El tiempo recobrado

La llegada de los bárbaros

En uno de sus poemas más logrados, Konstatin Kavafis recrea los días previos a la llegada de los bárbaros a una ciudad de las postrimerías del Imperio Romano, una urbe plena de riqueza, refinamiento y belleza, pero también debilitada por la indolencia, el hedonismo y la corrupción. Sus ciudadanos están poseídos por sentimientos ambivalentes, por un lado temen la irrupción de las hordas salvajes y crueles que se aproximan sedientas de sangre y destrucción, por otro desean de forma casi inconsciente verles atravesar las puertas y escalar las murallas porque saben que sus vicios, su inmoralidad y su molicie no tienen futuro, que son un cuerpo agonizante atormentado por la incertidumbre, la impotencia y el remordimiento, y que quizá la ola de muerte, saqueo y fuego que les amenaza sea por fin una solución liberadora. Es tal el sufrimiento que les inflige el espectáculo de su irremediable decadencia que su temor se tiñe de un oscuro deseo de que los vándalos vigorosos y brutales que se disponen a caer sobre la ciudad como una tormenta arrasadora les aniquilen a la vez que les ofrezcan un estimulante renacer.

Los guerrilleros urbanos de la capital de Cataluña son de inteligencia escasa, nula cultura e instintos primarios

Los antropoides desatados que casi impunemente se han dedicado a destrozar el barrio de Gracia en Barcelona una noche tras otra sin que las autoridades de la Generalitat y del Ayuntamiento les pongan coto -del Gobierno central no cabe mención porque hace tiempo que abandonó Cataluña sin dejar ni un retén- reproducen en un contexto contemporáneo la misma escena imaginada por Kavafis y que sus versos sitúan en un período crucial de la historia de Europa acaecido hace quince siglos. Sin duda las analogías son numerosas e innegables. Al igual que los tumultuosos tropeles que acabaron con Roma y su hegemonía mundial atravesando imparables las fronteras que ya nadie era capaz de defender, los guerrilleros urbanos de la capital de Cataluña son de inteligencia escasa, nula cultura e instintos primarios. Ebrios de un rencor difuso, excitados por las hogueras que prenden entre aullidos, sin otro objetivo que romper cristales, tumbar contenedores y volcar automóviles, estas miasmas profundas de nuestra sociedad han aflorado porque nuestras elites dirigentes han cometido durante décadas todo tipo de abusos, cuya magnitud ha alcanzado un nivel tan escandaloso que no podían quedar impunes.

Han sido treinta años de venalidad indecorosa, de liquidación de la separación de poderes, de rendición paulatina ante los nacionalismos separatistas, de colusión indisimulada entre lo privado y lo público, de colonización de las instituciones y los medios de comunicación por los partidos, de inflado de burbujas especulativas sin freno, de degradación del sistema educativo, hasta que el globo ha pinchado y en el horizonte han aparecido las tribus hostiles ansiosas de quemar cajeros automáticos, reventar escaparates, ultrajar los símbolos del Estado democrático, profanar los templos y acabar con nuestra civilización basada en la renuncia a la violencia, el reconocimiento del mérito, la búsqueda de la excelencia, el respeto a la propiedad ajena, el imperio dela ley y el cultivo de unos valores estéticos que nos alejen de la vulgaridad, la chabacanería y la zafiedad.

Trías intentó comprar a los bárbaros pagándoles tributo porque su cobardía le impidió hacerles cumplir las normas vigentes

Como en la Roma del siglo V d.C., el alcalde Trías intentó comprar a los bárbaros pagándoles tributo porque su cobardía le impidió hacerles cumplir las normas vigentes y su oportunismo electoral prevaleció sobre sus inexistentes principios. Pronto le veremos arrastrándose ante el concejal tatuado literalmente de odio que anima a las huestes entregadas a la demolición de Gracia rogándole entre espasmos de miedo que le perdone la vida y le conceda un salvoconducto para exiliarse a Madrid, único refugio seguro -de momento- frente a la ígnea ira justiciera de la CUP.

Aunque el relato esbozado en el poema de Kavafis encierra una notable calidad poética, la verdad es que la transformación de Barcelona en un caos desordenado de salvajismo y pánico no aportará nada útil ni regenerador, sólo suciedad, estruendo y huida de las inversiones, y que los estratos sociales más perjudicados por este retroceso a la jungla sin reglas serán precisamente los más vulnerables y de rentas más modestas, a los que paradójicamente la CUP dice representar.


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