El tiempo recobrado

El deshielo catalán

De repente, en los días finales de una legislatura tan breve como decepcionante, ha irrumpido la noticia del deshielo catalán. Los medios han anunciado la llegada de un nuevo clima de distensión entre el Gobierno central y la Generalitat separatista y los analistas se han apresurado a estudiar los gestos, los acuerdos, las reuniones y el lenguaje verbal y corporal de Rajoy, de Puigdemont, de Junqueras y de Sáenz de Santamaría en busca de señales y pruebas de que efectivamente el proceso separatista frena su marcha y de que sus impulsores empiezan a recular en su propósito golpista.

Un juego en el que todo el mundo pierde no parece aconsejable, por lo menos desde una perspectiva racional

Hay dos factores que avalan este posible viraje del secesionismo a la sensatez por parte de la cúpula de Convergencia y de Esquerra. En primer lugar, el hartazgo de la gente ante el maniqueísmo y la intransigencia mostrada por los partidos durante los últimos cuatro meses. Los vetos, las incompatibilidades personales e ideológicas y la incapacidad para el diálogo de los políticos han provocado el rechazo y la irritación de la ciudadanía por lo que, ante unas inminentes elecciones, los líderes de las distintas formaciones se esfuerzan en mostrarse conciliadores y flexibles, no sea que el castigo en las urnas se les lleve por delante. Y en segundo término, la naturaleza manifiestamente disparatada del proyecto de separación de Cataluña y España en algún momento, una vez disipada la fiebre que estalló hace tres años, debía aflorar para producir efectos sedantes. Porque sin duda un juego en el que todo el mundo pierde no parece aconsejable, por lo menos desde una perspectiva racional. 

La destrucción de la unidad nacional española con la erección de un Estado propio para Cataluña es una operación económicamente ruinosa, políticamente explosiva, jurídicamente imposible y socialmente perturbadora, en la que tanto los catalanes como el resto de españoles verían sus intereses, su calidad de vida y su prosperidad seriamente perjudicados. En el mundo hay cuatro tipos de personas, los malos y listos, que se benefician en perjuicio de los demás, los buenos y tontos, que se dañan a sí mismos mientras otros ganan, los buenos y listos, que ganan ellos beneficiando también a los demás y los malos y tontos, que se hunden en la miseria a la vez que perjudican a sus prójimos. Es obvio que el separatismo catalán se sitúa en esta última categoría al tener como objetivo la reducción de Cataluña a la irrelevancia y a la pobreza arrastrando de paso al resto de España al declive. Por consiguiente, como uno se puede empecinar en la maldad y en la estupidez durante un tiempo de obnubilación, pero no de manera permanente, aunque sólo sea por instinto de conservación, tenía que llegar la ocasión en la que el ardor fanático de Junts pel sí amainase para dar paso a la lucidez.

Tampoco conviene olvidar, a la hora de explicar estos indicios de que el viento soberanista catalán está aflojando, que la Generalitat está quebrada, que vive de la respiración asistida que le proporciona el Estado a través del Fondo de Liquidez Autonómica y que la aventura separatista, entre otras cosas, es financieramente inviable. Cuando Junqueras se ha sentado en el despacho de la Consejería de Economía, lo que le ha obligado a hacer unas cuantas sumas y restas, ha advertido que su sueño patriótico es demasiado caro y que carece de fondos para pagarlo.

Es bastante probable que asistamos en los próximos meses a la reconducción del independentismo fervoroso e innegociable hacia un pactismo más o menos disfrazado

En consecuencia, es bastante probable que asistamos en los próximos meses a un espectáculo muy interesante, el de la reconducción del independentismo fervoroso e innegociable hacia un pactismo más o menos disfrazado en el que los separatistas soliciten la colaboración de los grandes partidos constitucionalistas para que les ayuden a apearse del autobús de su inventada nación sin perder en exceso la faz.

El resultado final de este fiasco habrá sido una pérdida ingente de dinero, de tiempo y de energías que deberían haberse dedicado a fines verdaderamente útiles como la mejora de la competitividad, la regeneración institucional y las reformas estructurales que nos proporcionen una Administración eficiente y honrada y una sociedad abierta y próspera. Si este conato de deshielo es un pequeño paso en la dirección correcta o se quedará en nada pronto lo sabremos. A ver si hay suerte.


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