un conocimiento riguroso de los mecanismos de funcionamiento de la economía, es decir, del entorno normativo, fiscal y laboral óptimo para crear valor añadido y empleo, y de unas convicciones morales sustentadas en un sistema de valores derivado de una concreta visión antropológica. A partir de aquí se espera de ellos que lo expongan de forma sistematizada y clara y que demuestren capacidad de convicción con el fin de conseguir el apoyo de sus conciudadanos en las urnas. Su objetivo debería ser la consecución del poder para plasmar en leyes y medidas de gobierno, su idea de la buena sociedad, proporcionando así a sus administrados bienestar, progreso, seguridad, justicia y prosperidad. Por supuesto, el poder no sería visto por semejante tipo de político como un fin en sí mismo, sino como un medio para llevar a la práctica lo que consideran mejor para su país. Ni que decir tiene que la honradez más acrisolada sería su divisa y la preservación del interés general su regla de conducta habitual. Su interacción con los votantes sería permanente y se esforzaría sin descanso en explicar los motivos de sus decisiones de manera transparente ganándose así la confianza de los electores, que le profesarían respeto y afecto. Las técnicas de comunicación en ningún caso se utilizarían para manipular datos, excitar bajas pasiones, despertar odio o división o conseguir adhesiones emocionales acríticas. Por el contrario, su propósito se centraría en hacer entender el funcionamiento de las instituciones, el verdadero origen de los problemas y la bondad de las soluciones requeridas. El discurso de este hipotético político ideal iría dirigido a estimular lo más alto y noble de la naturaleza humana y a amortiguar o neutralizar los instintos destructores que todo hombre alberga en su interior.

Su pirotecnia verbal está formulada más para disfrazar su ignorancia que para derramar sabiduría

Una comparación somera de este arquetipo deseable con el comportamiento de los actuales protagonistas de nuestra vida pública sume al observador neutral en el desaliento y el pesimismo, cuando no en la más viva repulsión. Sus intervenciones en actos de partido, ruedas de prensa, entrevistas o en la tribuna parlamentaria abundan en lugares comunes, frases huecas y palabrería vana, siendo evidente que casi siempre la intención de su retórica mediocre no es explicar lo que piensan o lo que se proponen hacer desde el gobierno o desde la oposición, sino ocultarlo o disimularlo. Tienen horror a definirse, a mostrarse sinceros, a demostrar un conocimiento profundo de los temas de los que tratan, hasta el punto que frecuentemente su pirotecnia verbal está formulada más para disfrazar su ignorancia que para derramar sabiduría.

Tras dos elecciones en el espacio de seis meses, los españoles seguimos contemplando asqueados el baile torticero de maniobras tácticas, de cálculos mezquinos y de carencia absoluta de sentido de Estado que ya quedó aparente tras el 20-D. En lugar de sentirse avergonzados del lamentable espectáculo vivido desde principios de este año y corregir diligentemente su incapacidad previa, insisten en los mismos vaivenes decepcionantes, indiferentes a las enormes pérdidas que su insensato jugueteo provoca a la Bolsa, a las cuentas de resultados de las empresas, al empleo y a nuestra credibilidad internacional. Se reúnen para concluir que no se ponen de acuerdo, pero ninguno presenta antes de estos encuentros su programa de reformas y de prioridades de gobierno de forma completa y precisa para que la opinión pública pueda establecer su juicio objetivo. Únicamente consideran pactos y relaciones de poder, sin tratar de lo sustancial, a saber, qué hacer y para qué. Su posición política personal en el seno de sus formaciones les preocupa mucho más que el destino de la Nación a la que teóricamente han de dedicar sus desvelos y, si es necesario, sacrificar su propia conveniencia.

En España no asistimos desde hace largo tiempo a la práctica de la política, sino a su negación.


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