El tiempo recobrado

La deconstrucción de Cataluña

Jordi Pujol tuvo una visión cuando de niño su tío (no su padre) le llevó a conocer el Tagamanent (no el hielo). El tierno infante en su inocencia impúber contempló los vestigios de la Guerra Civil en el paisaje y del fondo de su almita catalana surgió un compromiso redentor: “esto lo reconstruiremos” fue la solemne promesa que coronó la ascensión a la cima y al éxtasis. A partir de aquí una vida dedicada a la patria, una patria pequeña, inventada, de cultura doméstica de sobremesa familiar animada con vino con gaseosa, una existencia teñida de épica de baratillo y de marrullerías políticas. Y sobre todo, de saqueo, de saqueo del presupuesto, de los empresarios deseosos de contratos públicos, de los ingenuos admiradores ansiosos de recibir un reflejo de la gloria del líder. Una trayectoria de fingimiento permanente y cínico aparentando ser un hombre de Estado mientras trabajaba cual incansable termita para destruirlo, un discurso anfibio con una versión ponderada para Madrid y otra incendiaria para las bases enfervorizadas en la tierra irredenta, una apariencia de hombre austero entregado a la causa salvadora por encima de las cosas materiales que escondía un insaciable rebañador del erario, un padre solícito de familia numerosa que tapaba al padrino de una red mafiosa con tentáculos en todo el planeta, un campechano visitador de pueblos rurales que recubría a un Capo di tutti capi al lado del cual Don Corleone queda empequeñecido como un modesto ladronzuelo.

La CUP no podía votar jamás la continuidad de una máquina de latrocinios de semejante alcance por tres razones, una estética, otra ética y otra ideológica

La CUP no podía votar jamás la continuidad de una máquina de latrocinios de semejante alcance por tres razones, una estética, otra ética y otra ideológica. La estética deriva del rechazo absoluto de los radicales de guerrilla urbana y contenedores llameantes a gentes que encorbatadas dentro de trajes caros perfectamente entallados han disfrutado durante décadas de la blandura de espesas alfombras y del brillo de satinadas caobas en los salones y despachos del poder mientras la crisis arrojaba al arroyo a miles de ciudadanos hambrientos. La ética radica en la imposibilidad de que el voto del pueblo alzado para la revolución igualitaria sirva para la prolongación en el gobierno de elites corruptas. Y la ideológica descansa sobre la negativa a darle a la burguesía opresora la conducción de un proceso destinado a despojarla de sus privilegios y propiedades. La pretensión de Mas de que una tropa desatada de colectivistas justicieros decididos a aplicar el rasero proletario con carácter general le facilitara seguir huyendo de los tribunales y fiscales del Estado español era un pura quimera, como su inútil via crucis ha demostrado. Por el camino ha perdido la presidencia, el decoro, la dignidad y la inmunidad. Se puede ser más torpe, pero no más ciego.

La Cataluña nacionalista, ese artefacto de cartón piedra edificado sobre una marea de sentimientos manipulados para el enriquecimiento ilícito de unos pocos desaprensivos con el Muy Imputable a la cabeza, ha sido desde su arranque hace treinta y cinco años una tremenda farsa, una tramoya tramposa para el embaucamiento de incautos y la neutralización de las instancias centrales encaramadas en la capital del Reino. El pujolismo y sus derivados quedarán eterna e indeleblemente expuestos en el museo universal de la mentira. El Pujol párvulo que sintió la llamada del destino en la cumbre mitológica de la montaña referencial se propuso reconstruir un país y lo que deja como legado, ese sí auténtico y no el andorrano, es la deconstrucción completa de una sociedad que durante mucho tiempo sólo podrá mostrar al resto de España y del orbe el caos, el fracaso y la frustración. A la espera de que el infierno le acoja en la otra vida todo sufrimiento que aún le quede en ésta será poco para expiar la gigantesca magnitud de sus culpas.


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