El tiempo recobrado

El golpe

La CUP se lo ha dejado claro a los otros independentistas, los de la lista de Junts pel sí: si quieren sus votos para investir un Presidente de la Generalitat que, por supuesto, no sea Artur Mas, han de aceptar su hoja de ruta. El plan que proponen produce más asombro que rechazo porque desborda cualquier límite propio del pensamiento racional. El hecho de que alguien crea en serio que en la Cataluña, la España y la Europa de hoy se puede construir un nuevo Estado en contra del orden legal español y europeo, con impago de la deuda, crecimiento desaforado del gasto público a la vez que disminuyen drásticamente los ingresos del erario, atropello del derecho de propiedad y nacionalización de sectores estratégicos de la economía, pertenece más al ámbito de la psiquiatría que al de la política. La pretensión de articular un proyecto nacional catalán impulsado por fuerzas cuyo modelo social y económico es diametralmente opuesto demuestra por sí solo la inviabilidad de la hipotética república catalana independiente.

Están dispuestos a dar un golpe contra la legalidad democrática valiéndose de un Parlamento autonómico que ha sido elegido para actuar en el marco del derecho comunitario, de la Constitución española y del Estatuto de Autonomía

Las gentes que capitanean David Fernández y Antonio Baños viven en un mundo de fantasía en el que los delirios oníricos han sustituido a la lógica más elemental y están dispuestos a dar un golpe contra la legalidad democrática valiéndose de un Parlamento autonómico que ha sido elegido para actuar en el marco del derecho comunitario, de la Constitución española y del Estatuto de Autonomía. Sin esta base legitimadora, la Asamblea del Parque de la Ciudadela se transforma en el agregado tumultuoso de ciento treinta y cinco señoras y señores que hablan y deciden en el vacío, sin que sus proclamas, resoluciones y normas tengan más valor que las conclusiones establecidas en una acalorada charla de café. Por lo menos, la CUP es coherente en sus despropósitos y afirma sin ambages que la independencia de Cataluña pasa por una revolución y no pierden el tiempo con paños calientes como el demediado Artur Mas y su menguante hueste de comisionistas.

El absurdo del disparatado “proceso” aparece en todo su ridículo esplendor cuando agrupa bajo la bandera secesionista a buenos burgueses partidarios de hacer saneados negocios gracias a la libertad de empresa y a anarcocomunistas de tea incendiaria y confiscación violenta, una combinación imposible de sabor intragable que únicamente puede desembocar en una confrontación potencialmente sangrienta. A eso nos han llevado tres décadas de concesiones, pasividad y oportunismo de los dos grandes partidos nacionales y de contumacia nacionalista. Mientras unos robaban en el resto de España, los otros saqueaban Cataluña y se tapaban mutuamente las vergüenzas a mayor gloria de sus respectivos enriquecimientos ilícitos.

En el erial en el que han convertido nuestra dolorida e indignada Nación campan por sus respetos hordas sedientas de venganza, rechinantes de odio de clase

Ahora la comedia de la contribución a la gobernabilidad del Estado y de la profundización de la autonomía se ha terminado y aparece con soez crudeza la verdad que no es otra que una pandilla de aprovechados que han mangado cuarenta mil millones de euros –esa es la estimación del volumen total de la corrupción– con el pretexto de que administraban Ayuntamientos y Comunidades. En el erial en el que han convertido nuestra dolorida e indignada Nación campan por sus respetos hordas sedientas de venganza, rechinantes de odio de clase, vociferantes energúmenos de puño en alto que buscan en la destrucción del sistema democrático la compensación de sus clamorosos fracasos vitales y el desahogo de su resentimiento rabioso.

La CUP ha explicado para el que lo quiera oír que para ellos la independencia de Cataluña no es un fin sino un medio, la herramienta que necesitan para convertir una Comunidad Autónoma española rica y avanzada en una miserable Albania de los años cincuenta del siglo pasado. Esas son las manos en las que han quedado los herederos del Muy Imputable, justo castigo a su venalidad sin medida y a su hipocresía sin recato. Si no fuera trágico, tendría su lado cómico ver a los acoquinados habitantes de suntuosos pisos en Sarriá-San Gervasio y de masías restauradas en El Ampurdán temblar ante la ola mugrienta de sans-culottes que asciende imparable para sumirles en la ruina. No me dan ninguna pena, se lo tienen merecido.


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